Regalo y Favor

-Acá doblamos, papá- Salvador le indica a su papá que llegaron a la esquina de Lo Encalada con Carlos Dittborn, lugar donde cada día dan inicio a su paseo diario al parque.

-Hoy no, Salvi, hoy vamos para otro lado-

El niño comienza a experimentar un vacío en su estómago, como si tuviera mucha hambre. Cosa imposible, salieron de casa inmediatamente después de tomar once.

-Te voy a contar una historia, Salvi. O más bien te voy a pedir un favor, pero para pedirte el favor te tengo que contar una historia, y si quiero contarla bien, hoy no podemos ir al parque- cuenta el papá mientras van llegando al carrito de los completos.

– ¿Vamos al estadio, papá? Pero si hoy no juega nadie-

– No, o sea sí. Vamos al estadio aunque no juegue nadie. Lo que pasa es que ahí te voy a contar la historia-

Aferrado de la mano de su padre, Salvador lo observa cuando saluda a un joven en la entrada, les abre el candado y les muestra dónde se pueden sentar.

-Así que este es el estadio vacío- reflexiona Salvador, con esa capacidad de asombro que aún conserva. Se arrepiente de hacer el comentario en voz alta, porque la actitud de su progenitor ha sido solemne, pero para su sorpresa, le responde con un comentario jocoso.

-Es que cuando juega la U, el estadio nunca se ve vacío- Sonríen y abren la botella de jugo. El adulto despliega una bandera dividida en tres franjas con los colores de la U, mira a su interlocutor con una genuina expresión de cariño y toma aire para comenzar.

-Tú sabes que esta bandera es mía, pero hoy te la quiero regalar. Es parte de la historia, también. Resulta que esa bandera me la regaló un vecino que fue al partido con Cobresal, cuando descendimos. No sé si la compró para ese partido, pero me la dio cuando nos cruzamos. Él venía del estadio y yo de la casa de mi abuela, que tenía radio. Me vio llorando y me dijo: “Cuchito, yo no aguanto volver a sufrir por la U. Le regalo esto”. Yo francamente no supe qué decir. Tenía una terrible pena por el partido y sentía un profundo desprecio hacia el vecino por abandonar al equipo que había seguido toda la vida, pero también disfruté que me hubiera regalado la bandera. Aparte mucho mejor que estuviera en manos de alguien que no iba a dejar nunca al club, como yo. Le di las gracias así como nervioso y me fui a la casa. Para qué te voy a mentir, con 14 años vivir un descenso es fuerte, y los de la U éramos minoría en ese tiempo. Ahora recién los cabros chicos se están haciendo de la U porque la ven ganar, pero antes no era así la cosa. El asunto es que esta bandera siempre me ha ayudado. Cuando casi caemos de nuevo a los potreros, llevé la bandera al estadio. Cuando libré de los colocolinos en el 93, tenía la bandera en el bolsillo. Cuando los penales de la Copa Chile el 2015, estaba envuelto en la bandera. El 2011 con la Católica, me encerré en el auto a escuchar el partido con la bandera en el parabrisas. Pero la vez que más apreté la bandera fue una tarde de hace 23 años. Jugaba la U con la Cato, ese rival que tanto me gusta; se definía el campeonato y yo, enamorado hasta las patas, me vine al estadio mientras estaban operando a tu mamá de vesícula. Tú sabes que para esa fecha nosotros ya estábamos casados. Finalmente me vine, después de pensar varios millones de veces si dejar a tu madre allá o quedarme con ella. El instinto me dijo que alcanzaba a ir y volver antes de que ella despertara. Te mueres lo que fue ese partido, hijo. Los nervios a mil, todos en el estadio estaban tensos, nerviosos, conscientes de que en esos 90 minutos se jugaba la posibilidad de derrumbar todas las frustraciones vividas durante veinticinco años. Lo sabíamos nosotros y lo sabían ellos, quienes trataron de tirarnos la camiseta encima. Pero apareció el alma del equipo, ese Marcelo Salas del que tanto te he hablado y nos acercó unos peldaños al cielo. Me gasté lo último del anticipo en el taxi de vuelta a la clínica, para que cuando tu mamá me viera, cerrara los ojos y moviera la cabeza negando. Me quería morir, casi lo logro, pero había despertado. Le pedí disculpas y cuando llegamos a la casa después del alta me dijo que ya no había caso, que ella sabía lo importante que la U era para mí y que me quería así. “Pero me mentís de nuevo y te saco de la casa con camiseta y todo” me advirtió. Después de llegar del supermercado Montecarlo con las cosas que había comprado para prepararle comida, me dispuse a colgar la chaqueta en el closet y adivina qué tenía en el bolsillo. Obvio, no la había sacado desde el partido con los cruzados.

El tema hijo, es que yo te quiero regalar la bandera, pero a cambio de que me cumplas un favor. Todas las historias que he pasado, muchas de las vivencias que me han hecho crecer, las viví por la U. Lo primero que aprendí con esa banderita fue que a la U no hay que abandonarla, así como no hay que abandonar a ningún amor. Hay que ser fiel con lo que uno ama, y yo tengo pocos amores. Hacerte de la U, hijo, es un acto de amor. Ese es el favor que te pido-

Salvador siente que un cubito de hielo le sube por la espalda y atina solo a decir que sí, que él le gusta la U. Después tendrá tiempo para entender, ahora se entrega a sentir.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl