¿Y quién queda?

En el horizonte se aproxima el ocaso. La previa, el ingreso, el partido y la euforia del canto son ahora un recuerdo. Paso al baño y por sobre la cornisa veo el sol escondiéndose, lánguido y parsimonioso. La algarabía ha dado paso al desconsuelo, a la melancolía. Y es que hoy el resultado fue adverso. El resultado y la forma, que son conceptos esencialmente dispares pero finalmente convergentes. Y entonces esa melancolía se va mezclando con otras emociones, hasta decantar en la inevitable revisión de la pasión.

Nosotros pensamos toda la semana en estos noventa minutos. Estamos pendientes de las noticias del equipo, de si se lesionó alguien o de si en los otros competidores por el título hay alguna novedad que nos haga respirar un poco más tranquilos. Porque tenemos fe y esperanza como siempre, pero sabemos (la mayoría de nosotros al menos) que la forma no está siendo la correcta. Estamos jugando a nada, aguantando como podemos los embates de rivales que hasta el momento no han sido capaces de romper los cercos defensivos impuestos por el técnico. Hacemos un gol y nos refugiamos, nos arratonamos, si usted prefiere.

Y eso no puede ser así, porque somos la U, porque somos un equipo grande y muchos etcéteras. Seguimos adelante esperando que la fortuna no nos abandone y nos metemos de nuevo en el encuentro del fin de semana. Y obviamente, pensamos en estar ahí. Como por añadidura estamos en un momento complicado del mes, escatimamos en gastos que consideramos lujosos para poder pagar la entrada. Así, resignamos agregarle palta al pan de la once y obligamos a nuestra familia a comer salchichón cerveza y raspar hasta con los dedos el pote de la margarina que compramos a principio de mes en el supermercado.

Ay de quien nos invite a un cumpleaños o a un evento familiar, porque metemos las chivas más inverosímiles con tal de ausentarnos de manera digna. Y todo esto sin contar a los que no van; a los que las tumultuosas vueltas de la vida los obligan a mirarlo por la tele, esos que más encima tienen que bancarse al infame comentarista que una vez manoseó los sentimientos de nuestra hinchada. Tener que escucharlo es como sacarse una muela del juicio con un destornillador, o como rascarse la espalda con un pelador de papas.

Pero no importa, vamos la U. Y nos acomodamos en la butaca o en el sillón, según corresponda. Cantando, comentando o viéndolo en silencio, ahí estamos. Y resulta que en dos minutos el diablo empieza a meter la cola, como decía mi abuelo. Y con el correr de los minutos las acciones no mejoran, incluso empeoran y la debacle se consuma.

“La puta madre que lo requetemil parió” escucho dos filas más arriba, y al caballero, que está rojo y que no ha dejado de cantar a un volumen moderado, le encuentro toda la razón. Y es que a cualquier mortal que se mande un par de condoros serios en el trabajo lo mandan a freír monos al África, como también decía mi abuelo. ¿O no? No vivimos en un país donde los patrones sean precisamente benevolentes, y si en su caso ha sido así, déjeme felicitarlo y permítame envidiarlo.

¿Hasta cuándo vamos a tener que soportar los berrinches de un bicampeón de América? ¿No resulta contradictorio que un jugador que dijo siempre ser hincha como nosotros se comporte de esa manera tan infantil e irresponsable? Sé que no debo cargar toda la culpa en un solo ser humano, que hay muchos responsables y otros varios etcéteras, pero ¿quién nos devuelve todo lo que damos? Entiendo perfectamente que en la vida no vale dar para esperar recibir, y que quienes pregonamos (y practicamos) la incondicionalidad debemos dar el ejemplo que entregaron los que vinieron antes de nosotros.

Y con esa melancolía a cuestas camino a mi casa; derrotado y convenciéndome de que no es culpa nuestra, de que hay algunos responsables que la juegan de importantes. Son esos mismos que comparten un pedazo de sus vidas en las redes sociales, que carretean en la semana y declaran cosas que todos podemos predecir. Esos mismos que van al Monumental y se saludan con medio mundo; esperan ansiosos la citación a la selección y si el club no los quiere dejar partir, lloran y patalean a través de los medios.

La juegan de importantes, porque no lo son. Si lo fueran, tomarían con fuerza y seriedad el llamado que cuarenta mil personas les hacen cada fin de semana, eso de mojar la camiseta aunque no sean campeones. Pero ni eso. Ni la camiseta mojan algunos. La mojamos más nosotros que lo vemos de afuera, porque sin correr en la cancha, el estado de tensión, la euforia y la algarabía nos hacen sudar, reír y llorar. Hoy lloramos, pero mañana volveremos a estar pendientes.

Tenemos ese deber, ese compromiso tácito de la incondicionalidad, somos esos giles que dejamos todo por ver a la U, aunque algunos de los que están en el terreno vivan ajenos a nuestro sentir. ¿Quién queda? ¿Dirigentes? ¿Jugadores? ¿Cuerpo técnico? Ellos pasan, se olvidan en su mayoría; los que quedamos somos nosotros.

 

Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl