Crónicas de Nacho Márquez: «Eso que tiene la cancha»

Previa
Voy saliendo del edificio con suficiente tiempo, por lo que agudizo mis sentidos para recibir todos los estímulos del ambiente. A una distancia media se escucha frenar una micro y un cántico inconfundible que entonan los ocupantes de ella. Se bajan. Van con banderas, camisetas, chaquetas y unas cervezas en la mano. Hago lo propio y saco la lata de Báltica de mi bolsillo. La destapo y le doy un largo primer sorbo, como de costumbre. Reviso que no haya policías mientras cruzo Vicuña Mackenna y enfilo hacia Marathon.

Mientras la muchacha revisa mi carnet de identidad, miro las torres de iluminación, “los matamoscas gigantes” como decía una tía. Están completamente encendidas, y pienso que así me gusta más el estadio. Lo prefiero de noche, y ojalá frío. A paso lento subo las escaleras y siento el mismo nerviosismo de siempre; ese que revuelve el estómago y se calma solo con el pitazo final. Me ubico donde solíamos ponernos con mi papá, en la puerta 13 y un poco hacia arriba. Contemplo el rectángulo verde y distingo a algunos de los jugadores que hacen el trabajo precompetitivo. Han pasado los años, y la vista me está abandonando lentamente, así es que no logro deducir la formación titular. Sé que está Pinilla, y me imagino la fiesta que va a ser si es titular.

“Oh, oh, oh, sale león” comienza a escucharse y yo miro mi reloj. Faltan 4 minutos para el comienzo y la hinchada ya comienza a calentar la garganta. Ahí vienen los equipos. El estadio explota en una mezcla sincronizada de humo azul, papelitos, banderas, aplausos y gritos de aliento. Me callo. Me retiro a un silencio voluntario, para apreciar mejor el espectáculo que la hinchada le regala al equipo. Me dejo envolver por esa maravillosa sensación que me remece cada vez que vengo acá y finalmente vuelvo a formar parte de ese hermoso coro.

Los jugadores posan con un lienzo que dice “el mejor regalo es ser de la U” y francamente no podría estar más de acuerdo. Pienso en los que dejé en casa y en este regalo. Ya vendrá el momento de venir a la cancha con ellos y regalarles definitivamente esto que es ser de la U. Sonrío y el caballero que está a mi lado me mira extrañado.
Primer tiempo

Pinilla es la fiesta. Lo buscan los balones sin mucho resultado. En el aire y a ras de piso, parece que Pinilla tiene un imán más potente que el resto de los jugadores, pero no concreta. Y como Temuco no parece haber venido de paseo, anota el primer gol después de un impecable contragolpe.

Silencio. Silencio durante escasos segundos; segundos que nos sirven para acomodar la realidad que nos cobija, para maldecir nuestra suerte y finalmente para darnos cuenta de que es cierto, la hinchada visitante está gritando y sus soldados se acercan a dedicarles la conquista. Como lo único que podemos hacer nosotros desde la tribuna es cantar, nos disponemos a hacerlo. Pero no cantamos como antes del gol, ahora subimos el volumen y a veces el tono, así como para que los jugadores sepan que no nos rendimos, que por ningún motivo los dejaremos solos y que tenemos esa injustificada esperanza de ser los responsables de empujar la pelotita cuando se pone porfiada y no quiere entrar en la portería rival.

Parece que lo logramos, porque en breve llega el gol azul. Lorenzetti define muy bien ante la salida del portero y nos entregamos a la algarabía del grito sagrado y al impulso frenético de abrazarnos con el primer desconocido que se nos cruce en el campo visual. “Gol psicológico” dirían algunos. Después de haber estado más cerca del arco contrario que del propio, el gol venía a aclararnos un poco el panorama. Puños apretados agitándose, un par de canciones más y termina la primera fracción. Veo la fila de personas que se apresta a dejar momentáneamente su asiento para dirigirse al baño y me decido a esperar un poco, para que pase el taco.

Entretiempo

Parece mentira cómo los destinos de muchas personas suele ser el mismo lugar, pienso mientras me empino en puntas de pie para observar si avanza la fila hacia el baño. Tengo dos opciones, empujar o ceder. Veo que casi todos se inclinaron por la segunda, así es que obedezco la decisión de la mayoría. Caminamos ordenados y civilizados, muy diferentes a cómo nos quieren pintar los diarios o la televisión. Después de hacer lo propio, me quedo en el túnel y me arrimo a un balcón. Al centro, un grupo de hinchas bastante más jóvenes que yo cantan una canción que supongo es nueva. Digo supongo porque no todos la cantan, y porque algunos de los que están en el improvisado círculo solo cantan en ciertos versos.

Desde el balcón donde estoy apoyado se ven las luces de la ciudad hacia el poniente, luces que bailan a lo lejos y me van poniendo (si es que es eso posible) aún más melancólico. Súbitamente me asaltan algunos recuerdos. Aislados, se mezclan entre sí y con otros más recientes. Preocupado además por el resultado, recurro a un ejercicio común: pensar en las veces en que la U ha estado en situaciones desfavorables y ha salido victoriosa. El partido contra Palestino el 95, contra Coquimbo u O’higgins el 99, Huachipato el 2014. Llego a la recurrente conclusión de que vamos a ganar sufriendo, porque “así es la U”. Satisfecho y con una sonrisa torcida me voy nuevamente a mi butaca.

Siento mucho frío y me quedo de pie; la posición vertical me permite evitar que mis pies se congelen y me duelan al caminar de vuelta a casa. Dirijo la vista hacia el sector bajo el marcador, que se comienza a repoblar, signo inequívoco de que queda poco para el reinicio de las acciones.
Segundo tiempo

Mis proyecciones se han cumplido. Comenzamos nuevamente sufriendo. El pobre Pinilla recibe menos y la hinchada comienza a inquietarse. Algunos de los que están cerca de mí dejan de cantar, quizás cansados, tal vez desanimados porque el gol no llega. Temuco se viene encima y sigue acechando nuestra guarida, pero si no es la impericia de sus delanteros lo que nos salva y nos da vida, es Johnny Herrera quien se agiganta y evita nuevos abrazos visitantes. Ojo que nosotros también intentamos, pero no tenemos suerte. De repente, y cuando calculo que quedan alrededor de 10 minutos, Lorenzetti mira al arquero y calcula magistralmente la superficie de su pie con la que va a golpear la pelota. Una curva descendente adorna la conquista y da rienda suelta a nuestros festejos. Ya está, esto era lo que necesitábamos. Porque fiesta había, pero nos faltaba coronarla. Cual cumpleaños de niño, la mesa estuvo lista para que el festejado Pinilla se sentara en la cabecera a disfrutar su celebración. Pero no le resultó. Lo buscó, lo intentó, lo disfrutó. Pero la piñata del cumpleaños la trajo un duende. Un duende mágico que es capaz de retorcer el estado de incertidumbre y transformarlo en un presente glorioso. Uno que es querido sin haber sido tan evidentemente importante, siempre destacándose por ser más de overol que de corbata. Mientras él celebra y camina de vuelta al círculo central, pienso en aquellos que discuten su importancia. Lo siento, me digo, pero no puedo comprender que a alguien no le guste Lorenzetti. Ya no deben quedar mediocampistas ofensivos que vayan al suelo, esa es una de las cosas que lo hace diferente.

Siguen las acciones y se acerca el final del partido. Como cada vez que me ha tocado ver en vivo un partido con resultado apretado, me atacan nuevamente los nervios, y recurro a ese vicio que no ayuda en nada, pero me da la falsa ilusión de la calma. Me miro las manos y veo el desastre en que se han convertido. Tantos años haciendo esto se notan. No importa, prefiero esto a destrozarme los pulmones, total, las uñas crecen. Dejo de morder mis uñas únicamente cuando el árbitro decreta el final. Aplaudo, agradezco y comienzo el camino de vuelta a casa.
Regreso

Camino en dirección a avenida Marathon, y me deleito con el espectáculo que se forma al salir del estadio. Mucho júbilo, vendedores ofreciendo banderas, unos amigos tomando cerveza sentados en el piso húmedo y unos solitarios estallidos en el estacionamiento. Se van apagando las luces de la cancha y voy alejándome del estadio. La marea de chaquetas y camisetas azules me abraza y me cobija. Soy uno más, a punto de separarme de ellos por una semana, semana en la que llevo la vida normal que lleva todo hombre de mi edad. Trabajo, casa y obligaciones. Todas esas cosas que de un momento a otro, cuando está a punto de comenzar la jornada futbolera, van descendiendo en el escalafón de importancia. Al llegar a la casa, beso a mi esposa y abrazo a mi hijo, quien (cómo no) me pregunta por los detalles de mi periplo.

Yo le cuento, pero trato de no exagerar las emociones. Intento de todo corazón que mi relato se mantenga neutral, porque no quiero crearle expectativas muy altas. No es que sienta miedo de decepcionarlo, ese marco y esa aventura que es ir al estadio no podría decepcionar a nadie, pasa que yo quiero que él se enamore solo, tal como me enamoré yo cuando mi papá me llevó por primera vez al estadio; y es que hay cosas que solo se pueden vivir estando en la cancha.