Chile – Perú

Para mí los partidos entre Chile y Perú tienen un sabor especial. Ojo que no hablo ni quiero extenderme hablando de ese patriotismo barato que me parece tan ridículo como lamentable. Venganza por una línea que delimita porciones de mar dicen los unos. Peruanos muertos de hambre, devuélvanse a su país dicen los otros.

Estos simulacros de odio son tan bajos como querer quitarle la mina a un amigo, y tan ridículos como esperar que ese amigo lo siga siendo después de tamaña fechoría. Me viene justo ahora a la cabeza una historia que pasó en mi grupo de amigos de la media, en el Lastarria. Estos dos seres jamás volvieron a hablarse.

Pero me estoy desviando del tema. El sabor que mencioné anteriormente tiene que ver con eso que lo lleva a uno a amarrarse y aferrarse al pasado, y que en el paladar de mi memoria tiene gusto a café con leche y tostadas con mantequilla.

La primera piedra en el continuo de estos recuerdos la puso mi abuelo, José Miguel Salas Bravo, una noche en que se jugaba un Chile- Perú. No recuerdo la fecha, pero era domingo por la noche. Yo tenía seis años entonces, de eso sí estoy seguro, y mi papá me había ido a dejar donde mis abuelos, un departamento en un block de la comuna de La Granja, que era el lugar donde transcurrían mis semanas desde los domingos en la tarde-noche hasta los viernes en la tarde, donde ya sea mi mamá o mi papá me llevaban a su casa.

Con los padres separados, y una melancolía que derivaba en escándalo cada domingo que le correspondiera a mi papá llevarme con él, el único que me entendía y permanecía estoico, aunque nunca indiferente, era mi abuelo, quien después de acabados mis llantos, gritos y escándalos, me decía: “Ya hijo, ven, veamos los goles”.

Así es que llegué esa noche, tranquilo como cuando era mi madre la que me iba a dejar los domingos, ansioso porque jugaba Chile, el Matador era titular y porque era un partido importante, así es que lo íbamos a comentar cada segundo con mi tata. Entré al departamento siempre ordenado y al no ver a mi tata esperando el partido sentado frente al televisor, con los zapatos en el suelo pero sus pies apoyados en la mesa de centro cuyo vidrio quebré una vez en un arrebato de enojo, pregunté por él. “Fue al estadio, a ver a la selección” dijo mi abuela. Me entró una envidia terrible, porque ese hombre, quien dicho sea de paso era el responsable de que mi tierna niñez y atribulada adolescencia transcurrieran en ese departamento, iba a ver al Matador acercarnos más al mundial de Francia en vivo y en directo, y yo no.

Pero era tarde y hacía frío, así es que pensé que fue sin mí por cuidarme de un resfriado que me privaría de varios días de mi primero básico en el Liceo San Francisco. Mi abuela, que a veces sabe lo que estoy pensando, disipó las vacilaciones de mi silencio cuando dijo: “Lo invitó tu tío Nano”. Aquí debo destacar que  la selección nacional era nuestro punto de encuentro futbolístico, porque él era un hincha ferviente de Colo-Colo, que iba a los clásicos con ya 55 abriles en el cuerpo, y yo estaba en pleno génesis de mi eterno idilio con la Universidad de Chile.

Yo siempre fui bien despierto, como dirían algunos, y sabía para ese entonces que la U había bajado a segunda división dirigida por un técnico al cual después la misma U le daba la vuelta olímpica en la cara, cuando él dirigía a la Católica. Yo era además capaz de recitar la formación titular del 95, o al menos la que a mí más me llamaba la atención. Vargas, Delgado, Castañeda, Mora, Traverso, Musrri, Valencia, Víctor Hugo Castañeda, Rodríguez, Ibáñez y Salas. Aprendí sobre algo llamado injusticia cuando vi con mis propios ojos que el arquero puñeteaba al Huevo en el área de River, y que después el mediocampista de los argentinos sorprendía al gran Sergio Bernabé Vargas, y nos dejaba sin Libertadores de América.

Me aterroricé cuando vi ahí mismo a los hinchas azules golpeados y ensangrentados. Esto me explicó que la policía es mala en todos lados. Algunos de estos aprendizajes fueron alentados y reforzados por mi padre, fanático azul y de quien heredé este sentimiento. Yo trataba de convencer a mi tata de estas bondades que llenaban de calor y gozo mi novato corazón futbolero. Pero era en vano. La Libertadores del 91, Pedreros (del cual había yo escuchado una referencia a un tal Pinochet), el Cóndor Rojas, los penales con Cruzeiro en Japón, los cassettes con cánticos de la Garra Blanca (que dicho sea de paso él nunca abría, porque nunca supo que yo llenaba de chunchos las páginas interiores de los folletos que venían en las cintas), eran algunos de los argumentos que José Miguel esgrimía para decirme que él nunca se iba a hacer de la U. Insistí hasta el 2000, con los goles de Rivarola en el Monumental.

Él estaba enojado y enrabiado mientras yo luchaba porque mi felicidad no fuera muy exagerada y dañina para su corazón colocolino. En ese momento fue cuando entendí que simplemente éramos distintos, él blanco y yo azul.

Decía antes de explicar esta diferencia que la selección era nuestro punto de encuentro. Una instancia mágica en que su opinión y la mía convergían y parecían sacadas de la misma mente. Él cedía ante mi argumento de que Salas era mejor que Zamorano y yo asentía cuando él decía que Víctor Hugo no era regular en su nivel de juego cuando se ponía la roja en vez de la azul. Y vi ese Chile- Perú sin él, como había sido la costumbre durante esa eliminatoria.

El Matador hizo 3 goles, uno con grito en la cara del golero incluido. Este hecho me sirvió para maravillarme con Salas, y derivó en que yo a mis años diga que el jugador que marcó mi infancia fue y será siempre José Marcelo Salas Melinao. El otro lo hizo Pedro Reyes, lo que es ya casi una anécdota. Me acosté, me quedé dormido y llegó mi tata. Tarde, muy tarde. Tanto que yo ya había conciliado el sueño, y la leve apertura de mis ojos no se pudo sostener para levantarme y preguntarle pormenores de ese disfrute que yo sabía nuestro, pero que esta noche él había vivido con su hermano.

Ahí caí en la cuenta de que se me había olvidado la envidia. Desperté a la hora de siempre. Tomamos desayuno. Lo de siempre, café con leche y tostadas con mantequilla. Me reservé las preguntas para nuestro momento íntimo que era el camino de la cama a mi colegio, a pie, porque era corto el tramo. Me contó todo, desde que se juntaron con el tío Nano hasta que llegó a la reja que separaba nuestro block del resto del mundo. Cuando me contó que gritaron más el tercer gol de Salas que el de Pedro Reyes (jugador de Colo-Colo), lo miré y le pregunté: “¿Y qué le dijiste al tío?”. “¿Cuándo?” me dijo él. “Cuando se despidieron”, le dije yo. “Le dije gracias hermano”. Cuando me respondió esto, me pareció que tenía cuarenta años menos, que no era mi tata y que él con su hermano compartían una conexión especial que yo quería, y que por cierto tenía, pero con él, mi tata, cuarenta años mayor, cada vez que jugaba la selección nacional.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl