Plegaria desesperada

Lo primero que hace Paula al terminar el partido es soltar por entre los dientes un nítido “conchesumadre”. Acto siguiente, mira al cielo como buscando una respuesta, algo que la saque a ella y al equipo de la incertidumbre. “¿Vamos a tomarnos una pilsen?” Martín, su pololo, interrumpe sus cavilaciones con esa sincera invitación, pero a Paula no le apetece ni una pilsen, ni una hamburguesa vegana, ni una fajita ni nada. Se le está haciendo costumbre eso de no comer después de ir al estadio, aunque hay que decir que es una costumbre adquirida hace poco, digamos que desde que el equipo comenzó a mostrarse perdido, sin rumbo y dejar escapar puntos importantes. Va silente en la quinientos dieciséis que los dejará en el metro Irarrázaval. Sabe que tienen que apurarse porque el metro va a cerrar pronto, pero esa es ahora la más mínima de sus preocupaciones. Una frase no deja de darle vueltas en la cabeza, y a pesar de que no la pronunció ella, ha comenzado a considerarla como una posibilidad real. “Se van a ir a la B”. El papá de Martín, quien lamentablemente escogió mal su camino futbolero, se la había tirado el viernes en el asado de cumpleaños, y ella, envalentonada por las cuatro latas de medio que se había servido, le respondió con un seco “ni cagando”. El proyecto de suegro tenía planes de hundir aún más el dedo en la llaga de las pasiones de Paula, pero Martín calmó las aguas con un tajante “por favor, estoy de cumpleaños, compórtense”. Incluso el timbre y el tono con que don Carlos le había dicho eso resuenan ahora en su cabeza. Paula trata de encontrar una respuesta a la avasallante incertidumbre que su equipo le presenta. Sin ganas, sin sangre, sin corazón, sin amor propio, pero con millones de pesos en la cuenta bancaria, con millones de historias en las redes sociales y cargando irresponsablemente en sus espaldas las ilusiones de millones de hinchas azules que semana tras semana se desviven por asistir y cantarle al equipo de sus vidas. “Ahora van a echar al técnico, va a volver Johnny y va a empezar a cambiar la cosa, no tienen a nadie que les grite y los desacomode un poco, son como maquinitas mal programadas que fallan en las conexiones más esenciales”. Nuevamente Martín trata de racionalizar un poco la desazón reinante en las huestes azules. Paula lo mira, inclina su cabeza hacia un lado con un gesto inequívoco de ternura, y sabiendo que el corazón levemente colocolino de su novio está tratando de subirle el ánimo, le contesta con un escueto “hay que ver qué chucha hacemos”. Martín se decide a continuar con el discurso: “ustedes los hinchas no pueden hacer nada, la S.A. tiene todo el control del temita, y no solo acá en la Chile. Cacha que ahora están tirando al frente a los ídolos para aquietar un poco el asunto, así de cagados están. Capaz que tengan que irse a la B para que los empresarios se den cuenta de que no pueden administrar un equipo de fútbol, que significa tanto para tanta gente como si estuviéramos hablando de un kiosco o una multitienda. O en volá los compran los mexicanos y terminan por desaparecer”. En otro momento quizás esa última frase pronunciada por su pololo hubiera sido motivo de malas caras, enojo y hasta discusión, pero ahora Paula prefiere quedarse con la motivación de encontrar un plan de acción adecuado a la situación actual que viven su equipo y ella. Porque esto que está pasando no le está pasando solo a la U. Le está pasando a todos quienes la siguen, la quieren y se han impregnado con este sentimiento, el que para muchos es el sentimiento más lindo de todos. Leyendo las estaciones de la línea cinco, como para distraerse lo suficiente, Paula detiene su vista en una en particular. Sabe que ahí han ocurrido milagros, o al menos milagros relacionados a ella. Su historia en ese lugar comenzó cuando su abuela, desesperada por la desconocida y avasalladora enfermedad que tenía a la Paula de cinco años con bajo peso, problemas alimentarios y de insomnio, decidió jugar sus cartas a la religión y el poder sanador de esa virgen que se aparecía a una tal Bernardita allá en Francia. Cumpliendo la promesa hecha si salvaba a Paula, ella y su abuela iban dos veces al año a ese santuario. De súbito decide que debe bajarse en Quinta Normal, a falta de varias estaciones para llegar al departamento que comparten con Martín. Lo mira fijamente y con un gesto decidido le dice que tiene que hacer algo, que tiene que hacerlo sola y que no se preocupe, que llega pronto. Martín ha comprendido todo, como siempre en los ocho años que llevan juntos, y le dice que sí, que no hay problema, que él pasa a comprar algo para esperarla con comida, que quizás pizza o sushi y unas micheladas, de esas con merkén que él le prepara a veces. Se despiden con un beso largo y Paula toma las escaleras con paso firme y decidido. Se puso helada la noche, por lo que se abrocha el abrigo que le cubre la camiseta Reebok del año noventa y siete que le regaló su pololo la navidad pasada. Aparte el cuello subido le da un aspecto mucho más misterioso a través de esas calles donde no caminan muchas almas. Avanza por Matucana hacia el norte y dobla a la izquierda en la primera cuadra. Ni siquiera sopesa la posibilidad de cruzar por el parque, primero porque está cerrado, y segundo porque saltar las rejas medianas al lado del cité Las Palmas podría llevarla a las manos salvajes de algún guardia, impidiéndole cumplir su misión original. Pasa frente a los milicos y mira la insignia con asco, recordando que cuando pequeña se preguntaba si les pagaban buena plata por estar encerrados todo el día en las garitas que daban a la vereda. Apura el paso, incluso trotando levemente a las afueras del Internado Barros Arana, construcción monumental -se reprocha pensar en esa palabra- que en su infancia le parecía tenebrosa. Al llegar a la Basílica frena por un momento, se asegura de que no venga nadie por el paseo peatonal que da la bienvenida al santuario y avanza pegada a la reja. Al lado de la imagen de Jesús crucificado, y al calor de las pocas velas que no se rinden en arder, yace un vagabundo, quien la mira sin atención. Para asegurarse de que ningún detalle atente contra su cometido, le indica con el dedo en los labios que se mantenga en silencio, a lo que el viejo levanta las cejas y se acomoda en el saco de dormir. Paula mira hacia el interior y ve que el guardia se dirige con paso raudo hacia el ala norte, seguramente va al baño. Es ahora o nunca, situaciones desesperadas requieren acciones desesperadas y ella ciertamente está dispuesta a hacer lo que sea por su equipo, por lo que pisa el fierro horizontal, sube su pierna derecha y con un ágil movimiento se impulsa hacia el interior. Aterriza y se agacha. Lo ha logrado, está ahí dentro. Una hazaña en teoría fácil, pero cargada de significados. El amor por su equipo ha guiado sus decisiones y sus pasos hasta ese momento, cuando sigilosamente avanza hacia el frente del altar. Nunca había visto ese lugar de esa forma, con la luz del foco lateral cayendo oblicua sobre las bancas donde los fieles acostumbran a sentarse para elevar sus plegarias. Ella no puede hacerlo ahí, debe ir a arrodillarse tras la caja de madera que almacena los paquetes de velas sellados que depositan los visitantes. Ahí tiene el tiempo suficiente para llevar a cabo su misión sin ser descubierta por el guardia. Cierra los ojos, se persigna, recita el padre nuestro y procede a entregarle a la virgen su ruego: “te pido por lo que más quieras que nos salvemos del descenso”. Llora. Llora con dolor, suspirando brevemente; lo suficiente para que el custodio la descubra. “¿Quién anda ahí?” El grito marcial distrae a Paula, quien gira para ver al hombre de abrigo azul avanzar empuñando una pistola. Sin dudarlo se pone de pie con las manos en alto, como si fuera un crimen lo que acaba de hacer. A unos diez metros, el hombre le pregunta qué hace en el santuario a estas horas, y Paula, petrificada por el miedo del cañón apuntándole, solo atina a bajar el cierre de su chaqueta y mostrar su camiseta. Inmediatamente el guardia mueve la pistola indicándole la salida, y ella, obediente, procede a retirarse del lugar. Su interlocutor baja y enfunda su arma, y gira la llave para abrirle la puerta. “Gracias”, se despide Paula, sin poder descifrar qué significa la sonrisa que el guardia le regala al salir. Siete pasos más adelante, escucha la misma voz diciéndole que él también va a rezar por la U. “Si esto no nos salva…” es lo último que piensa Paula antes de ponerse los audífonos y enfilar hacia el paradero de la micro.

 

Nacho Márquez | Rsdio AzulChile.cl