La Carlita y el 14

Nunca comparto esas publicaciones, pero como me había quedado sin entrada, le di no más. Total, lo peor que podía pasar era que no me las ganara. Y quizás por todo lo que había pasado ese año con la fractura, el gorro que me puso la Feña, el robo del computador con todos los Excel de la pega, la vida tuvo la genial idea de recompensarme en cierto modo, porque me las gané. Puta que grité cuando vi mi nombre en la lista, incluso hasta miré el santito de la primera comunión que tenía al lado del notebook. Pero como nada puede ser totalmente perfecto, se me presentaron dos dilemas: el acompañante y el jefe. Tenía perfectamente claro que el acontecimiento que iba a presenciar no era para vivirlo con cualquiera, así es que la búsqueda de mi acompañante debía ser a conciencia. Lamentablemente mis dos mejores amigos son indios, y no iba a malgastar una entrada llevando a uno de ellos conmigo, imagínate si perdíamos y la culpa era mía por meter a un mufa en la marquesina. Mientras me lavaba las manos, tomé la decisión: iba a decirle a la Carlita. La Carlita trabajaba en el piso de arriba, pero almorzábamos juntos todos los jueves y viernes, y teníamos re buena onda. Yo igual sentía que me hacía ojitos, pero no quise darme máquina porque para qué hacerse ilusiones, aparte yo tampoco era (ni soy) tan bonito, y la Feña me dejó el corazón francamente destrozado, entonces en vez de sufrir, prefería ver a la Carlita como amiga. Pero le dije no más, si total a ella le gustaba harto la U, iba a la cancha y todo. No reparé en el detalle de que en una de esas ella igual había alcanzado ticket, así es que su respuesta me dejó marcando ocupado: “ya tengo entrada, pero la vendo no más, así vamos juntos”. Era como una luz de esperanza, era como el 1 a 0 en Quito, puta el día weno. Ya, primer problema superado, y superado con goleada. Faltaba el otro, el más difícil. Golpeé la puerta y ahí estaba el guatón. Era nefasto el guatón, las tenía todas. Negrero, abusador, manilarga y para más remate, indio. Yo sabía cómo tenía que enfrentarlo, pero me tiritaba la pera igual. Le dije que me había ganado unas entradas para ir a ver a la U y que ese día necesitaba irme un poco antes de la oficina, pero que en compensación, llegaría más temprano. Sobre el otro día no le prometía nada, le tiré medio en broma para ver si por lo menos sonreía. Me miró fijo y en dos palabras resumió lo que yo ya temía: “ni cagando”. Se puso los lentes y se metió en la pantalla. No podía dejar que este gil me cagara la jornada perfecta que llevaba hasta ese momento y le dije lo que me salió del alma: “yo no tengo la culpa de que hace cinco años la manga de fracasados que te gustan a vos no hayan podido ganarle a esos mexicanos de mierda, tampoco soy el responsable de que ninguna secretaria se te haya tirado al dulce, esa es culpa tuya porque en vez de zamparte dos Big Macs deberíai empezar a comer ensalada, guatón culiao”. No dije “renuncio” porque llevaba sus buenos años ahí en la pega y la indemnización podía llegar, solamente había que negarlo todo al momento de la negociación con el dueño, que más encima me conocía del colegio. Pegué el portazo y como que me anduve arrepintiendo, pero envalentonado por los sucesos mencionados anteriormente, casi todo me daba lo mismo. Claro que subí donde la Carlita y le conté con lujo de detalles. Me miró como con ternura y me dijo que no había drama, que si en el peor de los casos perdía la pega, nos íbamos a seguir viendo. Tate, dije yo, la Carlita me sigue abriendo ventanas.

Ese 14 la pasé a buscar y salió del edificio ataviada con la camiseta del año, versión mujer. Si con blazer y falda se veía bien, con la camiseta de la U era una constelación completa. Me preguntó si íbamos a hacer previa, a lo que yo contesté que por supuesto y nos fuimos derechito al Opiparos de Irarrazaval. Nos tomamos dos pilsens y tomamos la micro, llegando con mucha anticipación. La palabra que más escuché en esa hora y media que estuvimos sentados esperando el pitazo inicial fue “relájate”. La Carla me lo decía y me agarraba la mano. Como ya todo indicaba que era hora de adelantar líneas, y ayudado por el alcohol que llevaba dentro de mí, me dispuse a tirar el pase filtrado, le dije que se veía linda, pero que no solo hoy, si no que de lunes a viernes también, y que sentía que ella me daba señales de algo que no podía describir. Sin dejar de tomarme la mano, me dijo que al final del partido me respondía, pero me tiró una sonrisita que yo interpreté como una mano intencional en el área. Me comí las uñas como nunca, incluso después del primer gol. La U dominaba sin pasar apuros y el reloj corría lento como yo después de la lesión. “Que haga un golcito Rivarola” dijo de repente ella y yo asentí. De hecho, le grité al Edu que se la tirara al Diego, pero parece que no me escuchó porque avanzó en sentido contrario y se llevó la pelota pegadita al botín para definirle al espigado arquero. Listo, se había acabado el sufrimiento. Éramos campeones de América y había que celebrarlo. Le dije a la Carlita que nos fuéramos a tomar algo y me dijo que mejor nos fuéramos a su departamento, más piola. Cuando sonó el pitazo final lloré un buen rato, porque me acordé de todos los que no pudieron ver a la U campeón de algo internacional, como mi tata o mi viejo. Mi acompañante me miró, me sonrió y me dio el beso más dulce que me habían dado hasta entonces. “Tú me movís el piso como Charles mueve el mediocampo” me dijo ella, y comprendí que todas las señales eran correctas, que no eran ocurrencias mías y que éramos campeones. Todos éramos campeones.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl