“Días grises”

Luchito no entendía bien qué estaba pasando. La mama Sonia subía el volumen de la radio cuando hablaba esa voz profunda y apesadumbrada, que ella misma le había explicado pertenecía al “compañero presidente Salvador”. Tampoco comprendía mucho lo que este señor decía cuando hablaba de la patria, de los trabajadores y del general rastrero. La mama andaba rara, y a pesar de que estaba cocinando como todos los días, no irradiaba la alegría de siempre, y suspiraba de tanto en tanto y miraba mucho más a la virgencita de Lourdes que tenía en el mueble. El día libre para Luchito parecía que no iba a tener descanso, a pesar de que fue el tata quien lo autorizó a faltar al colegio, “por precaución”.

Ese día la mama lloró mucho. Quizás un poco menos que esa tarde de agosto cuando Marta le dejó a Luchito para no volver más, pero parecía que en cualquier momento caía desmayada. Sin embargo, aguantó y cuando ya se hacía la hora de llegada del tata se sentó en la puerta. Luchito se sentó al lado suyo y le preguntó si podía ayudarle en algo. La mama lo miró tiernamente y le dijo que mejor fuera a preparar su mochila para volver a clases, que lo de hoy había sido solo un descansito y que el tata llegaría en cualquier momento para cenar. Lamentablemente la mama Sonia esta vez no tendría la razón.

Como cada mañana, Luchito miró el reloj de pared inmediatamente después de abrir los ojos. Eran las 9:15 y nadie lo había despertado para ir al colegio, por lo que intuyó que la situación era complicada y recordó los confusos sucesos del día anterior. Se levantó rápidamente y vio una escena que de ahí en adelante se convertiría en una constante: la mama Sonia colgando el teléfono y rompiendo en llanto. Luchito preguntó a qué hora había llegado el tata y su abuela le contestó que no había llegado, que unos militares se lo habían llevado preso en la esquina de Santa Rosa y Canto General, a media cuadra de la casa.

Ir al colegio era una actividad de segundo orden, habían pasado cuatro días desde el 11 y a Luchito se le ocurrió una idea brillante: si el tata no volvía, había que ir a buscarlo. Pensó en salir solo, pero el mismo tata le decía en cada paseo lo grande que era esta ciudad y lo pequeño que era el pueblo donde había crecido. Lo que decía el tata era verdad absoluta, no porque lo dijera con fuerza y determinación, si no que porque simplemente siempre se cumplía. La U es lo más grande del mundo, dijo el abuelo cuando volvió del partido con Peñarol, y aunque Luchito solo tenía 6 años, se le quedó grabado para siempre. El presidente Allende va a gobernar para el pueblo si es que lo dejan, también había dicho el caballero.

Se acercó a la cama de la abuela para darle los detalles de su idea y por primera vez en esos nefastos días la vio sonreír. La mama se incorporó y le dijo que a lo mejor no era tan descabellado pensar en ir a buscarlo, pero que no sabía adónde. Repasaron algunos números de teléfono y salieron. “Vamos al estadio” dijo la abuela, y Luchito asoció esa frase a las reuniones dobles y los clásicos universitarios de los que había sido testigo junto a su tata. Raro que la mama haya decidido ir al estadio un viernes por la mañana cuando no jugaba nadie, pero concluyó que lo mejor era no hacer preguntas.

Sentado en las graderías, su abuelo le contó toda su vida, o lo que recordaba de ella. Le dijo que a veces las cosas en las que uno cree lo convierten injustamente en alguien peligroso y que uno siempre debía obrar como el corazón le decía. Luchito le preguntó si iba a estar muchos días en el estadio, si lo había pasado mal y si todos los que estaban ahí sentados en la galería habían hecho lo mismo. Al separarse tras el abrazo, Luchito le dijo que lo iba a esperar para cenar. “Come tranquilo Luchito, yo llego pronto” fue lo último que le escuchó al abuelo.

Esa noche mama Sonia le explicó a Luchito por primera vez qué era la muerte.d