El Chato y el 11

Puta que era cabalero el “Chato”. Cabalero y zurdo. Y zurdo completo, ah? No zurdo a medias. Le pegaba con un cañón y militaba, porque no es lo mismo decirse de izquierda que militar en el partido. El “Chato” era de verdad, por eso le pegaron lo que le pegaron los pacos esa vez de la concentración del “No”. Roberto, se llamaba, se me había olvidado. Siempre le dijimos “Chato”, desde que llegó a la tercera infantil. Venía con buzo y unas zapatillas Tigre que se notaba que ya le quedaban chicas. “Vengo a jugar” dijo, y nadie podía creerlo. Petisito, medio gordito y patitas cortas, era todo menos un canto a la esperanza. Pero le dimos unos minutos, y salimos todos arrepentidos de no haberlo dejado jugar más rato. Puta el cabro bueno pa’ la pelota. Y cómo le pegaba. Le dijimos que era parte de nuestro equipo y saltó de puro contento. Después cachamos que tenía mil novecientas cábalas. Que vestirse de abajo pa’ arriba, que entrar a la cancha con la pata izquierda, que la cinta de capitán al revés, que la abuela no lo fuera a ver jugar, y así mil cosas. Jugaba de 11, y le gustaba usar ese mismo dorsal. Desde que lo pidió en la juvenil que no se lo sacó más. El “Cutufo” le preguntó por qué y ahí recién nos contó que era porque a sus viejos se los habían llevado después del golpe, entonces llevar ese número maldito en la espalda lo empujaba a querer romper la maldición haciendo goles. Nosotros lo miramos extrañados, porque el “Chato” hablaba como grande, como si ese hecho lo hubiera obligado a crecer y comportarse como grande. Porque aparte, tenía una personalidad cuática. Entraba a la cancha y se transformaba. Si en la plaza de la esquina era tallero y simpático, en el rectángulo de tierra (porque ni pasto le quedaba a la cancha del parque La Bandera) era como Hulk, o peor. Todavía me acuerdo del día que explotó gritando “ándate a la chucha guatón culiao” cuando el saquero Román lo expulsó por celebrar sacándose la camiseta dos veces. Fuimos todos a frenarlo para que no lo castigaran más, pero el “Chato” estaba fuera de sí. Igual yo lo entiendo, era el clásico con el Real y les íbamos ganando 2 a 0 con los goles del Roberto.

Pal’ 94, estábamos en el estadio cuando vio que la U cambiaba de color los números junto con el modelo de camiseta. El “Chato” se percató al tiro. “Mira qué linda se ve la camiseta de Marcelo Salas” me dijo sin quitarle la vista a la cancha, y yo capté de una la referencia. Era un 11 rojo con bordes blancos que, a fuerza de ser sincero, se veía mucho mejor que el número en tres dimensiones todo blanco de campañas anteriores. “Ese le voy a pintar a la camiseta”. Hablaba de la camiseta Avia que le habían regalado sus papás y que cuidaba como hueso santo. “Estai loco, la vai a echar a perder” le dije para saber si sus intenciones eran serias. “Sale pa allá, gil. Va a quedar chacal”. Y la pintó no más el loco, pero no tuvo mucho éxito y me la regaló después de catorce intentos de sacar el mamarracho que le pintó con témpera en la espalda. El 15 de diciembre de ese año, a tres días de dar la vuelta olímpica en el desierto después de 25 años, el “Chato” se puso la 11 del Juventud y frente al clásico rival (que no se jugaba nada) dio una de sus mejores muestras futbolísticas. Dos goles, un pase gol y la vuelta. Pero yo igual lo caché raro en el camarín. “¿Y si perdemos con Cobresal, weon?” me preguntó con notoria preocupación. “Tranquilo “Chatito”, Marcelito Salas con la 11 nos va a dar el triunfo, ya vas a ver”. Igual anduve cerca. Esa navidad caí por su casa y le llevé un regalito. Se le iluminaron los ojos cuando vio que era una camiseta Chilectra Avia con número. ¿Cuál número era? ¿Me estás preguntando en serio?

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl