“Loco Bajito”

Parece mentira cómo nos cambia la vida. Un día estamos trabajando en un puesto estático, anodino, con un sueldo regular y al siguiente estamos viajando por el mundo haciendo lo que más nos gusta. Y también es posible que algunos gocen de esa estabilidad, y está muy bien que lo hagan. Pero hay otros que no conciben una vida completa bajo ese ritmo, porque simplemente no pueden quedarse quietos mirando cómo el tiempo se les desvanece sin lograr algo que realmente los haga felices.

El trabajo en un banco de una provincia no le demanda mucho. Estados de cuenta, saldos, giros y atención al cliente ayudan a que el día pase más rápido y la jornada sea llevadera. Pero mientras sus manos y parte de su actividad mental se enfoquen en los movimientos de diferentes sumas de dinero, la mayor parte de su cerebro está enfocada en otra cosa. Para la vista de la persona que está del otro lado de la vidriera, Jorge timbra un cheque con mirada concentrada y expresión neutral. Pero interiormente, está repasando el partido de San Martín de San Juan contra Aldosivi que vio el domingo por la noche. Sus hijos duermen y él está sentado en el sillón, engullendo un trozo de carne con tomate acompañado de una Coca bien fría mientras en uno de los tantos canales que transmiten fútbol en directo están jugando los ya mencionados. Jorge come con la mirada fija en el televisor y se distrae apenas para anotar en una libreta cuyo lomo lleva el rótulo “B Nacional”.

Lo del empleo en el banco se ha convertido en un recuerdo casi anecdótico, mencionado a la pasada en esas conversaciones al calor de una copa de vino y un asado a leña. La actividad que le da de comer y que puebla la vida completa de Jorge es el fútbol. Con mucho más recorrido que cuando hacía lo mismo en Perú, ahora Jorge camina por el mall. Se detiene frente a la vitrina de una importante marca deportiva y contempla una camiseta que le resulta más que familiar. Es de color azul, en el pecho tiene una vocal, y a la altura del estómago la marca de una compañía telefónica. Jorge piensa en lo que ha vivido a lo largo de esos casi dos años dirigiendo y liderando a esa camiseta. Porque no es lo mismo dirigir que liderar.

Dirigir lo puede hacer cualquier hijo de vecino que logra bajo alguna circunstancia ubicarse en una posición de mando. Liderar, en cambio, es una tarea con muchas más dimensiones. No lo puede hacer cualquiera, porque no cualquiera es capaz de convencer a un grupo de hombres que trabajando se logran cosas que antes parecían inalcanzables. Los elegidos son siempre muy pocos. La divina tarea de ser campeón ya constituye una quimera; por lo que hacerlo de esa forma y dejando rivales desparramados a lo largo y ancho de toda Sudamérica, demostrando un fútbol pocas veces visto es aún más digno de alabanzas. Pero Jorge no quiere quedarse pensando toda la mañana en eso y sigue su marcha por los pasillos del centro comercial, sin saber que diez metros más adelante un joven le pedirá una foto y le dirá con una sonrisa: “menos mal que no trajimos al Cholo Simeone”.

Jorge, ahora ataviado con otros colores se acerca al oído del astro mundial y le susurra algo que nadie más puede escuchar. “Nos vemos pronto” le dice, le da un abrazo y se dirige hacia el sitio donde pasará los 135 minutos que lo separan de una nueva gloria. Gloria que no solo es nueva para él, sino que también para 17 millones de almas futboleras que han vivido en la constante decepción y el consuelo incompleto de los triunfos morales.  Él no lo sabe, pero ese logro tan importante para la pobre historia futbolística nacional no lo inmunizará ante el cruel, y moralmente liviano juicio que meses más tarde una parte del pueblo levantará en su contra. Y es que olvidaron algunos que los equipos no se dirigen solos, y se empeñan en reproches que poco tienen que ver con las vidas de estos improvisados jueces. Claro, es el mismo pueblo que años más tarde convertirá en presidente a un individuo que fue considerado prófugo de la justicia y fue sobreseído por la misma durante la época más oscura de nuestra historia reciente. Pero esa es, como siempre, harina de otro costal.

Un día Jorge estará  revisando su celular en la sala de espera de algún aeropuerto y se le acercará una mujer, le mostrará su tatuaje y le dará las gracias por todo. Después le pedirá una foto y se despedirá diciéndole exactamente lo mismo que años antes le dijo alguien en un mall de Santiago: “menos mal que no trajimos al Cholo Simeone”.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl