La camiseta del 96´

Pablo se levantó un poco más tarde ese sábado. Se sentó en la cama como cada día al despertar, corrió la cortina y miró la hora. No se sorprendió por haber dormido cuarenta minutos más de lo normal para un día sábado, en parte porque la semana lo había dejado extremadamente cansado y también porque su esposa seguía durmiendo. Se puso las pantuflas y con ritmo cansino se dirigió al mesón de la cocina para prender el hervidor. Como la noche anterior se había tomado dos tazas de té antes de dormir, el hervidor estaba vacío, lo que le hacía demorarse más en cumplir su previamente programada faena. Pablo se acomodó en el sillón, encendió el televisor e inmediatamente oprimió el botón que bajaba el volumen; su departamento era pequeño y un ruido alto y repentino podía despertar a la mujer. Rápidamente se dirigió a los canales de deportes para ver si estaban dando algún partido. Le daba lo mismo si se jugaba un compromiso de la cuarta división de Liechtenstein o si se enfrentaban el Nápoli y la Juventus, él se sentaba y ponía la misma atención fuera cual fuera el caso. El aparato que había encendido antes del televisor comenzó a emitir el sonido característico del agua previo a la ebullición y Pablo se puso de pie. Esperó que el vapor dejara de emanar y llenó la taza donde había puesto una cucharada y media de café y tres de azúcar; tomó una libreta, escribió un par de apuntes y volvió a su aposento. Inmediatamente después de un mano a mano salvado impecablemente por uno de los porteros, su esposa hizo entrada triunfal en el living; venía descalza y con bata. Ella se sentó al lado de Pablo, le dio un tibio beso en los labios y le robó cuatro sorbos de café.

─Hay que ir a la feria, mi amor.

─Sí, Anto, pero la lista la hicimos anoche, es cosa de pescar el carro y salir. ¿Me acompañas?

Ella lo miró, asintió con la cabeza y enfiló hacia el baño.

─Me voy a dar una ducha corta, sin lavarme el pelo.

─Tranquila, yo estoy viendo fútbol.

─Ah, ¿quién juega?

─Es una repetición del partido de Barnechea y Cobreloa, ya sé hasta cómo salieron.

─Bueno, me ducho y vamos.

Para estar listo más pronto y no dilatar la ida a la feria, Pablo se cambió el pijama por jeans y salió al balcón a buscar el carro. Sacó el dinero destinado a ese menester y lo dejó en el mesón, cerca de la cerradura de la puerta.

Las cosas no andaban muy derechas económicamente hablando. Antonia había perdido el trabajo tras demostrarle a su jefe (con mezcla de registro culto formal e inculto informal incluida) que los dineros restantes del balance de Enero habían aparecido mágicamente en la cuenta de este en un banco de Inglaterra, cuyo nombre ella no podía ni siquiera pronunciar. A raíz de esta situación, Pablo tuvo que echarse el equipo al hombro, como le encantaba decir a él, y comenzar a trabajar horas extras en la fábrica de perfiles de yeso en la cual llevaba algo más de un año. Cuando pensaba en todo este enjambre de ideas y recuerdos, Antonia salió del baño lista y radiante. Pablo apagó el televisor, abandonó el sillón y se dispuso a salir.

─Hoy juega la U –dijo Pablo cuando faltaba media cuadra para llegar al mercado callejero.

─Sí sabía. Con Huachipato a las seis de la tarde en el CAP. Lo escribiste en la pizarra del refri, mi amor, y sin ánimo de ofenderte, lo has dicho toda la semana.

Él no lo consideró un reproche, bien sabía que eso de hablar toda la semana del siguiente partido de la U era un comportamiento típico suyo.

De tanto en tanto el hombre miraba su banano para ojear la plata que le iba quedando y se iba sintiendo tranquilo, porque no se veían grandes diferencias entre lo que trajo y lo que quedaba, y ya llevaban compradas casi todas las cosas de la lista. Como hacía cada vez que le quedaba un poco de dinero sobrante, comenzó a pensar en qué gastar esa suma, y las opciones siempre rondaban entre unas latas de cerveza y una bolsa de papas fritas o alguna polera que viera cuando fueran de vuelta y pasaran por los cachureos.

─Ya, estamos ─dijo Antonia, y comenzaron el regreso. Esta vez, Pablo iba muy atento a los puestos  ante la eventual presencia de un artículo de ropa que le llamara la atención.

─ ¡Para, mi amor, para! ─el tono de Pablo denotaba más sorpresa que agresividad.

Antonia giró lentamente y al quedar de frente a su esposo, lo vio agachado y con una camiseta de la U en sus manos. Lo observó atentamente y vio sus ojos brillantes de emoción, como hipnotizado por ese trozo de tela que tenía chunchos en las mangas y decía “Chilectra” en el frente.

“La cagó, que está bien hecha” fue lo primero que pensó Pablo al tomar la camiseta. Como siempre, le dio una ojeada rápida mientras la sostenía extendida. Algunos recuerdos vinieron a él, pero no tenía tiempo para ponerse nostálgico, ya que la dueña del puesto lo miraba impaciente. En el frente estaba el chuncho característico de ese modelo, pero en esta edición, la insignia del club venía bordada, y no estampada sobre la tela como él recordaba que había sido. Se levantó y giró la camiseta para ver el dorso, tenía el número nueve y el apellido del Bombero escrito en una especie de pintura con textura suave. No tenía etiqueta ni en el cuello ni en la parte de abajo en el frente, por lo que dedujo que lo que tenía en sus manos era una réplica de excelente calidad. A pesar de que a simple vista supuso que le quedaría un poco grande, le pagó a la señora los mil pesos que costaba la prenda, y al reanudar la marcha, comenzó a contarle la historia de esa camiseta y cómo estaba relacionada directamente con episodios pasados muy felices.

Esa camiseta era la primera camiseta que había tenido. Pablo se la había pedido al Viejo Pascuero y este se la trajo en persona, allá por el año 1996. No se la sacaba nunca, y marcó un importante hito en su construcción de sí mismo como hincha de la U, pasión que había heredado de su padre. La usó hasta que le quedó chica y como no estaba gastada se la regaló a su primo Emilio, quien hasta antes del regalo se declaraba indeciso a la hora de decidir el equipo que desataría sus pasiones futbolísticas. Afortunadamente, la camiseta más algunas idas al estadio programadas por Pablo, terminaron por convencer a Emilio de seguir la vida por el camino azul.

CONTINUARÁ.