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	<title>Ignacio Márquez archivos | Radio AzulChile</title>
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	<title>Ignacio Márquez archivos | Radio AzulChile</title>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: «Gracias Papá»</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jul 2017 13:20:39 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Me levanté temprano. En todo caso, decir “me levanté” es un eufemismo porque me acosté pero no pude pegar un ojo en toda la noche. Qué día este. No puedo creer que me he arreglado tanto para una despedida, y me duele tanto esto. No sé si es dolor, o rabia, o qué. Pero aquí estoy, me miro frente al espejo y me parece que tengo unos diez o quince años más de los que en realidad tengo; estos tres días me han envejecido y me han golpeado bastante, por eso mi aspecto demacrado no me sorprende al ver mi reflejo. Fue todo tan rápido, pienso mientras deslizo la hoja de afeitar sobre mi mejilla izquierda. No tuve tiempo ni para prepararme, aunque ¿quién está preparado para esto? Uno sabe que este momento indefectiblemente va a llegar, pero la incertidumbre va ligada con la felicidad, entonces uno no pierde el tiempo preparándose para estos eventos. Me pongo la camisa azul que tanto le gusta a mi papá e inspecciono que llevo todo. Ah, falta algo. La pongo en mi camisa y listo. Antes de cerrar la puerta miro el living detenidamente y reparo en el viejo tocadiscos sobre cuya cubierta me miran dos entradas. Dos entradas para el partido de esta tarde. No es menor, ni es un partido cualquiera. Semifinal vuelta contra Chivas de Guadalajara, en el Nacional.</p>
<p>Las compramos apenas salieron a la venta y nos juramos que íbamos a estar ahí alentando a la U. Salgo de la casa, voy en micro pensando en las palabras que voy a decir. Quiero decir tantas cosas que no logro armar un discurso coherente en mi cabeza. No sé cómo van a ser recibidas mis palabras, pero eso ya no es problema mío, las palabras dejan de ser tuyas en cuanto salen de tu boca. Llego a la cita y veo a toda la gente que esperaba ver. No me sorprendió la gran cantidad de gente que había, pero sí el número de personas que me saludó y que yo no conocía. “¿Estás bien?” Fue la pregunta más común y que más veces contesté de la misma forma: “sí, ya va a pasar”. La verdad es que me moría de ganas de decirles a todos: “no, estoy como la mierda y me encantaría que todos ustedes se desaparecieran de mi vista”, pero seamos honestos, yo jamás le contestaría así a alguien y tampoco era el momento de perder la compostura.</p>
<p>Terminada la ceremonia que siempre se da en estos casos, me dirijo cabeza gacha hacia el lugar exacto de nuestro último encuentro. Están esperando que diga lo que quieren escuchar, yo creo. Me paro y miro hacia el lado, siempre con la cabeza gacha. Ahí están tus restos mortales, los que vinimos a despedir hoy; levanto la vista, los miro a todos, miro la piocha con la insignia de la U que tengo en la camisa y comienzo: “Nadie nos prepara para la muerte, menos para la de una persona tan significativa en nuestras vidas”. Vienen a mi mente muchos recuerdos que me causan un nudo en la garganta. Las vacaciones, esa primera vez y todas las otras veces que fuimos juntos al estadio, la casa, los asados, cumpleaños, y varios otros. Carraspeo y toso para continuar. “Quiero agradecerles a todos que estén aquí, eso demuestra que se preocuparon y que quisieron a este hombre. Varios me preguntaron si estaba bien y la verdad es que no, estoy pésimo aunque les haya contestado que sí estaba bien. Todos sabemos que aquí está mi papá, pero no está realmente. Cada vez que nosotros nos acordemos de él, cada vez que nos reíamos de algo relacionado a él, pensemos en sus historias, sus arreglos y cosas, ahí va a estar él. Yo personalmente tengo una conexión a través de algo mucho más potente que los recuerdos. Está aquí, en mi pecho, tiene esta forma, es la U. La U entre nosotros era un punto común, un tema de conversación que nos unía. La pasión por la U no es algo trivial, y nunca lo fue así entre nosotros. Vivíamos la pasión de una forma muy parecida.</p>
<p>Fue él quien me enseñó estos colores, y a través de ellos he pretendido vivir mi vida. Él me dijo cuando niño, que para ser de la U había que estar operado de los nervios, y así fue como aprendí que debía vivir mi vida. Luchando, peleando contra muchos y mucho. Ser de la U no es fácil, me dijo él. Tienes que estar preparado para la adversidad, para que todo te cueste el doble, pero debes aprender a no rendirte jamás. Habrá veces en que no tendrás nada más que aquello en lo que crees. Aférrate a eso”. Me sequé las lágrimas y finalicé: “Si no me rindo es porque me aferro a lo que creo. Son las cosas en las que creemos las que nos definen, no podemos vivir sin ellas, porque perderíamos nuestra esencia”.</p>
<p>Bajé de ahí y me enfrenté a uno de los dolores más fuertes que he sentido en mi vida. Voy a extrañar tus abrazos de gol, esos que iban acompañados de una sonrisa limpia.</p>
<p>Llego a la casa y abro la puerta. Todo está tal como lo dejé al salir, pero se siente una ausencia. No va a ser lo mismo, está claro, pero más temprano que tarde voy a tener que acostumbrarme a ello. Me preparo unos tallarines blancos con aceite y me meto a la ducha. Ya lo había hecho en la mañana, pero tenía la necesidad de limpiarme de nuevo, purificarme y recargar energías. Al salir, veo las entradas. Me siento en la silla que está frente al tocadiscos y me quedo mirándolas fijamente. “Voy a ir” me digo, decidido, cuando el corazón me da uno de esos vuelcos agresivos. “No, no voy, ya está” y el corazón no hizo nada. Con calma, con movimientos metódicos y calculados, me pongo la camiseta de la U, esa LG del 2003 manga larga que mi papá me había regalado esa navidad. Tomo una entrada y salgo rumbo al Nacional.</p>
<p>¿Por qué una? Quizás usted señor lector, pensó en lo obvio. Esa entrada estaba reservada para mi papá y no podía legarla a nadie más. Tiene razón señor lector, pero no completamente. La razón es más compleja. Es cierto, mi papá no va a usar esa entrada. Tampoco es que la muerte me haya incinerado el cerebro y yo pensara en llevarlo como “amigo imaginario”. Mi papá sí va a estar, pero ayudando a nuestro arquero a poner las manos, ayudando a nuestros defensas a cerrarles los espacios al rival, iluminando las mentes de nuestros mediocampistas para meter el pase preciso, desviando hacia el arco los remates de nuestros delanteros y guiando a nuestro técnico para que no se equivoque en los cambios, y para eso no necesitaba una entrada.</p>
<p>Mi papá no va a estar ausente, ni ahora ni nunca. Estoy seguro de que cada vez que juegue la U, él va a estar haciendo fuerza desde el cielo, y cada vez que hagamos un gol, él va a bajar sus brazos mientras yo alzo los míos, para trenzarnos en una celebración de gol eterna e inmortal, porque la U es y será el puente que nos mantiene unidos. Vamos la U, gracias papá.</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: El momento perfecto</title>
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		<pubDate>Mon, 03 Jul 2017 19:37:44 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Si algo me ha enseñado la vida es que hay veces en las que el enemigo está más cerca de lo que uno pudiera creer, y que no podemos hacer nada frente a esa presencia. Porque sin quererlo, ese enemigo se torna parte fundamental de nuestras vidas, comienza a compartir el tiempo, las experiencias, las [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Si algo me ha enseñado la vida es que hay veces en las que el enemigo está más cerca de lo que uno pudiera creer, y que no podemos hacer nada frente a esa presencia. Porque sin quererlo, ese enemigo se torna parte fundamental de nuestras vidas, comienza a compartir el tiempo, las experiencias, las alegrías y las penas. Se convierte en una de esas coincidencias que parecen sacadas de un libro de fantasías, porque hasta el momento anterior de esta coincidencia, hemos pensado que no somos nosotros el tipo de personas a las que les suceden estas cosas, que nuestras vidas son equivalentes de existencias promedio, de cosas que pasan porque sí, siguiendo un ritmo que parece predeterminado y predecible. Pero llega ese momento y todo vuelve a caminar. El tiempo y las cosas se alinean y caminan en una dirección nueva y correcta. Todos los pasados banales y todos los hechos anteriores parecen convertirse en una mera exposición de errores, porque ahora sí, ahora la vida va a correr hacia el lado correcto.</p>
<p>Yo la vi y supe inmediatamente que ella era la que iba a cambiar mis tardes solitarias por conversaciones intrigantes, por horas de amor y compañía. Yo la vi y supe que la quería. La quería y la amaba, que son dos cosas diferentes. Yo supe de inmediato que esa chica podría acompañarme en todas mis aventuras, y así fue durante dos semanas. No nos veíamos tan seguido, pero aprovechábamos cada segundo de nuestros encuentros en las plazas y parques cerca de nuestros colegios y de su casa. Dos semanas maravillosas en las que nos conocimos, nos miramos, nos besamos y nos tomamos las manos como si más allá de la bajada de la micro no existiera mundo. Pero no todo es para siempre, por más que los astros se pongan en línea. Una tarde de septiembre, calurosa pero adornada por un suave viento frio, se me ocurrió preguntarle si le gustaba el fútbol. Me dijo que sí, que era fanática del fútbol por su papá. Mientras me decía eso, mi estómago dio tres vueltas hacia atrás y volvió retorcido a su posición. Había tres opciones: la primera, que fuera de mi mismo bando, quizás con distintos matices, pero hincha del mismo equipo que yo, para mi suerte. La segunda, que fuera hincha de algún equipo inofensivo, que no tuviera rivalidad directa con mi predilección. Y la tercera, la más funesta, que fuera hincha del archirrival. Con un silbido de aliento le pregunté qué equipo le gustaba. Me miró seriamente y pareció dudar en contestarme. Lo dijo rápidamente. Cuatro sílabas. Cuatro sílabas que me parecieron cuatro estocadas en el cuello. Debo haber puesto una cara de terror elocuente, porque ella se echó atrás y me miró asustada. Lo había comprendido. De las tres opciones, era la tercera. La peor, para mí. Le pregunté si iba al estadio y me dijo que sólo cuando iba con su papá, pero que eso ocurría casi siempre que jugaban de local. Ella me preguntó lo mismo y le dije que no me perdía partido de local, y que de visitante tenía que inventar las historias más descabelladas para poder salir de la capital, porque mi mamá se preocupaba mucho. Nos fuimos a tomar la micro en silencio y cuando se subió, vi preocupación en sus ojos de almendra.</p>
<p>Me fui a mi casa pensando en la razón por la cual Dios la había hecho tan perfecta si la iba a castigar haciéndola hincha de ese equipo, ese terrible equipo. Por supuesto que también pensaba mientras me acercaba a mi hogar en cómo iba a hacer compatible ese aspecto de su vida con todo el amor que para esas dos semanas ya le tenía.</p>
<p>El sábado fui a ver al equipo contra Deportes La Serena. Bonito triunfo, bonita tarde. El día martes la fui a buscar al colegio. Traté, juro que traté de no abordar el tema y no espantarla, pero a los quince minutos le pregunté si había ido al estadio. Bajó la mirada y me dijo que sí. Me sentí como un imbécil. Ella me respondió casi con culpa, y le dije que estaba bien, que en eso éramos diferentes y que no podíamos hacer nada. Yo sé que a los 18 años uno piensa en modo cursi todas las cosas antes de decírselas a una chica con la cual ya te imaginas casado, viejo y con niños, pero yo de verdad creía lo que le acababa de decir. Así pasaron las semanas y el tema se fue aquietando. Estábamos más tranquilos y habíamos progresado de tal manera que ya hablábamos de fútbol y debatíamos poniendo a nuestros equipos de frente. Cuando la situación se ponía un poco densa, nos dábamos un beso y nos reíamos. Así pasaron los meses, sin pedirnos nada con respecto a nuestros gustos futbolísticos, solo pidiéndonos pololeo, y con la situación ya controlada, hasta que ella me dijo que el papá quería conocerme, y para eso me había invitado cordialmente a almorzar con ellos el próximo domingo. Inmediatamente llegó a mi cabeza el día domingo. No era un domingo cualquiera, era ese día domingo que se da dos veces al año, era ese día en el que se enfrentaban futbolísticamente sus creencias con las mías. Era el choque del siglo. Yo para ese entonces estaba enamorado locamente, y jamás se me pasó por la cabeza rechazar esa invitación, pues sabía que ese domingo nuestra relación podía dar un paso gigante. Lo que sí pensé fue en si el papá de mi polola lo había hecho a propósito, si mi polola le había dicho que yo era hincha de su archirrival y si aún en terreno enemigo podía soportar ver al equipo de mis amores.</p>
<p>El sábado en la noche dormí poco y mal. Estaba irremediablemente ansioso y expectante por el almuerzo y por supuesto por el partido. No nos jugábamos nada trascendental porque ambos equipos estábamos en la mitad de la tabla y las posibilidades de que alguno de los dos se acercara a la pelea por el título eran muy escasas, pero clásicos son clásicos, son partidos aparte. Un clásico puede parecer muy poco importante cuando los dos equipos no pelean nada, pero siempre es objeto de deseo saborear la victoria frente al rival de siempre, ese rival que se odia y que, como ya he dicho antes, es capaz de revolucionar nuestras emociones cada vez que se pone enfrente. Así es que decidí no ir vestido con algo de color azul para evitar fricciones innecesarias. Me desperté el domingo sobresaltado y alerta. Cuando me junté con ella en el paradero de siempre, comprobé con un poco de gusto culpable que ella compartía esas sensaciones. Se notaba tensa, miraba en direcciones distintas cada 2 segundos y medio como si ese gesto pudiera hacer que el tiempo avanzara más rápido o que sus nervios se calmaran. Llegamos a su casa y la mamá nos abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal de cocina y el pelo mojado le hacía ver más joven de lo que en realidad era. Pasamos y su papá estaba preparando pebre. Antes de saludarme se lavó las manos para no impregnarme con olor a perejil y otros elementos de su preparación. Me dijo que era un gusto por fin conocerme, a mí que era ese cabro del que tanto hablaba su hija. Nos pusimos a conversar y ayudé a poner la mesa; no por ganarme el humor de mis suegros, sino porque lo hacía siempre y esa costumbre ya era casi parte de mí. Mientras comíamos, me convertí en un interrogado sin quererlo, pero a la vez sin evitarlo. Mi familia, mis opciones de futuro después del término del año escolar, las actividades de mi tiempo libre y hasta mis mascotas fueron tema de conversación durante la entrada y el plato de fondo, y por un momento casi hasta olvidé lo que iba a pasar a partir de las 4 de la tarde. Cuando sirvieron el postre, el tema se presentó en todo su ancho. Y no fui yo, lo juro. Fue el papá de mi polola el que dijo que más rato nos íbamos a sentar a ver el partido.</p>
<p>Asentí. No dije nada porque tenía en mi boca una cuchara con flan de chocolate y también porque no pude pensar en ninguna respuesta inteligente. Fue como si mi cerebro sólo hubiera ordenado sostenerle la mirada a ese caballero y mover la cabeza en un gesto vago de arriba hacia abajo. Un cuarto para las cuatro el papá nos invitó al living. Ya más o menos al momento de las formaciones de los equipos, mi estómago volvió a hacer esa gracia de retorcerse. El papá se sentó en su gran sillón de cuero, que lo hacía parecer un rey en su trono, dueño de su castillo y sus tierras y por lo tanto, de todas las palabras que se dijeran en ese trozo de mundo. Yo me senté con mi polola en el sillón de dos cuerpos café que parecía sacado de otra parte, como si se lo hubieran conseguido con un vecino que no compartía los gustos mobiliarios. Comenzó el partido y se me hizo un suspiro hasta el minuto 64, cuando el delantero de ellos cabeceó y nos pegó el primer golpe. Yo la miré a ella, y no lo celebró. No así su papá, que lo gritó como si hubiera estado en el estadio. Ningún insulto, nada ofensivo, solo el grito de gol ardiente y explosivo que salía incesantemente de lo más profundo de su ser. El resto de mis órganos y mi estómago trabajaban en conjunto en eso del retorcimiento y me estaban matando. Hasta que cayó el azul en el área. Se puso frente a la pelota, chuteó y gol. Faltando tan poco para el final, me daba por pagado y sólo empuñé mi mano y la agité. No grité, porque empatar el partido a esa altura era un premio suficiente. Además con ese resultado quedábamos todos medianamente contentos, o quizás solo quedábamos sin pelearnos, lo cual era un paso bastante importante para mis pretensiones en ese momento con mi polola y su familia.</p>
<p>Pero la vida tiene esos momentos únicos, determinantes. Esos momentos que tú sabes que algo va a pasar justo antes de que pase. Y es que yo lo vi meterse al área antes de que el otro sacara el centro. Yo lo vi picar desde tres cuartos de cancha para dejarlos hundidos y humillados como antes, como cuando se colgó de la reja, como cuando cabeceó por encima del arquero, como esa tarde de febrero y la goleada. Yo lo vi saltar y supe que no era posible seguir mudo, que tenía que acomodarme porque el retorcimiento de mis interiores iba a llegar a su punto más álgido. Yo tuve que gritarlo porque estos momentos se dan pocas veces en la vida, tan pocas veces como encontrar a una mujer perfecta, o casi. Yo tuve que arrodillarme porque no era capaz de ubicarme en el tiempo y lugar donde realmente estaba. Yo tuve que cerrar los ojos porque no quería saber de nada más, ni de nadie más, aunque al lado estuviera la persona indicada para mí, la futura madre de mis hijos y la compañía de mi jubilación. Yo tuve que gritarlo hasta perder el aire porque en esos meses paradisíacos no fui capaz de decirle a ella que mis órganos retorciéndose querían decirme algo. Yo tuve que esforzarme para lograrlo porque sabía que ahí, en ese lugar y en ese momento, justo cuando les ganábamos de esa forma que yo tanto disfrutaba, ahí era el momento perfecto para rendirme y dejar de luchar, ese era el momento perfecto en el que yo quise irme, no sin antes mirarlos a los ojos a todos los habitantes de esa casa y gritarles: “Vamos la U conchetumadre”.</p>
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