Capítulo 10: “Un nuevo santo al santoral”

Algunos datos: en 1962, el país era presidido por el ingeniero civil Jorge Alessandri, quien, 5 décadas antes que Piñera, pensaba que Chile requería una gestión de tipo gerencial que ordenara el gasto público, saneara los presupuestos y estimulara el aporte privado. Cerca del final de su mandato (el 63), se negó a indultar la pena capital que pesaba sobre el Chacal de Nahueltoro, un hombre de campo que, luego de asesinar a su mujer y a sus cinco hijos, conmovió a la opinión pública debido a su rehabilitación en la cárcel de Chillán.

Aquel año, 1962, Chile organiza la Copa del Mundo, pese al devastador terremoto que sacudió al Sur, en la zona de Valdivia, dos años antes. Con sólo cuatro sedes en el centro y norte del país, más de alguien ha dicho fue uno de los peores mundiales vistos. La U aportó con nueve jugadores a la selección de Riera. Uno de ellos no pudo participar por lesión.

Aquel año, 1962, un jugador de tan sólo 21 años celebró tres veces: ganó el Mundial con la selección de Brasil, la Copa Libertadores a Peñarol y la Copa Intercontinental al Benfica. Pelé era una bestia, y el Santos una máquina.

Al año siguiente, el 6 de febrero de 1963, Pelé anotó dos goles a la U sobre el pasto del Nacional. La U, eso sí, fue mejor que el mejor del mundo: hizo cuatro, uno del Tanque Campos, otro de Leonel. 4 – 3 fue el resultado final a favor de los azules.

Un mes después de aquella épica victoria, en marzo, la U se coronó campeón en partido definitorio contra el rival del hielo, catoliquita. 5 – 3, con dos goles del Tanque Campos, dos de Álvarez y uno de Leonel. La década recién comenzaba. “Oí del Ballet, cuando era pendejo”, dice un canto de la hinchada.

Acaso la fiesta que vivimos el sábado en el Pasional, nuestra casa guste a quien le guste, fue el rito pagano que torció esa tradición tan chilena de celebrar a sus próceres… pero cuando están muertos. El amor por la U obró el milagro, y esos héroes del Ballet Azul, esos que iban de copa en copa como bullanga cualquiera, hablando de amor a la camiseta como nadie lo haría en el fútbol moderno, tuvieron la salida que siempre merecieron.

Parecía una final de campeonato, pero sólo era una fecha del torneo. A estadio lleno, la mitad de todas esas manos bajaba un telón que refleja nada más que la locura del hincha de la U. Ahí estaba por fin, vistiendo al Pasional, gigante como la historia de la U, la bandera que hicieron a pulso unos muchachos que recorrieron varias ciudades del país juntando los pesos.

La historia del partido fue como la historia de la U, cuesta arriba, frustraciones y esfuerzo. Iquique era el rival, nada menos que el puntero. La U versión 2016, para el olvido, se farreaba en el primer tiempo los goles que le marcaron en el segundo. Íbamos 2 – 0 en contra y estábamos muertos. Pero pasó lo que hace este equipo: de la nada, y con dos incursiones por la izquierda, una de Zacaría que mete como debe ser, la U empató con un gol del Seba Martínez y otro de Mora. No alcanzó para más. El equipo se llevó el aplauso de la gente.

El Lumba y todos los camaradas que ya partieron, históricos y anónimos, amigos y familiares, también vinieron a la fiesta. A veces me pregunto: ¿cómo viven esos que no tienen esta enfermedad? ¿Qué historia van a relatar a sus nietos o cuando deban rendir cuentas? Como fuere, el sábado San Bulla tuvo su fiesta propia. Agréguele un santo al santoral.

Por JC de La 17 en el Aire