Los milagros de la pelota

Siéntense chiquillos, les voy a contar una historia inédita. No me mires con esa cara, Gabriel, inédita significa que no la he contado antes. Bueno, comienzo. Juanito era un chico tranquilo, que vivía en una época donde la vida no era tan afectada por la convulsionada realidad que conocemos actualmente. Era habitante de un pueblo pequeño, en el que quedaban pocos niños y que mantenía un estilo de vida apacible, incluso hasta contemplativo. Y es que a los habitantes mayores les encantaba sentarse a mirar pasar el tiempo. Si era verano o el sol calentaba lo suficiente, lo hacían desde las bancas de la plaza o los antejardines de sus casas; si era invierno o el frío dinamitaba la primera opción, los viejos miraban a través de los amplios ventanales y acompañados del grato calor de alguna estufa a parafina, una taza de café y los gatos.

Mientras los mayores dilapidaban así sus horas libres, los niños se juntaban en una plaza menor a jugar. Tenían el recaudo de no alterar la apacible tarde de los vecinos con voces demasiado tronadoras o artefactos bulliciosos. De entre los muchos juegos que practicaban, el favorito de Juanito era el fútbol. No recordaba una tarde sin jugarlo, y aparte por televisión veía algunos partidos, lo que aportaba en la construcción de su fanatismo. Su padre no ponía grandes esfuerzos en que Juanito se convirtiera en un acérrimo hincha del fútbol o de algún equipo. Si bien es cierto que era hincha del colo-colo “porque es el que más gana”, no era un fanático empedernido que viajara a la capital a ver en vivo y en directo las aventuras y desventuras de su equipo.

Tampoco era de esos que se sentaba frente al televisor para ver un partido completo. Tomaba el fútbol más bien como un pasatiempo liviano, superfluo. A diferencia de su padre, Juanito sí estaba comenzando a sentir un cariño especial por el deporte, y contrariamente a la norma, por el equipo archirrival del colo-colo. Juanito se sentía atraído por el equipo azul, al que por cierto jamás había visto campeón. Sin ir más lejos, algunos años atrás Juanito había comprendido el significado de la palabra decepción cuando esos azules que le estaban empezando a gustar, perdieron la categoría, descendiendo a la segunda división. Él lo había tomado de forma muy madura; supo de algunos adultos que habían llorado desconsoladamente frente al televisor durante horas, y al salir a la calle a juntarse con sus amigos, estos, compasivos como siempre, no se habían dedicado a burlarse, si no que se apuraron en calmar cualquier atisbo de pena que demostrara Juanito.

La historia que les quiero contar ocurrió en una cálida y agradable noche justo antes del comienzo del verano. Como todos los días, Juanito se dispuso a sacar a pasear a su perro. Cambió sus shorts por jeans y se abrigó el tren superior con un polerón azul con gorro gris que le encantaba. Tomó dos bolsas para recoger las necesidades sólidas que su perro desparramaría en la calle, se inclinó para acariciarlo y ponerle la correa, se despidió a viva voz de sus papás y salió. Vio la hora en su pequeño reloj con la cara de Mickey Mouse que su tía le había traído desde Santiago y dedujo que sus amigos estarían despiertos. Primero pasó por la casa de Fernando, que le quedaba de camino. Fernando veía tele hasta tarde y seguramente no tendría problemas en acompañarlo en su paseo canino. Gritó y tocó la puerta varias veces, pero nadie abrió. Se retiró extrañado y se dirigió a buscar a Cristián. Súbitamente recordó que Cristián se había ido a La Serena el fin de semana a la casa de su tía Patricia, quien tenía unas hijas de Padre y Señor Nuestro, y que volvería recién después de las fiestas de fin de año.

No le quedaban opciones de compañía, o quizás sí, pero sabía perfectamente que era incapaz de invitar a pasear a Margarita, los dos solos. Se escudó ante la reprimenda mental que se dio a sí mismo con el argumento de que a ella no la dejarían salir a esta hora. Así es que finalmente se resignó a realizar su caminata solo. Su perro Micky hizo caca en el mismo árbol que todos los días, por lo que Juanito se preparó sacando la bolsa con anterioridad. Botó la bolsa en el mismo basurero de siempre y al doblar en una esquina, sus ojos se empaparon de la imagen de la calle Rogelio Ugarte, a medio pavimentar, como toda la vida, con árboles y focos a ambos costados. Esa noche la calle lucía extrañamente vacía, incluso sintiendo la ausencia de Don Ernesto, un caballero sesentón que todos los días a esa hora se sentaba en una mecedora al lado de la puerta y saludaba a todos los que por ahí pasaban.

Enfiló Juanito por esa calle cuando recostada en el centro de la calle vio una figura esférica a unos cincuenta metros de distancia. Obviamente, lo primero en que pensó fue en un balón, pero rápidamente recordó que en el pueblo solo dos niños tenían balones, Fernando y Cristián. De ambos, solo el primero podía ser el dueño de esa pelota, ya que Cristián no salía de su casa sin la suya, sin embargo, a medida que se fue acercando vio que el balón que yacía ahí era uno reluciente, marca Adidas, modelo Questra, como el que se usó en el mundial de Estados Unidos, o en el campeonato nacional.

Juanito miró hacia todos lados buscando alguien que le ordenara el naipe, o que le explicara cómo había sucedido esto. Pero la calle seguía desierta, y algo en el aire parecía susurrarle al oído que nada iba a cambiar. Era él, su perro y la pelota. Los cobijaban una penumbra agradable y un delicioso olor a noche plácida. Como cualquier niño que se precie de tal, levantó la pelota, la dominó tres veces y la amasó con la planta del pie en cuanto la pelota volvió al piso. Comenzó a conducirla por la calle, ya sin pensar en los vecinos, o en sus amigos, o en Margarita, o en el resto del universo. La conducía y se imaginaba a sí mismo gambeteando rivales, pateando al arco y dejando al arquero rival sin opción de tan colocado el remate. Micky corría a su lado, formando parte de la felicidad de Juanito, pero sin interrumpirla, ni mucho menos comprenderla; el perro solamente corría. Juanito estaba ya sudando por el esfuerzo, y cuando ya había anotado una cantidad inverosímil de goles, se detuvo.

Paró en seco y al bajar la vista para matar la pelota bajo la suela de su zapatilla, sintió un repentino arranque de extrañeza, sorpresa e incluso miedo. No vio su zapatilla negra con gris, si no que un zapato de fútbol amarrado en el empeine como los profesionales. Al ampliar levemente la imagen, la calle se había transformado en una cancha de pasto y él estaba parado sobre al manchón blanco que marca el punto del penal. Siguió mirando a su alrededor y se percató de que desde fuera de la cancha tronaban cánticos de estadio, pero no como un gran coro como se escuchan por la televisión. Estos eran cánticos que llegaban a través de voces nerviosas y contenidas. Se concentró y se sintió capaz de distinguir a cada uno de los emisores de esos cánticos. Se miró a sí mismo, enfocándose específicamente en su camiseta, y ahí la cosa ya tomó tintes épicos.

Porque la camiseta que llevaba puesta era a listones, azul, brillante y con una U muy grande en el pecho, manga corta, con un “Chilectra” que la cruzaba horizontalmente y marca Avia. Se giró para mirar qué número traía en la espalda. Era el 8. Miró detenidamente a sus compañeros y ahí estaban los jugadores que lo acompañaban a través del televisor todos los fines de semana. Vargas, Delgado, Castañeda, Musrri, Valencia, Aredes, Guevara, Fuentes, Salas e Ibañez. Trató de distinguir a un rival, pero solo pudo darse cuenta del color de sus camisetas: blancas con naranjo. Estaba en El Salvador, parado en el punto penal, 0 a 1 en el marcador, poco tiempo en el reloj, 25 años de frustraciones, y él con la posibilidad cierta de torcerle la mano al destino. Pateó con el alma al centro del arco, gol, 1 a 1 y listo. Se arrodilló para celebrar y al ponerse de pie, volvió en sí.

Se me había olvidado decirles algo muy importante, la fecha era 17 de Diciembre de 1994. Juanito condujo el balón hasta el sitio exacto donde lo había encontrado, acarició a su perro, se secó el sudor que le poblaba el rostro y se dijo que no podían perder, que el campeonato iba a ser suyo. Muchos años después, por ahí por el 2011, Juanito, quien había conservado el diminutivo a pesar de los años, sacó a pasear a su nueva compañía canina. Aún masticaba la rabia por un partido perdido a mitad de semana, 0 a 2 y que los dejaba con pocas chances de levantar nuevamente la copa, pero al llegar a la esquina, tomó la calle Rogelio Ugarte y al aguzar la vista, vio un balón esperándolo en la calle. Juanito solamente sonrió.

Por Nacho Márquez