¡Emiliano!

Hoy sí. Ya empezó la liguilla y Emiliano tiene que jugar sí o sí. Cobreloa es peligroso y tenemos que mantener el invicto para asegurar la vuelta olímpica. Necesitamos gol, y aparte de eso, hoy me paso a la cancha. Le tengo que decir al zurdo que me creo él.

¿Cómo no, si sus goles inspiran? El gol a Coquimbo, el gol a Católica trancando con la cabeza en el último minuto. Es cierto que ha jugado poco, pero es el mejor suplente que tenemos; lo deja todo en la cancha y entrega hasta el último esfuerzo aunque mi papá no entiende eso. A él le gusta Maestri, y está bien, pero Maestri no es zurdo, y Emiliano hace goles importantes en momentos imposibles. Si no hubiera jugado contra O’higgins, de seguro perdíamos, porque el Leo es tremendo, pero no es delantero. Mi papá dice que el Leo es el mejor “10” que ha tenido la U, pero yo soy muy chico para saber eso. Ese partido con O’higgins fue demasiado. Yo lo vi por la tele y grité los goles tan fuerte que mi abuela me hizo callar un par de veces mientras mi abuelo se reía; él es de los blancos, pero no me importa porque yo lo quiero mucho y se lo perdono.

Mientras vamos al estadio mi papá me advierte que hoy se viene bravo y que al nivel que está jugando Cobreloa, es el único equipo que nos puede pelear el campeonato. Igual tengo fe, porque hemos ganado tantos partidos seguidos que estoy seguro que no va a ser fácil que nos derrote algún otro equipo. Pasamos a buscar a mis primos que llevan las banderas y nos vamos al Nacional.

Entramos y nos ponemos a cantar el “Sale león”. Tengo un amigo en el colegio que me dice que no entiende ese afán de los hinchas de cantarle al equipo. Yo le respondo que él nunca ha ido al estadio y que por eso no sabe. A él le gusta el Real Madrid y eso yo de verdad que no lo puedo entender, porque ni siquiera los puede ver en el estadio. Y sale el equipo a la cancha rodeado de humo azul y rojo, papeles picados, artificio y muchas gargantas que animan a sus 11 azules. El cuadro azul se ve nervioso y no logra jugar bien; la gente canta pero también se nota tensa, o eso me dice mi papá porque yo soy muy chico para saber eso y sigo cantando no más. Me hago el loco con los garabatos de las canciones, mi papá no me deja decir garabatos en la casa o en el colegio, pero aquí en el estadio me los permite, cosa rara que son los papás.

Cobreloa nos hace los goles y parece que nos va a ganar, pero viene el gran Emiliano Rey a pararse frente al balón en un tiro libre. Si lo hace sería alucinante, porque yo el miércoles pasado hice un gol de tiro libre en el recreo del almuerzo. Jugábamos contra el “B” y a un compañero mío le hacen tremenda zancadilla, la que obviamente reclamamos y aunque no se estila mucho eso de cobrar fouls, esta vez sí pedimos tiro libre. Todos saben que yo le pego fuerte y bien a la pelota, así que me dijeron: “Pégale no más” Puse la pelota, miré al arquero y le pegué bien fuerte, pero rebotó en un jugador de la barrera. Eso descolocó al golero y le desvió la pelota, gol. Bien feo el gol, pero no importa, porque con ese gol empatamos. Yo salí gritando como todas las veces que hacía un gol, desde que llegó Emiliano a la U: “¡Goooool de Rey!”. Entonces se acerca Emiliano, toma vuelo, remata, rebota en la barrera y gol. No puedo creerlo, lo había hecho tal como yo en el colegio. Varios lo gritan así no más, porque vamos perdiendo, pero yo lo celebro de manera eufórica como dice mi tata. Era el mismo gol que yo había convertido, como para coronar un tiempo de creerme Emiliano Rey, como para que mi fantasía de ser ese zurdo fuera en aumento y se convirtiera en una realidad, en algo que me dijera que yo sí podía llegar a ser como él en algún momento; que mi admiración iba a llegar a buen puerto. Más fuerte me pega todo esto cuando me miro la camiseta Ades que tengo puesta, la de la temporada y que con corrector había escrito en la espalda:”15 REY”

El árbitro de afuera muestra el tablero indicando los descuentos y yo le digo a mi papá que iba a la reja, me acerco y me encaramo. Me subo y mi papá me grita: “¡cuidado!”; mas las cartas ya están echadas. Suena el pitazo final, los jugadores en su mayoría agachan la cabeza y yo me escabullo entre los guardias. El corazón me late más fuerte cuando piso el pasto, sin dimensionar el lugar donde estaba y concentrándome solo en mi objetivo. Grito: “¡Emiliano, Emiliano Rey!”, y mi corazón se detiene y parece que todos los meses de admiración me han dirigido hacia este momento, porque el zurdo me mira, reconoce mi voz, frena su caminata hacia el túnel y me espera, sonriendo a pesar de la derrota.

Nacho Marquez | Radio AzulChile.cl