Crónicas de Nacho Márquez: La Primera Vez

Salen de casa conversando y diciendo chistes papá, mamá y el niño, quien se llama Diego. Suben al auto y toman rumbo al restaurant favorito del pequeño. Padre e hijo están de cumpleaños, pero esta vez le tocaba al niño decidir dónde irían a almorzar. Montaña China, bastante cerca de casa. Diego pregunta por qué van en auto si pueden llegar caminando y papá le contesta que es porque van a comer tanto, que se les va a hacer imposible caminar. Antes de salir papá echó al auto, sin que nadie lo viera, tres regalos envueltos. Se estacionan y son bienvenidos calurosamente. Antes de que el mozo les ofrezca algo para beber, llegan otros dos colegas suyos con un trozo de torta de chocolate y le cantan el “cumpleaños feliz” a Diego. Este sonríe y justo después de pedir los deseos y antes de soplar las velas, dice que no solo él está de cumpleaños y que si le cantaron, debían obligatoriamente repetir el acto para papá. Con una sonrisa tierna, los meseros acceden a la petición. Piden la favorita de Diego, parrillada china con dos porciones de wantán. Comen, se sacan fotos y se ríen mucho.

Papá se excusa y sale en dirección al auto. Cuando Diego lo ubica con la mirada, grita de inmediato: “¡Los regalos!” Papá se acerca a la mesa y aclara que no son los tres para él. Diego lo mira sorprendido y le pregunta por el destinatario de los otros. Papá los reparte: es uno para cada uno. Su mujer lo mira extrañado y le pregunta por el contenido de estos sobres. “Ábrelo, pues” le responde cálidamente su marido, a lo que ella obedece. Los tres sacan el contenido de las bolsas al mismo tiempo. Son camisetas actuales de la U. Diego se levanta rápidamente de su silla y se cuelga del cuello de su papá. Le da las gracias aproximadamente treinta veces y le dice que era lo único que él quería. El adulto lo abraza y contiene a duras penas el nudo en la garganta. Sabe que lo mejor está por venir, pero se ciñe a su plan de mantener la gran sorpresa hasta el último instante. Paga la cuenta y al salir del restaurant, le aconseja al hijo que se pruebe la camiseta para ver si no es necesario cambiarla. El objetivo de este movimiento es que el niño se quede con la camiseta puesta, pero al verlo caminando desde la mesa hasta la entrada le parece un poco más alto que el día anterior y quiere comprobar que la camiseta le anda bien de talla. Diego obviamente hace caso y se la prueba. Le queda perfecta, tanto que se detiene frente a un espejo a mirarse, y papá lo mira enamorado y satisfecho. Ha triunfado, su hijo camina por la misma vereda que él y que su padre. Con el pecho lleno de orgullo le dice que van a llegar justo a la casa a ver el partido de la U.

Mientras sube al auto y se amarra el cinturón de seguridad, Diego piensa que este día roza la perfección. Amaneció de cumpleaños, a papá le encantó la tarjeta que él mismo le diseñó y escribió, comieron su comida favorita y ahora se dirigen a la casa a ver el partido de la U. Él, en su inocencia y poco conocimiento, no sabe tanto de fútbol como parece saber su papá, por lo que se preocupa de poner mucha atención cada vez que su progenitor desliza un sabio comentario acerca de las acciones que se ven a través del televisor. Diego ya tiene 10 años,  y no quiere quedarse atrás en cuanto al manejo conceptual del fútbol. En lo práctico va muy bien; su papá le enseña y lo felicita constantemente, y en los recreos en el colegio marca goles casi siempre. Según escuchó, el partido de hoy es bastante importante, la U se juega meterse dentro de los tres primeros. Papá comentó ayer que se cayeron los dos punteros, lo que otorga la posibilidad cierta de entrar en la pelea por el título. Pero primero hay que ganar. Diego enumera las cábalas que tienen con papá para ver los partidos y se promete no fallar en ninguna, pero se extraña un poco al ver que el auto no dobla en la calle que debiese hacerlo, si no que sigue de largo y toma la Panamericana. Se imagina varias situaciones, pero ninguna de ellas se acerca siquiera a lo que va a suceder realmente.

La mujer se da cuenta de que su marido no dobla donde siempre y le pregunta si va a tomar la ruta más larga. El conductor del auto mete la mano al bolsillo y saca tres hojas impresas en escala de grises. Le guiña el ojo en un acto de complicidad y ella lee en silencio el contenido de esas hojas. Su corazón acelera el ritmo y mira a su esposo con expresión genuina de amor. Él, detallista como siempre, se había encargado completamente de que todo fuera una sorpresa, incluso para ella. El momento más importante en su vida de pareja fanática estaba por llegar. Mientras toman la salida hacia Parque O’higgins, ella recuerda varios momentos claves en que la U estuvo presente como un lazo invisible de unión y encuentro entre ellos. Cuando se conocieron por allá por el año 2011, las vueltas olímpicas dadas juntos en el estadio, los clásicos ganados y perdidos, las eternas conversaciones sobre el equipo y muchos otros que ella se esfuerza por retener.

Papá baja del auto a cargar bencina, y cuando están listos para partir nuevamente, le pide a su esposa que cubra los ojos de Diego hasta que él le indique y que se siente a su lado, para que el niño no haga trampa bajando la bufanda que usan como venda. Llegan al estacionamiento y ambos asisten a Diego para que baje del vehículo. Este se siente confundido y ansioso, e intenta en vano distinguir los sonidos que va escuchando cada vez más cerca. Es como un susurro, pero a un volumen muy alto. Escucha a papá que dice “ya” y siente las delicadas manos de mamá desatando el nudo de lo que le cubre los ojos. Al principio ve borroso, y tiene que hacer un esfuerzo para enfocar y aclarar la imagen que está recibiendo. Solo ve una gran sombra azul, pero como esto ya le ha pasado antes, espera que sus ojos se desempañen solos. Le pide a papá que pare, mientras piensa que no puede ser cierto lo que él cree que está ocurriendo. Su visión ahora sí es nítida, y mientras más claro ve, más increíble le parece. Mira a sus papás, se le arrancan unas lágrimas delgadas y los abraza. Les da las gracias, les dice que es la mejor sorpresa que le han dado en toda la vida y los toma de la mano para que le indiquen hacia dónde deben caminar.

Diego aún no sabe que lo que más lo va a impresionar es la bienvenida que la hinchada le da al equipo. No imagina tampoco que a lo largo de su vida va a querer pasar la mayor cantidad de tiempo posible ahí, en ese mismo lugar. Desconoce que ese es el punto inicial del romance más incondicional y sincero que va a conocer a lo largo de su vida. Diego simplemente camina tomado de las manos de sus papás, y mientras sube las escaleras ve el pasto más verde que nunca, y sus ojos se llenan definitivamente de azul.