Reflexión sobre el armado del plantel

Hoy se está hablando de un posible traspaso de Macnelly Torres a la U. Muchos hemos puesto el grito en el cielo a través de redes sociales y en discusiones futboleras después de once. Argumentamos entre otros motivos, que no puede ser que sigan llegando jugadores identificados o con pasado en la contra; y cimentamos nuestra posición en los ejemplos recientes de Jara, Vilches, Caroca y Beausejour. Claro que dejamos de lado, por conveniencia quizás, el caso de Aránguiz o de Severino Vasconcelos, quien fue puntal de la campaña del chuncho en el ascenso.

Nos ponemos como gato de espaldas con justa razón, porque los primeros estuvieron manchados con la camiseta blanca, pero nos escudamos ante los dos últimos diciendo que se terminaron por enamorar de la camiseta azul o que su profesionalismo les permitió separar el trabajo de la pasión.

Entonces, llegamos a la sabrosa pregunta que nos hacemos cada vez que se abre la temporada de refuerzos: ¿Quién llega? Y por supuesto, como si tuviéramos un importante papel en la toma de decisiones dentro de la sociedad anónima comenzamos a lanzar nuestros candidatos. Y durante estas fechas, Walter Montillo es quien tiene prendidas las velas de los forofos azules. Los tajantes rechazos de la dirigencia; su identificación con la camiseta universitaria; su constante deseo de saldar la deuda que dejó después de la semifinal de Libertadores del 2010 y el cariño que los hinchas le demostraron en momentos difíciles producto de la enfermedad de su hijo Santino son los vértices de una pirámide que se ve lejos de construirse.

El tiempo pasa y nadie se va haciendo más joven, dicen algunos. Otros esgrimen que a pesar de su edad, puede ser el titiritero que faltó esta temporada y que ese amor por la camiseta lo va a impulsar a superar sus lesiones y va a dejar el alma en la cancha, que es lo que todos anhelamos. Cierto o no, el ejemplo de Montillo sirve para graficarnos lo que queremos en la U. Sin dudas, todo hincha de la U que se precie de tal sabe que el que llega tiene que matarse por la U. Tiene que sentirse orgulloso por vestir esa tela azul, porque en ella van impregnadas las ilusiones de millones de personas, quienes (como dijo un amigo por ahí) darían la vida por salir al campo y defender el azul a muerte.

He leído también que la mejor opción es subir canteranos al primer equipo porque ellos saben lo que es jugar en la U desde siempre, aunque personalmente considero esa razón un poco débil. Antes de que me crucifique, señor lector, permítame explayarme. Voy a comenzar con una sencilla pregunta: ¿Cuál fue el último canterano que llegó al primer equipo, se consolidó y brilló? Si a usted le cuesta responder, no se preocupe. Hoy en día, y amparados en un sistema mercantilista, los juveniles ya no sueñan con debutar en primera con el equipo de sus amores. Sin ir más lejos, yo no me imagino hoy a un cadete que haga el recorrido que hizo Luis Musrri, por nombrar alguno.

Mal aconsejados por representantes inescrupulosos que ven en ellos un diamante a medio pulir, los muchachos de 17 años quieren irse a Europa lo antes posible para lograr un estatus que desde sus humildes orígenes les fue esquivo. Estoy generalizando, y tengo pleno conocimiento de que no todos los jóvenes tienen esa apreciación del éxito, pero los modelos de hoy tampoco ayudan. Muchos (por no decir todos) se manejan en las redes sociales, donde siguen para después imitar a jugadores profesionales que exponen sus vidas en ellas. Cristiano Ronaldo, por ejemplo. El ídolo de muchos niños de hoy en día representa la consecución del sueño que muchos tienen acá, el de salir adelante jugando al fútbol. Pero más allá del tierno mensaje, lo que ven los jóvenes es lo primero, eso que entra por la vista. Autos, relojes, trajes, mansiones, fiestas y un sinfín de lujos.

No creo que usted señor lector sea tan ingenuo como para pensar que nuestros cadetes están devorando videos de Batistuta, de regates frontales de Ronaldo (el de verdad), de la fantasía de Ronaldinho, de la historia de los mundiales, de estrategia y movimientos. Es más, apostaría una cena a que la mayoría de ellos tienen perfectamente claro el último auto que se compró la figura de turno, pero se quedarían sin palabras si uno les menciona la palabra catenaccio. Tampoco es su culpa, dejémoslo claro. Son parte de un siniestro modelo que domina algo tan nuestro como el fútbol, donde se dejan llevar por personas a las que solo les importa exprimirlos cual limones y son acarreados por decisiones tomadas entre cuatro paredes y sin su presencia. ¿No cree usted que en algo se parece al sistema educacional, de salud, de transporte y de vivienda?

Y entonces volvemos al principio de este círculo vicioso. ¿Quién es el más idóneo para reforzar las huestes del equipo de nuestros amores? Juzgue usted, señor lector, la U tiene millones de técnicos a lo largo del país y alrededor del mundo. Si me pregunta a mí, yo me inclino por Soteldo, Santos, el retorno de Guillermo Díaz, Corujo y Guzmán Pereira y dos centrales uruguayos. Pero claro, yo estoy acá escribiendo esto y las decisiones las toma la sociedad anónima.