El Regalo

Robertito por fin le escribía una carta al viejito pascuero. Ya sabía escribir mejor a pesar de que las letras se le confundían y la tía del Kinder le decía que los animales extintos no eran “binosaurios” y que las cosas no se compraban con “binero”, pero eran detalles que podía corregir con la ayuda del diccionario infantil que su papá le compró un día que caminaban por San Diego para ir a estampar unas camisetas. Su papá, Javier, tenía muchas camisetas, las que estampaba con nombre y número siempre en la misma tienda del Mall Chino, donde aparte de estampar vendían muchas cosas de la U. Roberto amaba acompañar a su papá a “lo de las camisetas” porque aparte de empaparse los ojos de azul, ese paseo significaba una visita a la fuente de soda de Don Chito, donde hacían los mejores completos del mundo.

Ya le había preguntado su papá por lo que pensaba pedirle al caballero de traje rojo y barba blanca, y la respuesta de Roberto fue categórica: “La camiseta de la U, pero la antigua azul oscura Cristal de Marcelo Salas.” Javier quedó pasmado ante esa claridad y le dijo lo que todos los papás tienen la obligación de comunicar a sus hijos: que el regalo era difícil, que el viejito pascuero tenía que encargarse de los regalos de todos los niños del mundo y otros etcéteras. Robertito estaba consciente de estas dificultades, pero se había esforzado para ser un buen niño durante todo el año, cuenta de ahorros que sabía necesaria para que el viejito cumpliera.

Un día, Javier salió con una mochila llena de camisetas pero ni siquiera le preguntó a su hijo si quería acompañarlo. A Roberto le pareció muy extraño, sobre todo porque ya había terminado el año escolar y no le quedaban cosas pendientes por hacer. No dijo nada y se quedó leyendo las revistas de Barrabases que el tata le prestó. Tampoco interrogó a su papá cuando regresó, y se limitó a agradecerle el néctar de papaya que Javier le trajo. Ahí fue cuando Roberto se acordó que le faltaba dibujar la camiseta que quería y cuya representación pictórica resultaba imperiosa para que el viejo pascuero no cayera en la confusión típica de los modelos 2004 y 2005. Buscó la hoja y terminó su faena. La puso en un sobre y se la entregó al papá, quien le dijo que la llevarían a dejarla al buzón inmediatamente.

Llegada la hora de la cena, y mientras se lavaba las manos, Roberto comenzó a considerar la idea de que su encargo no llegara. Claro, era una camiseta antigua y encontrarla sería una odisea para cualquiera, incluso para un ser tan importante como el viejo pascuero, aunque él fabricara todos los juguetes del mundo. Quizás también confeccionaba ropa, aunque esto desembocaría en que la camiseta no fuera original. Al salir del baño, su mamá le preguntó si le pasaba algo porque tenía una cara extraña; él, niño tímido, le dijo que estaba todo bien. Demostró mucha hambre para evitar la remota posibilidad de que su comportamiento no fuera suficiente hasta ese momento. Llegadas las 23:30, y aguantando estoico los incipientes bostezos, salió con su papá y sus abuelos a buscar al dichoso caballero. Su mamá pasó al baño y los alcanzó más tarde.

Al regreso de la familia, Santa Claus ya había partido, no sin antes realizar su faena de manera magistral; los ojos de Robertito fueron atrapados por una generosa pila de regalo. Cuando el papá pronunció las palabras mágicas “este es del viejito para Roberto”, nada más que la camiseta de sus sueños llenó su mente; su corazón comenzó a latir más rápido; su piel se puso extraña y conoció por primera vez lo que su papá describió luego como ansias. Sus manos se pusieron levemente torpes y se apuró en despegar la cinta adhesiva. El resto de la familia se giró para mirar los ojos de ese niño, abiertos como nunca antes habían estado.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl