Fotos viejas

De casualidad me encontré con un texto de Eduardo Sacheri llamado “Fotos viejas”. En él habla de la actividad de ver fotos antiguas y el ejercicio mental que conlleva esta. Decía que ver fotos es un pasatiempo que merece nuestra total atención, sin distractores inocuos que nos impidan el total goce de estos papeles. Sacheri se refería además a la construcción, o mejor dicho a la reconstrucción del mundo que habitaban esas personas de las fotos; a ese presente que ellos creían iba a ser también el futuro permanente.

Siento mucha nostalgia cada vez que veo en televisión imágenes mías antiguas. No se trata de que yo sea (o haya sido) el mejor de la historia, nada de eso. Yo simplemente fui una persona que se entregó completamente a su pasión, pasión que por suerte se convirtió en su trabajo y que le permitió dedicarse a esa actividad hasta el momento de su retiro. Cuando uno está en esa vorágine de cosas, no se da cuenta de que existirá un futuro alejado de esa actividad, pero llega. Psicológicamente, uno nunca está preparado para ese momento, y la sensación de vacío que te queda el primer lunes sin tener que levantarte temprano, o el domingo pasándolo completo con la familia es abismante. Lo bueno de las imágenes de la televisión es que no son estáticas, son meramente un segundo, o un minuto donde los recuerdos te invaden y te atacan.

Hace un par de meses un vecino me trajo a la casa un lote de revistas donde según él, aparecía yo. Digo “según él” porque me las pasó en una bolsa de género, pero mi eterna timidez sumada a mi contrariedad por recibir eso que me estaba entregando, sólo me permitieron dar las gracias, tomarlas y dejarlas en la mesa. Mi esposa preguntó obviamente y yo solo pude responder que un vecino me había traído eso, pero que no lo quería abrir aún. Ella, tan curiosa como en estos 20 años de matrimonio, insistió en que lo viera hasta que no aguantó más y se puso a revisarlas. Yo la sorprendí desde el patio a través de la ventana de la cocina y las estaba mirando atentamente. Leía los artículos que acompañaban las imágenes y en algunos momentos incluso sonrió.

He mirado esa bolsa varios días sin poder atreverme a vaciarla y explorar su contenido. Temo que al abrir esas revistas y ojear esas páginas vengan a mí recuerdos que mi alma, eterna melancólica, no pueda soportar. Porque estuve en la gloria, a pesar de no ser el mejor, como ya lo he dicho. Estuve en ese mítico año 1994, donde por fin pudimos ser campeones después de 25 años. Estuve en esa semifinal contra River Plate, donde nos robaron un penal, y parece que me duele más el partido que el golpe del arquero. Estuve en el bicampeonato del 99-2000 y muchas veces me sindicaron como el mejor de la cancha. La bolsa me está mirando desde la pieza chica, me invita a que la abra y la descubra. La bolsa me da una de esas miradas cautivantes que a veces uno recibe y que no puede eludir, como si fuera el central más avezado del mundo. Me acerco a ella con cuidado pero firme, como si fuera una pelota dividida.

Primero miro algunas imágenes mías en internet, como si eso pudiera ayudarme a decidir sobre las revistas. No pasa nada, algunos recuerdos más precisos simplemente ayudan a completar la historia presentada en esas páginas web. No hay latidos extraños, no hay sentimientos encontrados, por lo que me decido y entro a la pieza chica. Huele un poco a humedad, pero rápidamente me enfoco en el propósito de mi presencia ahí. Tomo la bolsa con cuidado y sin mirar el primer ejemplar que se asoma, como para evitar sorpresas sensoriales. La dejo sobre la mesa y extraigo la totalidad de revistas. El corazón me da un vuelco cuando veo la “T” blanca en fondo rojo, pero ya no puedo detenerme. El ejercicio de la memoria me ha obligado a sentarme, calzarme los lentes y disfrutar este latido lento, estas lágrimas incipientes y este nudo en la garganta al leer el titular: “Los azules ya cantan el Bi” y ver mi foto, disputando un balón con un jugador de Católica.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl