Recreo

Faltan dos minutos. Yo ya sé ver la hora en los relojes esos con palitos, me enseñó mi mamá. La profesora de Música nos hace guardar los instrumentos así que meto mi flauta en el estuche y después la voy a dejar a mi casillero. No hay prueba la próxima semana, lo que me permite dejarla aquí hasta el otro martes. Saco mi cajita de jugo y mi barrita de cereal y empiezo a comerla sin que la profe me vea; si quiero aprovechar el recreo tengo que apurarme comiendo, aparte hoy nos toca turno de fútbol.

Qué bueno que me dejaron venir con las zapatillas de “baby” como le dice mi papá. No entiendo por qué les dice así, si yo ya no soy bebé, y mis compañeros que vienen con esas zapatillas tampoco, en la tarde le voy a preguntar. El Toñito agarra la pelota y como los equipos ya están armados, tenemos uno o dos minutos ganados. Suena el timbre y aunque la profesora grita “¡Salgan sin correr!”, todos los niños del Cuarto B partimos disparados al patio. Y las niñas también, a pesar de que siempre nos dicen que nosotros somos más locos.

Se adueñan de un arco los seis del colo y en el otro nos ponemos los cinco de la U. Si jugara el Jorge estaríamos parejos, pero a él le gusta el Barcelona. Un día le pregunté por qué le gustaba el Barcelona si nunca podía ir al estadio y me dijo que por Messi. Messi es argentino más encima, pero qué le vamos a hacer, es medio raro a veces el Jorge. Parten ellos porque el Toñito es del colo y es el dueño de la pelota, y todos sabemos que siempre el equipo del dueño de la pelota es el que parte. Tocan hacia el lado y se vienen hacia nuestro arco con furia, como si les hubiéramos robado la colación del último recreo. Nos pillan medios desprevenidos y le tocan la pelota al Tito. Es bueno este loco, juega por la selección del colegio y le pega como una pistola a la pelota.

Se mete en el ángulo del Seba y salen corriendo gritando el gol. Nosotros nos miramos y decimos que no importa, que vamos todavía, que queda mucho recreo por delante. Le entierro la bombilla a la cajita de jugo y la pongo en el bolsillo donde estaba el envoltorio de la barra de cereal. Se me cayó, parece. Empezamos de nuevo desde el medio y se la paso al José, que retrocede y le tira un pelotazo alto al Cris, nuestro ídolo. El Cris cabecea fuerte, así que sabemos que esos centros siempre van a ser gol. Uno a uno el marcador y no han pasado ni tres minutos.

Cuando ellos vienen con la pelota, nosotros podemos marcarlos mejor porque ya estamos bien parados y cada uno toma la posición que le toca siempre. Al Tito lo marco yo, porque soy el más rápido del equipo y el Tito es muy bueno. A veces me gana y a veces yo le quito la pelota. Este año, por ahí por marzo me hizo un hoyito y quedó solo frente al Seba. Lo fusiló. A la otra jugada le puse una patada fea y el Tito se picó. Fue la última patada que le pegué este año. Porque lo que tiene de bueno lo tiene de picado, pero todo queda en la cancha. Aparte ya cachamos que las amenazas de los profesores son reales; en junio nos dejaron sin jugar por tres semanas cuando el Jorge se agarró a combos con el Mati en un partido en Educación Física.

Mientras pienso todo esto el partido se traba y calculo que han pasado unos cuatro o cinco minutos y los arcos no han recibido goles. De repente, el Toñito le pega desde la mitad de la cancha y la manda a la casa de al lado. Nos quedamos todos callados mirando hacia la casa esa, donde nunca devuelven los balones. Rápidamente pensamos en conseguirnos otra pelota, y para nuestra fortuna el resto de los niños están jugando en la cancha chica de al lado y les sobra una pelota. Es de estas que venden en el súper, pero nos da lo mismo, lo que nos importa es seguir jugando. Veo al Toñito correr hacia el Luis y preguntarle en no muy buenos términos si le prestaba su pelota. Luis nunca se ha llevado bien con todo el curso y apurado comparte juegos en los recreos, pero no es un niño peleador. Esta vez, eso sí, manda al Toñito a la mierda, saludo a la mamá incluido.

Los que quedaron en la cancha grande y los que íbamos corriendo hacia la chica nos quedamos congelados y automáticamente miramos al profe de Matemática que está cuidando el patio. Si escuchó al Luis, estamos fritos, fijo que nos castigan. Menos mal que el profe está metido en el celular y no se percata del garabato. Sergio, que a veces va al estadio con su papá y con nosotros, se acerca a tratar de convencer al Luis en términos más amables, pero este sigue empecinado en no prestarnos su pelota. Todos los jugadores rodeamos al Luis, rogándole que nos preste el balón, pero sus respuestas son siempre negativas.

Al mirar mis zapatillas paso la vista por la cajita de jugo y se me ocurre una gran idea. Miro fijamente al Luchito y le digo que si nos presta la pelota yo le regalo mi caja de jugo de piña, que todavía está helado y lleno. El resto se queda en silencio y finalmente logro ablandar a nuestro compañero. Se reanudan las acciones y le decimos al Toñito que esta vez no se puede echar la pelota. Nos quedan más o menos cinco minutos de recreo, así es que los dos equipos salimos como perros de caza a buscar el gol. Las oportunidades se suceden en uno y otro arco, como dice un relator de la tele, y en un abrir y cerrar de ojos estamos cuatro a cuatro. De repente, me veo a mí mismo con la pelota controlada y el espacio para rematar. Estoy lejos, pero podría ser gol si le pego bien esquinado, así es que adelanto la preciada posesión del Luchito, tomo impulso, apoyo mi pie derecho justo al lado de la pelota y suena el timbre.

Por mi cabeza pasan muchos recuerdos e ideas. Me acuerdo, por ejemplo, de la vez que ellos nos hicieron un gol después del toque del timbre y terminamos todos los de la U saliéndonos del grupo del Whatsapp del curso. O de la vez que ocurrió lo mismo y el Sergio, que juega para ellos, le dijo al Cris: “no vale, conchetumadre” y la profesora de Lenguaje que todos amamos nos castigó dos semanas sin jugar. Entonces, sopesando todo eso, y tratando de evitar que además mis compañeros de equipo me reprochen el gesto de buena fe, la mando intencionalmente por sobre el travesaño.

Es que tenemos mucho que perder, y el partido no es una definición tan importante como para arriesgar un par de recreos sin poder jugar en la cancha. Al final el Toñito toma su pelota y nos vamos todos abrazados a la sala, contentos porque nos toca Inglés y después nos vamos a la casa.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl