El día después

La mañana comenzó como tantas otras. Roberto salió de la ducha con el pelo seco, peinado y vestido, dispuesto a servirse la primera de tantas tazas de café que va a ingerir ese día. Lo aguardaba su esposa Irma, quien tenía listas las tostadas con margarina. Ella tuvo la mala idea de encender el televisor, el cual emitió la inconfundible voz del periodista que de lunes a viernes le entregaba a Roberto la ilusión de irse al trabajo medianamente informado. El periodista, esta vez, profería palabras que ciertamente no eran un canto a la dicha. “Se me había olvidado que habíamos perdido el clásico” dijo Roberto con aires fúnebres y mirando a su esposa. Irma solamente se encogió de hombros, porque a ella también le dolía haberlo perdido, pero su procesión, como en tantas otras ocasiones, iba por dentro. Roberto la besó en la frente, le recordó lo mucho que la amaba, le dejó un piropo romántico pero no empalagoso, tomó su mochila y salió del departamento.

Llegó al metro riéndose de la gente que no aprovecha la aplicación esa que carga las tarjetas Bip! Y se puso los audífonos. No sabía qué buscar en Spotify, así es que se dejó sorprender por la música de los ochenta. “A ver si se Duran Duran me ayuda a olvidar”. Pero rápidamente las imágenes se volvieron más potentes que los acordes estimulantes de “Hungry Like A Wolf”, y es que comenzaron a aparecer las chaquetas y los gorros con esa maldita insignia. “La puta madre, soportarlos una semana en la calle con sus camisetas que tenían guardadas de quizás cuándo”. Trató de mirar hacia otro lado y una señora con su bebé distrajo finalmente su atención. Su mente, sin embargo, no le daba respiro. Pensaba una y otra vez en los goles de Paredes, en la pelea de Beausejour, en por qué no entró Seymour, en por qué no jugó Nico Guerra desde el principio, en por qué Matías Rodríguez se demoró en entrar y su ánimo volvió a tornarse sombrío. Hizo la combinación en Los Leones como un autómata y se dirigió a su trabajo.

Cuando estaba a media cuadra, Roberto cayó en la cuenta de que aparte iba a tener que tolerar las burlas de sus compañeros de trabajo. “O quizás no tenga que hacerlo y les deje bien clarito que no estoy para el hueveo de nadie hoy”. El guardia, acérrimo hincha azul, le levantó los hombros tal como Irma, dejando en claro que no quería hablar del tema. “Menos mal, porque bien denso que se pone este huevón cuando perdemos”. Antes de llegar a la zona de casilleros, Roberto sintió los primeros escozores del esperado ataque verbal: “¡Sácate los tres!”. Una sonrisita desviada y una leve negación con la cabeza fueron su primera respuesta. Se le acercó Pancho, hincha blanco promedio, de esos que solo se acuerdan del equipo cuando ganan a la U, le estiró la mano para saludarlo y le dijo sin asco: “Cómo se los afiló Paredes”. En ese momento, los niveles de ira aumentaron drásticamente, pero con algún esfuerzo logró controlarse y solo responder un diplomático: “Así es el fútbol, se gana y se pierde”.

El punto de quiebre llegó cuando al aproximarse a su casillero, Roberto encontró una camiseta blanca, imitación peruana de la original y que en la espalda tenía el número 30 y el apellido del anotador de dos goles en la jornada previa. “¿De quién es esta mierda?” Dijo en voz alta Roberto. Todos los compañeros que se encontraban en ese camarín rieron con estridencia, lo cual hizo que Roberto tuviera que repetir la pregunta. Un muchacho que llevaba dos meses trabajando ahí se levantó para recuperar su aporte a la burla, y sonriendo se acercó a Roberto, quien en duros términos le puso los puntos sobre las íes a él y a todos los colocolinos que por lo visto pretendían darse un festín ese lunes. “Miren, cabros, ganaron ayer y está bien, pero yo no estoy para el hueveo de nadie. Menos ahora que estuvieron callados dos semanas completas y yo no les dije ninguna huevá. Así que ya estuvo bueno, aparte están colgando de una pata en la Libertadores, no le van a ganar a nadie y con nosotros, acéptenlo, salvaron el año”. El silencio se apoderó del camarín y las risas previas se transformaron poco a poco en murmullos, y le dijo al oído al dueño de la camiseta: “Y a vos pendejo culiao, nadie te dio el derecho de venir a huevearme, llevas aquí menos que cualquiera y hay que saber respetar al resto”. Pálido, el muchacho estiró su brazo para recibir de vuelta su camiseta, no sin antes presenciar el escupo que Roberto dejó caer en la insignia.

 

Nacho Márquez

Foto: Sebastián Ñanco