“Superclásico”: cumplió el hincha, pero no los jugadores

Francisco Cárdenas de Radio Universidad de Chile, también tiene su reflexión de lo ocurrido el fin de semana en el Superclásico.

El domingo se jugó una nueva versión del clásico grande del fútbol chileno. Colo Colo, el líder del campeonato, enfrentaba luego de una serie de derrotas a su archirrival, la Universidad de Chile. Los azules, que vienen desde hace tiempo dando más yerros que aciertos, esperaban ganar el partido y salir así de la incómoda posición en la que se ubican dentro de la tabla general.

Con estos antecedentes esperábamos que este encuentro fuera una lucha aguerrida entre dos equipos, que jugándose diferentes cosas, estaban ávidos de victoria. De paso serviría para reivindicarse con sus fieles hinchadas y mostrar el verdadero nivel de nuestra liga local.

Pero la pobreza técnica de los jugadores, la poca osadía de las propuestas tácticas, la carencia de sistemas ofensivos y defensivos sólidos, la precariedad imaginativa y la deshonestidad de algunos dejó poco para celebrar. Marcador en ceros, partido aburrido y ningún equipo con ganas de ganar. Al parecer esta vez pudo más el miedo a perder y tratándose de un juego, eso es algo que resulta inaceptable.

El futbolista chileno sigue siendo mediocre e irresponsable. Ganan elevados salarios pero fingen faltas, engañan a los árbitros, a los rivales y al público. Además se quejan cuando deben entrenar mucho y también cuando deben jugar muy seguido. Uno no escucha quejarse a los futbolistas europeos después de sus largas y pesadas temporadas que son bastante prolongadas y más competitivas que las nuestras. La planificación se hace desde el comienzo y el entrenamiento es acorde a esas exigencias.

En nuestro país todavía se alimentan mal, se infiltran para esconder la ausencia de recambio, no entrenan con una correcta profilaxis y muchos de ellos no descansan lo obligado para un deportista de alto rendimiento, privilegiando otros menesteres. Claro que hay excepciones y por lo general esas se van pronto del país, por lo que poco podemos observarlas, pero la gran mayoría exige trato de figura, sueldo de élite y compromiso mínimo con las responsabilidades inherentes a ese status.

Este domingo era insoportable mirar la abúlica reacción frente a la pérdida del balón (bastante reiterada por cierto) y al mismo tiempo escuchar a los entrenadores exigir desaforadamente a sus dirigidos recuperar posiciones y volver para ayudar en las tareas grupales. Como si alguien debiera recordarles constantemente que el fútbol implica correr y que el compromiso colectivo incluye ofender y también defender.

Al final, da la impresión que es simplemente una cuestión de actitud. Que no tienen ganas de jugar y que los partidos son simples trámites con los que cumplir para cobrar los sueldos y los premios al final de mes. Eso ya es el colmo, premios por ganar y hacer bien su trabajo. Entonces es clara la irresponsabilidad y la carencia de compromiso.

El marco de público, el regreso de las banderas, el bombo, el color y los constantes cantos de aliento ponen la piel de gallina a cualquiera, menos a los jugadores. Incluso la reducida presencia de la visita no mermó su entusiasmo y entrega. Aunque eran pocos, también compitieron en las gradas por alentar e impulsar a los suyos sin respuesta.

Los protagonistas principales parecen acostumbrados, inmutables y alienados. Los entrenadores apelan reiteradamente al amateurismo, pero ese sentimiento ya no existe, pues los jugadores profesionales (al igual que tantos otros chilenos) son formados en una lógica diferente, la de la plata, el éxito rápido y a cualquier precio.

Si alguien dudaba del daño que harían las sociedades anónimas deportivas y la instauración del fútbol empresa, ahora no debe quedar duda. Ya no hay identificación y valorización de la camiseta, ya no hay ganas ni deseos de jugar por algo que no sea el vil dinero.

El clásico ya pasó y ha dejado muy poco que rescatar dentro de la cancha. Quizá la angustia de los relatores para asignar el premio al mejor del partido sea lo más representativo. No había nadie mejor y todos merecían la rechifla generalizada. Pero el hincha no es tan exigente y ama tanto su camiseta y su bandera que le guarda un respeto desmesurado a quienes la portan.

Hoy es fundamental exigir sacrificios, mojar la camiseta y ser profesionales. Los futbolistas tienen una gran deuda con su público y esa únicamente se paga con esfuerzo y trabajo dedicado. Una sola cosa es elocuente: el domingo cumplió el hincha, pero no los jugadores.

Por Francisco Cárdenas