Crónicas de Nacho Márquez: El momento perfecto

Si algo me ha enseñado la vida es que hay veces en las que el enemigo está más cerca de lo que uno pudiera creer, y que no podemos hacer nada frente a esa presencia. Porque sin quererlo, ese enemigo se torna parte fundamental de nuestras vidas, comienza a compartir el tiempo, las experiencias, las alegrías y las penas. Se convierte en una de esas coincidencias que parecen sacadas de un libro de fantasías, porque hasta el momento anterior de esta coincidencia, hemos pensado que no somos nosotros el tipo de personas a las que les suceden estas cosas, que nuestras vidas son equivalentes de existencias promedio, de cosas que pasan porque sí, siguiendo un ritmo que parece predeterminado y predecible. Pero llega ese momento y todo vuelve a caminar. El tiempo y las cosas se alinean y caminan en una dirección nueva y correcta. Todos los pasados banales y todos los hechos anteriores parecen convertirse en una mera exposición de errores, porque ahora sí, ahora la vida va a correr hacia el lado correcto.

Yo la vi y supe inmediatamente que ella era la que iba a cambiar mis tardes solitarias por conversaciones intrigantes, por horas de amor y compañía. Yo la vi y supe que la quería. La quería y la amaba, que son dos cosas diferentes. Yo supe de inmediato que esa chica podría acompañarme en todas mis aventuras, y así fue durante dos semanas. No nos veíamos tan seguido, pero aprovechábamos cada segundo de nuestros encuentros en las plazas y parques cerca de nuestros colegios y de su casa. Dos semanas maravillosas en las que nos conocimos, nos miramos, nos besamos y nos tomamos las manos como si más allá de la bajada de la micro no existiera mundo. Pero no todo es para siempre, por más que los astros se pongan en línea. Una tarde de septiembre, calurosa pero adornada por un suave viento frio, se me ocurrió preguntarle si le gustaba el fútbol. Me dijo que sí, que era fanática del fútbol por su papá. Mientras me decía eso, mi estómago dio tres vueltas hacia atrás y volvió retorcido a su posición. Había tres opciones: la primera, que fuera de mi mismo bando, quizás con distintos matices, pero hincha del mismo equipo que yo, para mi suerte. La segunda, que fuera hincha de algún equipo inofensivo, que no tuviera rivalidad directa con mi predilección. Y la tercera, la más funesta, que fuera hincha del archirrival. Con un silbido de aliento le pregunté qué equipo le gustaba. Me miró seriamente y pareció dudar en contestarme. Lo dijo rápidamente. Cuatro sílabas. Cuatro sílabas que me parecieron cuatro estocadas en el cuello. Debo haber puesto una cara de terror elocuente, porque ella se echó atrás y me miró asustada. Lo había comprendido. De las tres opciones, era la tercera. La peor, para mí. Le pregunté si iba al estadio y me dijo que sólo cuando iba con su papá, pero que eso ocurría casi siempre que jugaban de local. Ella me preguntó lo mismo y le dije que no me perdía partido de local, y que de visitante tenía que inventar las historias más descabelladas para poder salir de la capital, porque mi mamá se preocupaba mucho. Nos fuimos a tomar la micro en silencio y cuando se subió, vi preocupación en sus ojos de almendra.

Me fui a mi casa pensando en la razón por la cual Dios la había hecho tan perfecta si la iba a castigar haciéndola hincha de ese equipo, ese terrible equipo. Por supuesto que también pensaba mientras me acercaba a mi hogar en cómo iba a hacer compatible ese aspecto de su vida con todo el amor que para esas dos semanas ya le tenía.

El sábado fui a ver al equipo contra Deportes La Serena. Bonito triunfo, bonita tarde. El día martes la fui a buscar al colegio. Traté, juro que traté de no abordar el tema y no espantarla, pero a los quince minutos le pregunté si había ido al estadio. Bajó la mirada y me dijo que sí. Me sentí como un imbécil. Ella me respondió casi con culpa, y le dije que estaba bien, que en eso éramos diferentes y que no podíamos hacer nada. Yo sé que a los 18 años uno piensa en modo cursi todas las cosas antes de decírselas a una chica con la cual ya te imaginas casado, viejo y con niños, pero yo de verdad creía lo que le acababa de decir. Así pasaron las semanas y el tema se fue aquietando. Estábamos más tranquilos y habíamos progresado de tal manera que ya hablábamos de fútbol y debatíamos poniendo a nuestros equipos de frente. Cuando la situación se ponía un poco densa, nos dábamos un beso y nos reíamos. Así pasaron los meses, sin pedirnos nada con respecto a nuestros gustos futbolísticos, solo pidiéndonos pololeo, y con la situación ya controlada, hasta que ella me dijo que el papá quería conocerme, y para eso me había invitado cordialmente a almorzar con ellos el próximo domingo. Inmediatamente llegó a mi cabeza el día domingo. No era un domingo cualquiera, era ese día domingo que se da dos veces al año, era ese día en el que se enfrentaban futbolísticamente sus creencias con las mías. Era el choque del siglo. Yo para ese entonces estaba enamorado locamente, y jamás se me pasó por la cabeza rechazar esa invitación, pues sabía que ese domingo nuestra relación podía dar un paso gigante. Lo que sí pensé fue en si el papá de mi polola lo había hecho a propósito, si mi polola le había dicho que yo era hincha de su archirrival y si aún en terreno enemigo podía soportar ver al equipo de mis amores.

El sábado en la noche dormí poco y mal. Estaba irremediablemente ansioso y expectante por el almuerzo y por supuesto por el partido. No nos jugábamos nada trascendental porque ambos equipos estábamos en la mitad de la tabla y las posibilidades de que alguno de los dos se acercara a la pelea por el título eran muy escasas, pero clásicos son clásicos, son partidos aparte. Un clásico puede parecer muy poco importante cuando los dos equipos no pelean nada, pero siempre es objeto de deseo saborear la victoria frente al rival de siempre, ese rival que se odia y que, como ya he dicho antes, es capaz de revolucionar nuestras emociones cada vez que se pone enfrente. Así es que decidí no ir vestido con algo de color azul para evitar fricciones innecesarias. Me desperté el domingo sobresaltado y alerta. Cuando me junté con ella en el paradero de siempre, comprobé con un poco de gusto culpable que ella compartía esas sensaciones. Se notaba tensa, miraba en direcciones distintas cada 2 segundos y medio como si ese gesto pudiera hacer que el tiempo avanzara más rápido o que sus nervios se calmaran. Llegamos a su casa y la mamá nos abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal de cocina y el pelo mojado le hacía ver más joven de lo que en realidad era. Pasamos y su papá estaba preparando pebre. Antes de saludarme se lavó las manos para no impregnarme con olor a perejil y otros elementos de su preparación. Me dijo que era un gusto por fin conocerme, a mí que era ese cabro del que tanto hablaba su hija. Nos pusimos a conversar y ayudé a poner la mesa; no por ganarme el humor de mis suegros, sino porque lo hacía siempre y esa costumbre ya era casi parte de mí. Mientras comíamos, me convertí en un interrogado sin quererlo, pero a la vez sin evitarlo. Mi familia, mis opciones de futuro después del término del año escolar, las actividades de mi tiempo libre y hasta mis mascotas fueron tema de conversación durante la entrada y el plato de fondo, y por un momento casi hasta olvidé lo que iba a pasar a partir de las 4 de la tarde. Cuando sirvieron el postre, el tema se presentó en todo su ancho. Y no fui yo, lo juro. Fue el papá de mi polola el que dijo que más rato nos íbamos a sentar a ver el partido.

Asentí. No dije nada porque tenía en mi boca una cuchara con flan de chocolate y también porque no pude pensar en ninguna respuesta inteligente. Fue como si mi cerebro sólo hubiera ordenado sostenerle la mirada a ese caballero y mover la cabeza en un gesto vago de arriba hacia abajo. Un cuarto para las cuatro el papá nos invitó al living. Ya más o menos al momento de las formaciones de los equipos, mi estómago volvió a hacer esa gracia de retorcerse. El papá se sentó en su gran sillón de cuero, que lo hacía parecer un rey en su trono, dueño de su castillo y sus tierras y por lo tanto, de todas las palabras que se dijeran en ese trozo de mundo. Yo me senté con mi polola en el sillón de dos cuerpos café que parecía sacado de otra parte, como si se lo hubieran conseguido con un vecino que no compartía los gustos mobiliarios. Comenzó el partido y se me hizo un suspiro hasta el minuto 64, cuando el delantero de ellos cabeceó y nos pegó el primer golpe. Yo la miré a ella, y no lo celebró. No así su papá, que lo gritó como si hubiera estado en el estadio. Ningún insulto, nada ofensivo, solo el grito de gol ardiente y explosivo que salía incesantemente de lo más profundo de su ser. El resto de mis órganos y mi estómago trabajaban en conjunto en eso del retorcimiento y me estaban matando. Hasta que cayó el azul en el área. Se puso frente a la pelota, chuteó y gol. Faltando tan poco para el final, me daba por pagado y sólo empuñé mi mano y la agité. No grité, porque empatar el partido a esa altura era un premio suficiente. Además con ese resultado quedábamos todos medianamente contentos, o quizás solo quedábamos sin pelearnos, lo cual era un paso bastante importante para mis pretensiones en ese momento con mi polola y su familia.

Pero la vida tiene esos momentos únicos, determinantes. Esos momentos que tú sabes que algo va a pasar justo antes de que pase. Y es que yo lo vi meterse al área antes de que el otro sacara el centro. Yo lo vi picar desde tres cuartos de cancha para dejarlos hundidos y humillados como antes, como cuando se colgó de la reja, como cuando cabeceó por encima del arquero, como esa tarde de febrero y la goleada. Yo lo vi saltar y supe que no era posible seguir mudo, que tenía que acomodarme porque el retorcimiento de mis interiores iba a llegar a su punto más álgido. Yo tuve que gritarlo porque estos momentos se dan pocas veces en la vida, tan pocas veces como encontrar a una mujer perfecta, o casi. Yo tuve que arrodillarme porque no era capaz de ubicarme en el tiempo y lugar donde realmente estaba. Yo tuve que cerrar los ojos porque no quería saber de nada más, ni de nadie más, aunque al lado estuviera la persona indicada para mí, la futura madre de mis hijos y la compañía de mi jubilación. Yo tuve que gritarlo hasta perder el aire porque en esos meses paradisíacos no fui capaz de decirle a ella que mis órganos retorciéndose querían decirme algo. Yo tuve que esforzarme para lograrlo porque sabía que ahí, en ese lugar y en ese momento, justo cuando les ganábamos de esa forma que yo tanto disfrutaba, ahí era el momento perfecto para rendirme y dejar de luchar, ese era el momento perfecto en el que yo quise irme, no sin antes mirarlos a los ojos a todos los habitantes de esa casa y gritarles: “Vamos la U conchetumadre”.