Matando la historia

Para la mayoría de las personas un matrimonio es sinónimo de celebración, comida, tragos y baile. Para mí no. O al menos no lo era a mis catorce años, donde mi mente estaba poblada casi completamente por el fútbol. Y es que esa fría noche de junio del 2005, cuando asistí al matrimonio de mi tía, deseaba estar en otra parte. Por mí hubiera estado en el Nacional viendo a la selección, pero quiso el destino que a mi papá se le ocurriera llevarme al evento familiar. Si bien es cierto que todos cuentan a la hora de festejar, los niños siempre se ven apartados y dejados a merced de su propia creatividad para poder disfrutar de la ocasión. Con el fin de mantenernos callados, uno de los adultos cedió ante mis insistencias por ver el partido que se estaba disputando. Y ojo que no hablamos de cualquier encuentro. Esa jornada enfrentaba a Chile y Bolivia por las eliminatorias a Alemania 2006, y aunque la clasificación a la cita mundialista era una utopía, lo que me interesaba no era el partido en sí, si no que la participación de un jugador.

Es que ese día, las coincidencias podían hacer que él se convirtiera en el goleador histórico de una selección que en ese momento me entusiasmaba hasta el paroxismo; y cuando me senté a engullir la cena mientras al frente un televisor mostraba los pormenores del partido, dejé de pensar en todo el resto de las cosas y enfoqué mis energías en la concreción del estallido. Abúlico y monótono como el juego desplegado en todas esas eliminatorias, sabía que era ese el partido indicado para que Marcelo Salas entrase en la historia para siempre. Y de repente lo vi picar hacia el área, recibir el pase de Luis Jiménez y definir con la diestra. Gol, golazo, golazo conchetumadre. Salté, grité, me arrodillé y creo que hasta rodé por el suelo mientras Pedro Carcuro vociferaba lo que todos ya sabíamos, que el Matador superaba a Zamorano y subía al Olimpo de los escasos goleadores chilenos.

El grito descontrolado dio el inevitable paso a la emoción, y cuando volví a enfocar hacia la tele, Salas se levantaba de la pose con la que celebraba, esa de la rodilla al suelo y el índice al cielo, con notorias lágrimas deslizándose por sus mejillas. Lloré con él. Lloré porque muchos decían que estaba acabado, viejo y gordo, y con ese gol les tapaba la boca a todos. Lloré porque además estaba cerca de volver a vestirse de azul, cumpliendo así uno de mis grandes sueños de niño. Lloré porque ese año fue un año durísimo, y sus lágrimas eran también las mías. Lloramos juntos, aunque él quizás nunca lo sepa.

Las estadísticas y los números dirán que después hubo otros que igualaron dicha marca, pero ¿qué son los números al momento de hablar de fútbol? Sirven quizás como referencia, como primera explicación a un terreno que a veces parece solo inclinarse por los resultados. Pero para muchos, el fútbol es otra cosa, es algo que se ve, que se siente, y según ese prisma, no habrá otro como Salas. Los grandes nos hacen emocionar, y eso es mucho más importante que cuantificar logros personales y colectivos. Al fin y al cabo, los números no tienen alma.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl