Crónicas de Nacho Márquez: Lamento

Qué desgracia. De nuevo, perdón. Qué mierda. Eso sí. Cualquier expresión más o menos ceñida a las convenciones de la sociedad sobre el lenguaje formal es insuficiente para explicar cómo se siente. Porque se siente. Claro, para algunos esto es solo un deporte, un pasatiempo. Para mí es una forma de vida de la que dependen muchas cosas como mi ánimo, o mi humor. Y si hay que reír, reímos. Pero si hay que llorar, lloramos. Así es el amor. Llega y como que te deja medio imbécil por el impacto. Estoy ahí voluntariamente, nadie me obligó ni me puso una pistola en el pecho. Sigo ahí porque decidí quedarme con esta enseñanza. Y ella se transforma en herencia. Entonces se siente. Ahora se siente penca, es una mierda.

Es caminar con el ceño fruncido por todo lo que se hizo mal, por todo lo que no se hizo. Porque no fui, porque fallaron algunos jugadores claves, porque tuvimos mucha fe, porque deberíamos acostumbrarnos. Tuvimos mucha fe. Escucho hablar a Jhonny Herrera y me siento capaz de ganarle al Manchester United, al Real Madrid. Escucho al técnico y digo que es un gallo serio, que le ha devuelto las ganas de ganar a los jugadores. Que nos había remecido y sacado de ese “aburguesamiento”. Y toda la semana trabajo contento, ansioso e impaciente ante esos momentos del día en los que el reloj parece por fin haberse detenido a tomar aire para luego seguir permanentemente corriendo implacable. Y apuesto. Una botella de pisco, un asado, 15 lucas. Y no dudo cuando me preguntan por el ganador. Gana la U, huevón. Apretado, pero gana. Sufriendo, pero gana.

Y empiezo a idealizar la forma en que ocurrirá. Y es sufriendo, porque si no se sufre no es la U. Y puta que hemos sufrido en 16 años. Bueno, 14. Puta que hemos sufrido en 14 años. Pero ahora es. Este año sí. Hay una energía negativa que dejamos atrás. Pero todo se va inapelablemente a la mierda. Por eso duele. Por el hecho de perder y por cómo lo perdimos. Porque perder apretado y dando pelea hace la derrota un poco menos inapelable. Pero a nosotros nos ganan 4-1. Y la defensa regala hasta más no poder. Los deja entrar solos.

Les falta ponerles alfombra roja a los huevones para que se metan al área y rematen desde donde más conveniente les parezca. Y ni una patada pegamos. Porque es un clásico, pos. Si no se gana, hay que herirlos un poco. Una patada, un combo, como Rocky González o Superman Vargas, que los boxeaban y les daba lo mismo la tarjeta. Todas las penas del infierno valían la pena si se trataba de pegarle a un colocolino.

Y da de esa rabia que dura todo el día. Que no me deja comer, que me pone mal genio. No quiero ir a tomar once donde esos parientes hinchas del colo. Quiero que el día se acabe pronto. Porque tengo arraigada la cultura del domingo deportivo, con programas de radio, Zoom Deportivo, Pelotas y Más Gol que te daban todos los detalles. Yo el domingo quiero decir en la noche: “Qué bacán que ganó la U”.

Así como digo que compré todo en la feria, que está toda la casa ordenada y que tengo planchadas las camisas para la semana. Y así paseo a mi perro contento. Pero este domingo no se pudo. Hoy tenemos la otra parte. Y mañana tampoco va a ser otro día. Con suerte va a ser una continuación menos cruel de este. Porque las emociones están un poco más diluidas, pero están.

Porque tengo que irme a la pega apretado en el metro, y cuando llegue me van a subir al columpio. Y tampoco me importa tanto lo que digan, pero puta que da rabia cuando te molestan esos que no van jamás al estadio y se acuerdan del equipo solo cuando le ganan a la U. Y llego a la casa, abro una cerveza, me pongo mi gorro de la U, me siento frente al computador y escribo que es una mierda. Y me rasco la cabeza, y me saco el gorro y lo miro. Y pienso en los años que se fueron, y en las enseñanzas, las herencias y por primera vez después del partido, sonrío. ¿Fallar? Ni cagando. Llamo a mi papá y le pregunto: “¿A qué hora juega la U el domingo?”