Las medias

Las 6 y media, falta una hora para el partido. El equipo, hay que sacarlo y guardarlo en la mochila. La camiseta lavada y doblada; el short con el 10 blanco, a pesar de que no luce ese número en el Atlético Florida; y las zapatillas. ¿Y las medias? Pero si estaban aquí. Levanta el pantalón de buzo. Sabe que la posibilidad de que se encuentren ahí es remota, pero el tiempo no le apremia. Si sale de su casa a las 7, llega con el tiempo suficiente para vestirse como es su cábala, de abajo hacia arriba. Es decir, primero estirar y calzar cuidadosamente las calcetas azules, cambiarse el buzo por su ya mencionado short, y finalmente dejar cubrir su torso con el manto sagrado que a rayas verticales azules y amarillas alimenta sus más íntimas pasiones. El primer cajón, obvio, donde están todos los calcetines. Cuando conoció a la Yoyi dejaba todo tirado en la cama no más, total al acostarse lo movería a la silla y así por unas largas dos semanas, que era en promedio la frecuencia con la que lo visitaba su mamá. Pero la Yoyi lo domesticó. Le enseñó con paciencia y amor cómo ser un poco más ordenado, lo suficiente sin ahogarlo. Sonríe. Está pensando en la Yoyi. Por qué me habré puesto tan gil esos meses. La aburrí, como decía mi hermana que iba a pasar. Que me relajara, que ella me quería bien, que no andaba en ninguna mala maniobra. Más gil, pensando puras huevás. Era obvio que se iba a aburrir. Mil quinientas cosas en la cabeza. Pero bueno, las medias. Dónde estarán las medias. Todos los cajones van sufriendo la búsqueda, mientras desde la cama lo mira El Barto, el gato que lo acompaña hace tres años en ese departamento. Maúlla. Ahora no, guachín, se me perdieron las medias. Se le perdieron las medias como se le pierde el menú de la comida china, el control remoto, como se le pierde el celular cada 8 meses, o el pase escolar que tanto agradeció al entrar al magíster. A este se le pierde todo. Las súplicas del gato por una expresión de afecto son tan infructuosas como la pesquisa de la cajonera. Se rasca la cabeza. Sube la vista, pero como está tan seguro de que no las dejó ahí, sale de la pieza. Un pan con palta lo mira desde el mesón. Han pasado diez minutos y el programa se está acotando. Ya no alcanzará a comer sentado, lavar el plato y dejar limpio, nada de eso. Deberá engullir el sándwich en el metro, probablemente incómodo, lo que lo dejará, como decía su abuela, abutragado. Como con esa sensación de que quedó algo sin digerir. Traga saliva y se dirige a la lavadora. Recuerda perfectamente haberlas llevado a la secadora del piso 21. “De nuevo subieron el precio de estas cosas” fue la frase con la que decidió romper el hielo frente a Sofía, sin respuesta positiva. La muchacha sonrió levemente, asintió en silencio, tomó su canasta de ropa y enfiló hacia el ascensor. Probablemente el fracaso se debió a dos factores. Primero, la tarifa de mil doscientos pesos había tenido un reajuste de cien pesos hacía mínimo ocho meses, y segundo, andaba quemado. Ando quemado, hermano. El jefe me dijo que de aquí a fin de mes tenía que decirle al Luchito de la puerta que íbamos a recortar personal. Huevón vaca, lo que me pide que haga. No tengo la cara para decirle algo así al Luchito, si el viejo es casi parte del inventario. No sé qué hacer, capaz que le diga a mi jefe que le diga él, ¿no es tan chorito? Quizás con qué tono de sepultura le dijo a la Sofía que de nuevo habían subido la tarifa de las secadoras. Lo bueno es que las medias se pueden meter a la secadora y no les pasa nada. Por ese detalle, recuerda que no están en la ropa sucia, pero ya es tarde; el contenido de la lavadora cubre el suelo del baño. Mierda, dónde están. ¡Medias! ¡Medias! Cuando era chico así aparecían las cosas, Barto, no me mires así. Debajo de la cama tampoco, por la mierda. Y como un reflejo, un inexplicable impulso le hace remover nuevamente las prendas deportivas a utilizar. Saltan las medias, chocan con las cortinas y caen al suelo. Aquí están. Guarda todo perfectamente doblado, faltan diez minutos para las siete y ya verá cómo se come el pan, ahora lo importante es que va a llegar a la hora, porque llegar atrasado es fallar, y fallarle al futbolito de los jueves, ni loco. Se pone los audífonos, se mira en el espejo del ascensor y sonríe; va a pasarlo bien, a olvidarse un rato de todas las otras derrotas, y por supuesto, a desparramar talento. “Pero un consejo les doy…”

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl