Crónicas de Nacho Márquez: «A Carlitos lo conocimos cuando chico»

A Carlitos lo conocíamos desde chico. Él nació unos años después que la mayoría de los muchachos que conformábamos el grupo de amigos de la cuadra, entonces se convirtió en nuestro compañero de juegos cuando ya no se notaba tanto la diferencia de edad. Él tenía 8 y nosotros 10 en promedio. Ese verano, nuestro delantero estrella Pablito se hizo un esguince en el tobillo jugando fútbol en la calle, y para no dar tanta ventaja jugando con uno menos, llamamos a Carlitos. Recuerdo que yo mismo le dije que se parara de delantero a ver si embocaba alguna, y también les dije a los rivales que fueran benevolentes con nuestro atacante de bolsillo. Parecía jugador de torta al lado de los muchachos rivales, pero cuando el Borracho (le decíamos así porque se tomaba los conchos de vino en las fiestas de la cuadra) le tiró el primer pase, Carlitos miró la pelota, controló dirigido con el borde externo del pie derecho, pasó la pelota por encima del defensa que le sacaba mínimo dos cabezas de diferencia y enfiló solo hacia el arquero, que salió a achicarle el ángulo. Con la gambeta elevada se le fue la pelota un poco hacia el costado, así es que frenó, pasó la zurda por encima del balón haciendo pasar al arquero de largo y cuando todos creímos que iba a rematar, pisó el balón dejando al arquero desparramado, saltó la patada que este le tiró y empujó la pelota a través de las dos piedras que hacían de arco.

Quedamos de hierro, como estatuas. El enano venía corriendo hacia nosotros gritando el gol con una euforia descontrolada y la verdad es que nos costó reaccionar; el truco que había hecho con la pelota y cómo había dejado al arquero no lo habíamos visto nunca en vivo. Veíamos las imágenes que nos llegaban por las noticias de Maradona en Boca, que hacía cosas parecidas, pero nuestro Carlitos tenía 8 años. Al final tuvimos que correr en su dirección, pero no para abrazarlo, si no que para detener al golero, que salió furibundo a perseguir a nuestro nuevo chiche. Dejamos el partido hasta ahí para evitar que se armara una grande y cuando fuimos a comprar bebidas para matar la sed que nos había producido jugar a las 5 de la tarde en pleno enero, le preguntamos directamente a Carlitos si era primera vez que hacía algo así. Nos dijo que no, que cuando jugaba con sus primos los fines de semana, él hacía cosas parecidas con la pelota y que los primos le decían que era súper bueno, que él mismo les había dicho a sus papás que lo llevaran a la U, pero que no tenían tiempo y que su abuela le había jurado que apenas se recuperara del dolor de rodillas que le producía su artrosis, lo iba a llevar.

A la U. ¿Por qué a la U? En ese grupo de amigos, varios eran del lado blanco de la vida, pero el Borracho, Pablito y yo éramos azules, así es que si se trataba de convencer a alguien, yo, que tenía más verborrea y poder de convencimiento generalmente triunfaba; en otras palabras, el hecho de que Carlitos fuera de la U era responsabilidad mía. Habíamos ascendido hace poco, y la alegría de los hinchas azules era mi principal argumento. Jugamos en los potreros, es cierto, pero nosotros propiamente no éramos de un nivel socioeconómico alto y teníamos arraigada la cultura del esfuerzo y el sacrificio, como el pueblo azul. Sabíamos a nuestros tiernos diez años lo que era luchar por lo que queríamos.

Así que Carlitos fue azul. Desde ahí iniciamos una especie de campaña para que lo llevaran a probarse en la U, campaña que fue un total éxito. La cosa es que el talento y el esfuerzo lo llevaron a escalar todas las divisiones inferiores para ponerse por primera vez la azul del primer equipo el año 1999. Nosotros ya íbamos al estadio, vivíamos en el mismo barrio o cerca de ahí y lo más importante es que seguíamos siendo amigos. Yo era socio del club, así es que Carlitos no me tuvo que regalar entrada para ir a verlo en su debut. “El profe me dijo que voy de titular” nos dijo a Pablo, al Borracho y a mí con lágrimas a punto de salir de sus ojos, bien agarrado de la mano de su polola Romina, que llegó a vivir ahí a nuestro barrio cuando teníamos doce, y enamoró al Carlitos inmediatamente. Lo malo de eso es que los otros dos vieron el partido en Marquesina y yo en galería, así que nadie me vio llorar cuando bajo el saludo de la hinchada, el “sale león”, los papeles picados, el humo azul y rojo y el artificio, salió el equipo a la cancha, con el Carlitos, nuestro Carlitos detrás del capitán. Ganamos 2-0 con un gol de Carlitos casi al final del partido, y creo que ese ha sido el gol que más he gritado, porque lo hizo Carlitos, y a Carlitos lo conocíamos desde chico. Después de dos vueltas olímpicas, al muchacho se lo llevaron a Europa, donde cumplió con creces lo esperado, sacando campeón a un equipo de medio pelo de Italia y a otro de Alemania.

El Carlitos estaba jugando la Champions cuando se cortó el tendón de Aquiles. Cuando lo vimos por la tele se nos vino la noche a todos, porque a Carlitos lo conocíamos desde chico. Fue un golpe durísimo, y quiso hacer la recuperación con los médicos de la U, decisión que cayó pésimo en la dirigencia alemana, que amenazó al zurdito del barrio con rescindir su contrato si partía sin autorización. Carlitos, desobediente como nunca, viajó igual. Cuando nos vio en el aeropuerto, se puso a llorar como un niño, como cuando se cayó del árbol por estar robando limones donde la vecina Carmen. Armándonos de valentía, le dijimos que no se preocupara, que al calor del barrio lo íbamos a levantar y volvería a ser el mismo de antes. Físicamente esto se cumplió, pero en cuanto al marketing ese del que tanto se habla hoy en día, la imagen de Carlitos quedó destrozada: lo tildaron de irresponsable, de flojo y en Europa hasta corrió el rumor de que había dado positivo en un control dóping; cosa que no podía ser cierta, porque Carlitos era un muchacho sano y limpio, quién más que nosotros podía saberlo, nosotros que lo conocíamos desde chico. Muchos le dieron vuelta la espalda, pero cuando volvió a instalarse a la casa de su abuela, le vimos de nuevo la sonrisa amplia, esa que mostraba cuando hacía un gol, o cuando la Romina le contaba algún chiste (francamente eran pésimos, pero se amaban tanto que él les encontraba la gracia). En enero, coincidentemente, sonó el teléfono de la casa del Carlos. Yo venía llegando de la feria y cuando terminé de guardar la verdura, golpearon la puerta de modo frenético. “¡Abre José, apúrate!” Era Carlitos, quien venía desbordante de felicidad. Me imaginé que lo habían llamado de Europa, o de Argentina, porque en la tele habían dicho algo de que Argentinos Juniors estaba interesado en él. Al abrir me abrazó tan fuerte que casi me botó, y me dijo: “Me llamaron de la U, José, quieren que juegue por la U de nuevo”. Y a mí me recorrió un escalofrío por la espalda, conteniendo la emoción le pregunté si quería ir y me respondió que era lo único que quería ahora. Habíamos hablado antes de su regreso, y él dijo que quería volver al fútbol en el club de su vida, la U de Chile.

Cuando lo presentaron fuimos con mi mujer y la Romina a la conferencia de prensa. Pablito y el Borracho llegaron casi al final con sus mujeres porque andaban trabajando y se escaparon en la hora de colación, pero cuando salimos nos abrazamos y creo que todos recordamos ese abrazo de años atrás que nos dimos cuando lo aceptaron a Carlitos después de la prueba en la U. Anoche no pude dormir nada, porque hoy se reestrena el chico del barrio con los colores más lindos del mundo.

“Sale león”. Ahí viene el equipo, miro a los muchachos y ahí viene Carlitos, con su sonrisa amplia, con la camiseta de la U, con su bebé en brazos y saludando a la barra. Me devuelvo hacia los muchachos y estamos los tres sentados en el tablón, llorando desconsolados de la alegría y la emoción, porque a pesar de todo lo malo y lo bueno que tuvo que pasar, Carlitos había vuelto a jugar por la U, y a Carlitos lo conocíamos desde chico.