“Pequeño Gigante”

Volver es un verbo peligroso.  Las veces que intenté volver fueron en su mayoría pérdidas de tiempo, sea lo que sea a lo que me estoy refiriendo. Y es que entremedio pueden ocurrir millones de cosas que harán que nuestras vidas avancen en direcciones dispares, muchas veces impidiendo el retorno.

Pero hay un tipo que volvió. Volvió a pesar de todas las aventuras que vivió entre su salida y su retorno. Volvió para sentirse querido y respetado, volvió porque le faltaba romper con algo más. Sus enganches y sus gambetas habían abierto varias defensas allá en el continente antiguo, pero aún había algo que no lo dejaba dormir del todo tranquilo.

Este muchacho quería ser profeta en su tierra. Como es más vivo que el resto, se dio cuenta de inmediato cuando los técnicos le exigían más de lo que podía dar, así es que dio las gracias, se levantó de su silla y se vino. Se vino a Chile a hacerse grande (qué ironía) y a quedar marcado a fuego en los corazones del equipo que lo vio nacer.

Puso todo de su parte, resignó varias cosas que su carácter le decía que protestara, pero se mantuvo ahí, listo y a disposición de su club. Pero si hay algo en lo que la vida se le parece al fútbol es en lo difícil que se pone a veces. Nos hace uno, dos, tres o cuatro goles y nos pone el camino cuesta arriba; entonces hay que empezar a remar más fuerte y buscar las opciones que nos permitan abrir la cancha y dejarnos en la pelea nuevamente.

Y es que este muchacho no solo gambetea y engancha en la cancha, sino que vive como juega. Desconociendo la verdadera razón de tan drástico cambio, decidió dejar al club que le había abierto las puertas del túnel y lo había llevado al primer paso en su camino a la cima. Algunos dirán que los dejó tirados, otros que era una situación inevitable, lo cierto es que recala en un club que sabe abrir los brazos a aquellos que llegan a mojar la camiseta.

En este caso quizás el sentido de esa frase es figurado, ya que la figura a la que nos estamos refiriendo no se caracteriza por correr hasta desfallecer, sino que todo lo contrario. Desde que llegó a ponerse la camiseta azul, que es lo que realmente me importa, demostró que todos los pases y asistencias dejados en Europa fueron un eslabón en la cadena de hechos que rodea su vida.

Maduro, tranquilo, pausado y metódico, David Pizarro se ha convertido en el director de la orquesta azul; una orquesta no muy afinada, pero que hasta el momento ha sido suficiente para cumplir con la ejecución de la partitura. Entre dudas, Pizarro aporta certezas. Y es que a pesar de aquellos que dicen que el fútbol se mide por los resultados y por números objetivos, a David basta con verlo parado frente al balón para darse cuenta de que no vino a ofertar ilusiones como otros.

Su enganche se nota calculado, estudiado y leído, como si en cada avance ofensivo se le presentara la oportunidad de demostrar cuánto bagaje carga en sus espaldas. Sus declaraciones, aspecto primordial en un futbolista moderno, parecen formar parte del mismo libreto, salvo que sin balón. No vende humo, no polemiza con el rival ni con el árbitro y responde lo que le preguntan. Es un caballero y con toda razón, su escuela estuvo en Italia y por sus venas corre sangre porteña, resultando en una armónica mezcla de rebeldía y clase, barrio y etiqueta.

El fin de semana revolucionó su lugar de origen, donde a pesar de las caprichosas palabras de un dirigente frío, un grupo no menor de hinchas rivales le dedicaron aplausos. Y es que cuando él juega, gana el fútbol. Gana el espectáculo, ese por el que Galeano deambulaba de estadio en estadio mendigando “una jugadita por el amor de Dios” y que a veces parece sometido a la exigencia gris del resultado, apartándose de la fantasía y la creación.

David es eso, es un fútbol que quizás no vuelva, y que solo busca como recompensa el aplauso. Hoy es nuestro, y no sabemos hasta cuándo; disfrutémoslo.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl