Íntimo abrazo

Bañada por la oscuridad de su pieza, Graciela se pasea y mece a su bebé, esperando que se duerma. Ha sido un día duro, son ya casi las once de la noche, o quizás más tarde; para poder saber la hora con exactitud tenía que pulsar la tecla lateral de su celular, y por lo despierto que estaba aún Salvador en sus brazos, recogerlo de la cama se torna una misión arriesgada. Graciela siente el peso de la jornada, por lo que trata de apurar la causa recurriendo a artimañas que han sido probadas en el pasado. Le habla. Le conversa con una voz muy suave, y con absoluta naturalidad acerca de su jornada, de la clase de práctica con los niños de cuarto básico, de la discusión que tuvo con la profesora de historia que regaña a los niños de tan solo moverse y hasta de la deliciosa hamburguesa de lentejas que escogió en el menú del casino de la universidad. Salvador la escucha atentamente, al menos en un principio, aunque sin comprender quizás ninguna de las palabras que pronuncia su madre. Como ya le ha resultado anteriormente, Graciela va bajando el volumen de su voz hasta casi llegar al susurro. A su vez, Salvador va cayendo en el sueño nocturno definitivo, y sus pequeños ojos oscuros se van sintiendo cada vez más pesados. Pero una de las mañas de este bebé es no conciliar el sueño rápidamente, y a pesar de que su compañero lo hace parecer fácil, a ella le cuesta un poco más hacerlo dormir. Hoy está sola, él se quedó a un asado con sus compañeros de equipo y aunque prometió no llegar tarde, la hora ha avanzado lo suficiente como para que Graciela tenga que cumplir con la última tarea diaria del bebé. Transcurridos algunos minutos, ella carraspea levemente para ver si Salvador se ha dormido. El bebé ni se inmuta. Se repite el procedimiento tres veces hasta que Graciela por fin se convence, Salvador está definitivamente, y hasta el otro día, dormido. Lo ha logrado, se felicita y se encamina hacia la pieza del bebé. Al cruzar el living, nota que ha dejado la cortina entreabierta, por lo que la luz directa del foco que alumbra el estacionamiento de la empresa frente al edificio donde viven, le sorprende la vista. Abre la puerta con sumo cuidado y acomoda la pequeña almohada en la cuna, pero justo cuando tiernamente besa la frente de su hijo, siente unas repentinas ganas de no dejarlo ir. No se trata de una enfermiza posesión, sino de un dulce deseo de tenerlo un rato más en brazos, de poder disfrutar unos momentos de cercanía en silencio y a solas. Se devuelve a su pieza, y con la seguridad de que Salvador no va a despertar, se sienta en la cama y decide ponerse a ver un par de videos de la campaña del noventa y cuatro. Comienza por el reportaje de canal 13, porque así siente que viaja en el tiempo y aterriza en ese día donde desde El Salvador bajó la esquiva octava estrella. Recuerda que en la mañana se le quedaron los audífonos debajo de la almohada y sonríe. Ve además algunos videos de la campaña del noventa y cinco y otros de la Copa Libertadores del año siguiente. La noche está cada vez más plácida, y mientras afuera las luces bailan al compás del reloj, adentro Graciela bosteza repetitivamente, es hora de acostarse. Ahora sí deja al pequeño en su cuna y se dirige al baño. Se lava los dientes y se concede un sarcástico llamado de atención al encontrarse tarareando la canción de Alberto Plaza, esa que dice que “soy de la U, de la Universidad de Chile”. Sale del baño lista para acostarse y se encuentra al otro integrante de la familia, quien le comenta pormenores del partido y del asado, le dice que la pasó bien, que se baña y se acuesta al tiro. Cuando esto ocurre, Graciela lleva un rato dormida, pero se incorpora para besarlo, darle las buenas noches y sonreír hasta mañana.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl