La marquesina del dirigente: Réquiem al 10.

“No, es que vos no lo podés entender” la frase se la escucho a un argentino a finales del invierno en el corazón del centro de Mendoza en el año 2006. Ahí, en una noche que parecía no acabar, en una mesa de un hostal entre cervezas, empanadas argentinas y uno que otro picoteo un hombre local intentaba lo imposible: que yo mirara a su ídolo, Diego Armando Maradona, con los ojos de quien había nacido y crecido en el otro lado de la cordillera.

Hasta esa noche de septiembre, yo seguía mirando al 10 como un hombre que con su juego, era otro argumento para esta devoción por el fútbol que tengo. Yo quise ser Marcelo Salas y también quise ser Maradona esquivando patadas de un clásico rival y clavar un gol inmortal.

Pero yo no fui ninguno de ellos, ni Marcelo, ni tampoco fui el 10 que se llevó al mundo por delante. No lo fui y nunca lo seré. Ni cerca estuve. Para mi, solo había un espacio como admirador y espectador, como un tipo que no pudo cerrar la boca después de ver maravillas como el gol en Wembley o incluso años después de concretado el gol contra Inglaterra en el Estadio Azteca.

 Pero hablar de Maradona en allende Los Andes es ir mucho más allá que de un bajito extremadamente bueno para el fútbol. Con una velocidad con balón controlado pocas veces vistas antes de él, un remate de zurda prodigioso, una potencia y capacidad para recibir patadas que no puede contar cualquier volante ofensivo. Es mucho más que un simple deportista, Diego era el hombre que en una cancha de fútbol en México les había devuelto el orgullo y la dignidad perdidas en el campo de batalla de las islas Malvinas.

No, no era ni soy capaz de apreciar la magnitud más allá de la cancha que tenía el barrilete cósmico, porque cuando eludía rivales en la cancha del Azteca, se hacía inmortal, cuando levantó la mano y tocó ese balón había logrado robarle a los ladrones un triunfo en el juego creado por ellos, se volvió eterno no solo en las portadas, en los videos ni en las redes sociales que aun no se creaban. Se volvió eterno en el corazón de los argentino, se ancló como Evita, como Perón, como Gardel, pero con la diferencia que venía de Fiorito, era hijo de la Villa miseria más miseria.

¿Qué imaginó el pelusa cuando la recibió en campo propio de los pies del negro Enrique? Cuando se da esa vuelta y vuelve a quedar con el arco inglés de frente y empieza una carrera frenética a la gloria, por la derecha de la cancha y controlando el esférico a pie cambiado el 10 en cosa de segundos va tomando decisiones a cada paso, en un principio espera dársela a Burruchaga que le toca ser testigo privilegiado en esta escena, ver como se gesta una obra de arte justo a su lado. Como ver a Da Vinci pintando la Gioconda o Miguel Ángel esculpiendo el David.

Burruchaga en ese momento no lo sabía pero la corrida más memorable de todos los tiempos lo encuentra como testigo y como “ayudante” porque como bien dice Victor Hugo en el relato “se la puede tocar a Burruchaga” y es ese rol el que mezcla la sorpresa, porque se la puede tocar, pero no lo hará o quizás si. Me gusta imaginar cuantos argentinos le gritan a Maradona a través del televisor que se la toque, que está mejor ubicado un compañero y que debe asegurar un gol. Pero este es el ascenso del nacido en Fiorito, a la gloria eterna, al paraíso del balón desde el DF sin escala alguna. Va con todo.

Pero en la cancha avanza, está en campo contrario y sigue con la cabeza levantada, corre con desenfreno y desfachatez. Dicen que mide 1.65 pero en ese momento Maradona parece gigante, imponente, atlético, ágil.  A los ojos de los ingleses no es solo un hombre es un meteoro que no se va a detener, sale uno, otro y quedan de seña, calvados para siempre como figuras de sal. Victor Hugo se desgarra y habla del genio del fútbol mundial, a Maradona lo salen a atrapar pero como dijo años después “yo iba a 100 por hora, a mi no me paraba ni Dios” y claro, ni Jesús iba a ponerle una patada al 10 de los azules.

Va entrando al área, la zona caliente, no hay tiempo para pensar. Pero el pequeño lo hace, mira a Burruchaga, mira a Valdano que se aparece por el otro palo en posición inmejorable se la va a entregar pero le cierran ese ángulo, tampoco puede pegarle porque Shilton le achica. Junto con eso, Butcher no se rinde y va en tacle deslizante por la derecha del trasandino. El 10,hace lo imposible, elude a portero, marcador y de zurda la hace dormir a la red. Yo no puedo decidir que comer en 15 minutos mirando la carta. Pero en meno de 3 segundos el capitán trasandino tomó a mejor decisión.

Maradona en ese momento, en el minuto 55 de un partido jugado el 22 de junio de 1986 deja de existir y para la eternidad será Diego, el Diego de la gente. Por el nombre de pila porque así es más informal, más cercano. Porque a partir de ahí un pueblo pudo despedir mejor a su gente caída en combate e invitar a cenar al 10 con un asado o una milanesas, con la humildad que solo los nacidos en Fiorito pueden entender.

Con el puño levantado Diego se volvió las lágrimas de Victor Hugo en el relato y la incredulidad de un mundo que era un puño apretado gritando por Argentina. Se volvió un símbolo, una imagen y una leyenda. El mito detrás de un gol, mucho más que un jugador.

Desde esta tribuna de quien ama el fútbol, entre otras cosas, porque algo vi jugar a Diego le digo con pesar: Adiós señor Dios, Adiós señor 10.

 

@avalenzuelapi