Crónicas de Nacho Márquez: Volvieron los abrazos

Como cada comienzo de campeonato, Jaime se dispone a juntarse con su hermano. La tradición comenzó en febrero del 2004, cuando por primera vez vieron juntos un debut del cuadro del que ambos son fanáticos. La vida corre por caminos inesperados a veces; y es por esto que no siempre lograron juntarse. Pero cada vez que lo hicieron, su equipo ganó. Lo hicieron el 2005, viendo en vivo y en directo el gol de Canío; también esa calurosa tarde de enero del 2006 en una schopería que quedaba cerca del trabajo de Jaime; fueron a Pedrero en 2008 para ver el triunfo sobre Deportes Concepción; y así muchas veces. Para el año 2011 ya era una linda e impostergable tradición eso de que estos hermanos se juntaran a ver la primera fecha de cada campeonato.

Crecieron en una modesta casa del barrio Matta Sur, y más allá de la relación familiar, siempre fueron mejores amigos. Jaime era dos años mayor que Claudio, y lo fue instruyendo en los aspectos de la vida que a esa edad necesitan asistencia. Cuando Claudio se cayó de la bicicleta y se quebró el brazo, fue Jaime quien lo llevó en sus espaldas hasta la casa. Los consejos para pedirle pololeo a Jimenita se los pidió a Jaime, quien a pesar de no haber recorrido aún los laberintos  del amor, poseía el conocimiento necesario para guiar a su hermano menor. Como iban en el mismo colegio, Jaime le resumía los textos de lectura complementaria para que a Claudio se le hiciera más fácil leerlos y comprenderlos. Jaime fue, a la larga, un hermano mayor con todas sus letras. Cuando murió papá, Claudio sufrió un dolor jamás antes experimentado, se sintió desfallecer varias veces, y, como en ocasiones anteriores, fue su hermano Jaime quien lo levantó de a poco.

Los caminos de la vida, como dice un amigo, no son los que uno esperaba, y cuando Claudio comunicó en la mesa lo que había decidido para el resto de su vida, Jaime y su mamá se miraron y comenzaron a reír. Claudito, muy serio, dijo que era verdad, que esperaba el apoyo de los que estaban ahí cenando y que dejaran de reírse. Cuando Jaime y mamá se dieron cuenta de que el “conchito” estaba hablando en serio, le dijeron que por supuesto, que a todas con él y que lo ayudarían de la forma que necesitara.

Jaime se acuerda de todas estas cosas mientras cierra con llave y palpa sus bolsillos comprobando que no le falta nada. Mira su reloj y se felicita, va con tiempo de sobra, como a él tanto le gusta. Toma el metro y llega al terminal cuarenta minutos antes de la salida del bus. A mitad de semana había conversado con su hermano, el que le había dicho que viajara no más, que ahí él arreglaba los horarios, porque los sábados trabaja. Como falta aún para la salida del bus, se dirige al videojuego de fútbol. Sonríe al recordar las veces que viajaban y pasaban a ese video a gastar un par de monedas y se sorprende al pensar en los años que debía tener ese videojuego.

Aborda el bus y abre el tarro de papas fritas y la bebida que compró en el supermercado. Busca un cuento en su libro de Eduardo Sacheri y comienza a leerlo. Se emociona un poco y recibe con gusto un ataque fulminante de recuerdos. No se resiste; se entrega al caluroso vaivén que le brinda la evocación de momentos pasados y quizás mejores. Piensa en mamá, recuerda sus gestos y al concentrarse un poco más, puede incluso sentir el olor que había en la cocina cada vez que ella hacía ese estofado del que Jaime se consideraba devoto. Cierra los ojos para conectarse aún más con ese pasado y acude imaginariamente a una preciosa escena. Papá jugando a la pelota con los niños en la plaza y en un banco, no muy lejos, mamá tomando mate y observándolos con dicha. No es una alegría cualquiera, efímera o limitada. Lo que su mamá transmite a través de su sonrisa ancha,  sus ojos achinados y las arrugas de su frente era dicha. Jaime abre los ojos y la chica que va a su lado le extiende un pañuelo. Por su mejilla izquierda abre surcos una lágrima gruesa, no de pena ni de euforia, si no de emoción. Recibe el pañuelo, da las gracias, se seca la lágrima, gira levemente sobre su derecha quedando completamente de frente a la ventana y se suena, ni muy estridente ni muy sigiloso. Guarda el papel sucio en el tarro vacío y le explica a la chica que se acordó de algo. Ella le dice que no hay problema, que está todo bien y se vuelve a meter en su celular.

Jaime revisa su propio aparato y ve que tiene un mensaje de su hermano. “No me vayas a buscar en la iglesia, espérame en el terminal. Abrazo”. Al llegar y encontrarse, se funden en un abrazo caluroso y silencioso, pero mucho más elocuente que el abrazo virtual que Claudio le mandó vía mensaje de texto. Jaime llora. Claudio también. No ha pasado tanto tiempo desde su último encuentro, pero el cúmulo de recuerdos que Jaime ha recibido lo trae en vilo emocionalmente. Se dirigen a la única schopería que hay en Las Cabras y son saludados afectuosamente por Don Benito, el dueño y mesero del local. Se sirven una cerveza de litro y una chorrillana y van comentando el partido. Cuando Monzón levanta la pelota, Claudio dice “ahí viene” y se sienta más al borde de su silla, como preparándose para saltar a cabecear. Gol del chico Arancibia. Hablan de lo lindo que debe ser anotar en el primer partido que uno juega en el equipo de sus amores. Al ver el segundo gol, se abrazan durante más tiempo, como si supieran que no habrá más anotaciones esa tarde.

Llega el pitazo final y se dan el penúltimo abrazo de esa jornada. Llenos de júbilo se dirigen al terminal de buses, se dicen lo mucho que se quieren, se prometen verse pronto, se abrazan por última vez en esa soleada tarde de sábado y se van cada uno a su destino; Jaime a su departamento en el centro de Santiago y Claudito al convento. Ellos no lo saben, pero ambos están pensando lo mismo. Ambos están pensando que volvieron los abrazos.