El Aguante

¿Cuántas veces fuimos juntos al estadio? ¿Cuántas veces nos abrazamos y gritamos los goles de la gloriosa en el Nacional? ¿Cuántas veces cargué contigo cuando perdíamos y te trataba de yeta hasta dejarte sin habla; y me sentía culpable después porque pensaba que te lo habías creído? ¿Cuántas veces durante la media sufrimos y nos jurábamos que el próximo semestre íbamos a ser campeones? Primero Católica el 2005 y después el archi el 2006. Tú no sabes cuánto lloré cuando Aceval nos hizo el gol. Disfrutar y saltar por un equipo es una cosa, pero llorar es algo totalmente distinto. En el momento en que uno llora por un equipo está todo dicho y todo hecho. No hay regreso, se consuma el amor, se destraban las últimas confusiones del alma, se establece el orden natural de las pasiones íntimas y futboleras.

Lloré como un condenado, lloré hasta quedarme dormido. Más encima al otro día llego tarde a clase, todos los indios adentro y entro yo. Las risas y los “Fracasado” fue lo más suave que me gritaron. Menos mal que el profe de historia era de la U y los hizo callar. Me fui a sentar al lado tuyo con los ojos húmedos y la única mierda que fuiste capaz de decirme fue: “Ya, tranqui”. Tan impávido como nunca, parecía que lo que había pasado el día anterior había sido una anécdota. Cuando se acabó ese día de colegio fui el primero en salir de la sala, no por arrancar, sino para que todos me escucharan el “¡CHI-CHI-CHI-LE-LE-LE- UNIVERSIDAD DE CHILE!” Llovieron los insultos, pero yo caminé no más, indolente. ¿Que para qué te cuento esta historia? Para que te des cuenta de lo que es el aguante, así se llama esta historia. Y después, el 2007, salen campeones de nuevo. Ganaban y ganaban estos desgraciados, nosotros terminamos 14 ese año, ¿te acuerdas? Tuvimos 3 técnicos ese año, mucho.

Primero dejaste de ir al estadio, dijiste que ya no te gustaba ir a puro sufrir y a putear a los jugadores. Yo te insistía que no, que vamos, que aguante la Chile, que en las buenas y en las malas, que esa es la diferencia, que no nos importan las copas sino la pasión, pero tratar de hacerte cambiar de opinión era como intentar pasar una sandía por el ojo de una aguja. El 2008 jugamos la promoción contra Puerto Montt. La ida en Santiago la empatamos a 0. La vuelta era la semana siguiente. Empecé a hincharte lueguito. “Viajemos, hermano, no podemos dejar a la U ahora”. Me respondiste que lo ibas a pensar. No tengo idea si en verdad lo pensaste, pero me dijiste que no. Tus negativas, ya lo había aprendido, qué duda cabe, eran rotundas. No existía fórmula que te hiciera cambiar de parecer. Eras terco, obstinado y arrogante, con razón te iba tan bien en las pruebas. No tienes idea de lo que lloré en ese bus hacia Puerto Montt. Me llevé un termo lleno de vino, que iba rellenando a lo largo del viaje. Llegué al estadio y fue como siempre. Te echaba de menos, está claro, pero saltando y cantando se me olvidaba un poco. Perdimos.

No te cuento cómo ni por qué porque lo viste, y me viste a mí llorando en el Chinquihue. Salí en la tele y en las noticias, todos me contaron. No te dignaste ni a llamarme, desgraciado, como en la media cuando nos decíamos: “el otro semestre compadre”. Nada. Te iba a llamar pero pensé que estarías triste y cuando estás triste no pescas el teléfono. Bajamos a segunda. Otra vez. Hablamos algo cuando volví, pero poco. Me contaste que estabas pololeando con una mina del colo y yo te dije: “No te vayan a voltear”. No tenía idea.

Estas bestias jugaban la final de la Libertadores de América otra vez. Yo sabía, pero tenía mejores cosas que hacer en mi vida que gastármela viendo un partido de ellos. Medio Santiago con la camiseta incolora, el metro lleno de blanco y negro. Atisbos de lo que estaba por pasar. Habían ganado en la ida 2-0 a Jorge Wilstermann en Bolivia y era casi imposible que les dieran vuelta el resultado.  Quince minutos antes de que empezara el partido me llamaste. Te costó hablar. Carraspeaste después de saludarme. Me dijiste que estabas en el estadio. Te pregunté que en cuál estadio. No podía, o no quería, o me rehusaba a pensar. Me respondiste que en el David Arellano. No era posible. Te pregunté si era broma, si me estabas hueveando porque no podía imaginarte metido entremedio de esos seres contra los cuales tanto habíamos gritado, tanto habíamos peleado. Me dijiste lo siguiente: “La U no existe, yo no sé lo que es ser campeón, no tienen estadio, cualquiera los basurea, ahora soy del Colo”. Si te hubiera tenido al frente te parto la boca, pero solo atiné a decirte: “Estás muerto, la U es todo, el Colo no es el aguante que somos nosotros, perdedor, te vendiste por unos momentos de gloria que ni siquiera van a ser tuyos, porque tú saltaste en el tablón conmigo y con Los De Abajo, si te veo en la calle con ese trapo te rajo”. Corté.

Te cuento todo esto para que veas que yo sí tengo aguante, que soy de la U y que no olvido, que tampoco perdono, así es que si me voy en cana por haberte pegado en la calle me da lo mismo. Son principios, es aguante, yo cobré tu traición, a ver si puedes levantarte ahora.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl