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	<title>Nacho Márquez archivos | Radio AzulChile</title>
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	<title>Nacho Márquez archivos | Radio AzulChile</title>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: Lamento</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Aug 2017 17:27:05 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Qué desgracia. De nuevo, perdón. Qué mierda. Eso sí. Cualquier expresión más o menos ceñida a las convenciones de la sociedad sobre el lenguaje formal es insuficiente para explicar cómo se siente. Porque se siente. Claro, para algunos esto es solo un deporte, un pasatiempo. Para mí es una forma de vida de la que dependen muchas cosas como mi ánimo, o mi humor. Y si hay que reír, reímos. Pero si hay que llorar, lloramos. Así es el amor. Llega y como que te deja medio imbécil por el impacto. Estoy ahí voluntariamente, nadie me obligó ni me puso una pistola en el pecho. Sigo ahí porque decidí quedarme con esta enseñanza. Y ella se transforma en herencia. Entonces se siente. Ahora se siente penca, es una mierda.</p>
<p>Es caminar con el ceño fruncido por todo lo que se hizo mal, por todo lo que no se hizo. Porque no fui, porque fallaron algunos jugadores claves, porque tuvimos mucha fe, porque deberíamos acostumbrarnos. Tuvimos mucha fe. Escucho hablar a Jhonny Herrera y me siento capaz de ganarle al Manchester United, al Real Madrid. Escucho al técnico y digo que es un gallo serio, que le ha devuelto las ganas de ganar a los jugadores. Que nos había remecido y sacado de ese “aburguesamiento”. Y toda la semana trabajo contento, ansioso e impaciente ante esos momentos del día en los que el reloj parece por fin haberse detenido a tomar aire para luego seguir permanentemente corriendo implacable. Y apuesto. Una botella de pisco, un asado, 15 lucas. Y no dudo cuando me preguntan por el ganador. Gana la U, huevón. Apretado, pero gana. Sufriendo, pero gana.</p>
<p>Y empiezo a idealizar la forma en que ocurrirá. Y es sufriendo, porque si no se sufre no es la U. Y puta que hemos sufrido en 16 años. Bueno, 14. Puta que hemos sufrido en 14 años. Pero ahora es. Este año sí. Hay una energía negativa que dejamos atrás. Pero todo se va inapelablemente a la mierda. Por eso duele. Por el hecho de perder y por cómo lo perdimos. Porque perder apretado y dando pelea hace la derrota un poco menos inapelable. Pero a nosotros nos ganan 4-1. Y la defensa regala hasta más no poder. Los deja entrar solos.</p>
<p>Les falta ponerles alfombra roja a los huevones para que se metan al área y rematen desde donde más conveniente les parezca. Y ni una patada pegamos. Porque es un clásico, pos. Si no se gana, hay que herirlos un poco. Una patada, un combo, como Rocky González o Superman Vargas, que los boxeaban y les daba lo mismo la tarjeta. Todas las penas del infierno valían la pena si se trataba de pegarle a un colocolino.</p>
<p>Y da de esa rabia que dura todo el día. Que no me deja comer, que me pone mal genio. No quiero ir a tomar once donde esos parientes hinchas del colo. Quiero que el día se acabe pronto. Porque tengo arraigada la cultura del domingo deportivo, con programas de radio, Zoom Deportivo, Pelotas y Más Gol que te daban todos los detalles. Yo el domingo quiero decir en la noche: “Qué bacán que ganó la U”.</p>
<p>Así como digo que compré todo en la feria, que está toda la casa ordenada y que tengo planchadas las camisas para la semana. Y así paseo a mi perro contento. Pero este domingo no se pudo. Hoy tenemos la otra parte. Y mañana tampoco va a ser otro día. Con suerte va a ser una continuación menos cruel de este. Porque las emociones están un poco más diluidas, pero están.</p>
<p>Porque tengo que irme a la pega apretado en el metro, y cuando llegue me van a subir al columpio. Y tampoco me importa tanto lo que digan, pero puta que da rabia cuando te molestan esos que no van jamás al estadio y se acuerdan del equipo solo cuando le ganan a la U. Y llego a la casa, abro una cerveza, me pongo mi gorro de la U, me siento frente al computador y escribo que es una mierda. Y me rasco la cabeza, y me saco el gorro y lo miro. Y pienso en los años que se fueron, y en las enseñanzas, las herencias y por primera vez después del partido, sonrío. ¿Fallar? Ni cagando. Llamo a mi papá y le pregunto: “¿A qué hora juega la U el domingo?”</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: «Eso que tiene la cancha»</title>
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		<pubDate>Wed, 09 Aug 2017 19:16:18 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Previa<br />
Voy saliendo del edificio con suficiente tiempo, por lo que agudizo mis sentidos para recibir todos los estímulos del ambiente. A una distancia media se escucha frenar una micro y un cántico inconfundible que entonan los ocupantes de ella. Se bajan. Van con banderas, camisetas, chaquetas y unas cervezas en la mano. Hago lo propio y saco la lata de Báltica de mi bolsillo. La destapo y le doy un largo primer sorbo, como de costumbre. Reviso que no haya policías mientras cruzo Vicuña Mackenna y enfilo hacia Marathon.</p>
<p>Mientras la muchacha revisa mi carnet de identidad, miro las torres de iluminación, “los matamoscas gigantes” como decía una tía. Están completamente encendidas, y pienso que así me gusta más el estadio. Lo prefiero de noche, y ojalá frío. A paso lento subo las escaleras y siento el mismo nerviosismo de siempre; ese que revuelve el estómago y se calma solo con el pitazo final. Me ubico donde solíamos ponernos con mi papá, en la puerta 13 y un poco hacia arriba. Contemplo el rectángulo verde y distingo a algunos de los jugadores que hacen el trabajo precompetitivo. Han pasado los años, y la vista me está abandonando lentamente, así es que no logro deducir la formación titular. Sé que está Pinilla, y me imagino la fiesta que va a ser si es titular.</p>
<p>“Oh, oh, oh, sale león” comienza a escucharse y yo miro mi reloj. Faltan 4 minutos para el comienzo y la hinchada ya comienza a calentar la garganta. Ahí vienen los equipos. El estadio explota en una mezcla sincronizada de humo azul, papelitos, banderas, aplausos y gritos de aliento. Me callo. Me retiro a un silencio voluntario, para apreciar mejor el espectáculo que la hinchada le regala al equipo. Me dejo envolver por esa maravillosa sensación que me remece cada vez que vengo acá y finalmente vuelvo a formar parte de ese hermoso coro.</p>
<p>Los jugadores posan con un lienzo que dice “el mejor regalo es ser de la U” y francamente no podría estar más de acuerdo. Pienso en los que dejé en casa y en este regalo. Ya vendrá el momento de venir a la cancha con ellos y regalarles definitivamente esto que es ser de la U. Sonrío y el caballero que está a mi lado me mira extrañado.<br />
Primer tiempo</p>
<p>Pinilla es la fiesta. Lo buscan los balones sin mucho resultado. En el aire y a ras de piso, parece que Pinilla tiene un imán más potente que el resto de los jugadores, pero no concreta. Y como Temuco no parece haber venido de paseo, anota el primer gol después de un impecable contragolpe.</p>
<p>Silencio. Silencio durante escasos segundos; segundos que nos sirven para acomodar la realidad que nos cobija, para maldecir nuestra suerte y finalmente para darnos cuenta de que es cierto, la hinchada visitante está gritando y sus soldados se acercan a dedicarles la conquista. Como lo único que podemos hacer nosotros desde la tribuna es cantar, nos disponemos a hacerlo. Pero no cantamos como antes del gol, ahora subimos el volumen y a veces el tono, así como para que los jugadores sepan que no nos rendimos, que por ningún motivo los dejaremos solos y que tenemos esa injustificada esperanza de ser los responsables de empujar la pelotita cuando se pone porfiada y no quiere entrar en la portería rival.</p>
<p>Parece que lo logramos, porque en breve llega el gol azul. Lorenzetti define muy bien ante la salida del portero y nos entregamos a la algarabía del grito sagrado y al impulso frenético de abrazarnos con el primer desconocido que se nos cruce en el campo visual. “Gol psicológico” dirían algunos. Después de haber estado más cerca del arco contrario que del propio, el gol venía a aclararnos un poco el panorama. Puños apretados agitándose, un par de canciones más y termina la primera fracción. Veo la fila de personas que se apresta a dejar momentáneamente su asiento para dirigirse al baño y me decido a esperar un poco, para que pase el taco.</p>
<p>Entretiempo</p>
<p>Parece mentira cómo los destinos de muchas personas suele ser el mismo lugar, pienso mientras me empino en puntas de pie para observar si avanza la fila hacia el baño. Tengo dos opciones, empujar o ceder. Veo que casi todos se inclinaron por la segunda, así es que obedezco la decisión de la mayoría. Caminamos ordenados y civilizados, muy diferentes a cómo nos quieren pintar los diarios o la televisión. Después de hacer lo propio, me quedo en el túnel y me arrimo a un balcón. Al centro, un grupo de hinchas bastante más jóvenes que yo cantan una canción que supongo es nueva. Digo supongo porque no todos la cantan, y porque algunos de los que están en el improvisado círculo solo cantan en ciertos versos.</p>
<p>Desde el balcón donde estoy apoyado se ven las luces de la ciudad hacia el poniente, luces que bailan a lo lejos y me van poniendo (si es que es eso posible) aún más melancólico. Súbitamente me asaltan algunos recuerdos. Aislados, se mezclan entre sí y con otros más recientes. Preocupado además por el resultado, recurro a un ejercicio común: pensar en las veces en que la U ha estado en situaciones desfavorables y ha salido victoriosa. El partido contra Palestino el 95, contra Coquimbo u O’higgins el 99, Huachipato el 2014. Llego a la recurrente conclusión de que vamos a ganar sufriendo, porque “así es la U”. Satisfecho y con una sonrisa torcida me voy nuevamente a mi butaca.</p>
<p>Siento mucho frío y me quedo de pie; la posición vertical me permite evitar que mis pies se congelen y me duelan al caminar de vuelta a casa. Dirijo la vista hacia el sector bajo el marcador, que se comienza a repoblar, signo inequívoco de que queda poco para el reinicio de las acciones.<br />
Segundo tiempo</p>
<p>Mis proyecciones se han cumplido. Comenzamos nuevamente sufriendo. El pobre Pinilla recibe menos y la hinchada comienza a inquietarse. Algunos de los que están cerca de mí dejan de cantar, quizás cansados, tal vez desanimados porque el gol no llega. Temuco se viene encima y sigue acechando nuestra guarida, pero si no es la impericia de sus delanteros lo que nos salva y nos da vida, es Johnny Herrera quien se agiganta y evita nuevos abrazos visitantes. Ojo que nosotros también intentamos, pero no tenemos suerte. De repente, y cuando calculo que quedan alrededor de 10 minutos, Lorenzetti mira al arquero y calcula magistralmente la superficie de su pie con la que va a golpear la pelota. Una curva descendente adorna la conquista y da rienda suelta a nuestros festejos. Ya está, esto era lo que necesitábamos. Porque fiesta había, pero nos faltaba coronarla. Cual cumpleaños de niño, la mesa estuvo lista para que el festejado Pinilla se sentara en la cabecera a disfrutar su celebración. Pero no le resultó. Lo buscó, lo intentó, lo disfrutó. Pero la piñata del cumpleaños la trajo un duende. Un duende mágico que es capaz de retorcer el estado de incertidumbre y transformarlo en un presente glorioso. Uno que es querido sin haber sido tan evidentemente importante, siempre destacándose por ser más de overol que de corbata. Mientras él celebra y camina de vuelta al círculo central, pienso en aquellos que discuten su importancia. Lo siento, me digo, pero no puedo comprender que a alguien no le guste Lorenzetti. Ya no deben quedar mediocampistas ofensivos que vayan al suelo, esa es una de las cosas que lo hace diferente.</p>
<p>Siguen las acciones y se acerca el final del partido. Como cada vez que me ha tocado ver en vivo un partido con resultado apretado, me atacan nuevamente los nervios, y recurro a ese vicio que no ayuda en nada, pero me da la falsa ilusión de la calma. Me miro las manos y veo el desastre en que se han convertido. Tantos años haciendo esto se notan. No importa, prefiero esto a destrozarme los pulmones, total, las uñas crecen. Dejo de morder mis uñas únicamente cuando el árbitro decreta el final. Aplaudo, agradezco y comienzo el camino de vuelta a casa.<br />
Regreso</p>
<p>Camino en dirección a avenida Marathon, y me deleito con el espectáculo que se forma al salir del estadio. Mucho júbilo, vendedores ofreciendo banderas, unos amigos tomando cerveza sentados en el piso húmedo y unos solitarios estallidos en el estacionamiento. Se van apagando las luces de la cancha y voy alejándome del estadio. La marea de chaquetas y camisetas azules me abraza y me cobija. Soy uno más, a punto de separarme de ellos por una semana, semana en la que llevo la vida normal que lleva todo hombre de mi edad. Trabajo, casa y obligaciones. Todas esas cosas que de un momento a otro, cuando está a punto de comenzar la jornada futbolera, van descendiendo en el escalafón de importancia. Al llegar a la casa, beso a mi esposa y abrazo a mi hijo, quien (cómo no) me pregunta por los detalles de mi periplo.</p>
<p>Yo le cuento, pero trato de no exagerar las emociones. Intento de todo corazón que mi relato se mantenga neutral, porque no quiero crearle expectativas muy altas. No es que sienta miedo de decepcionarlo, ese marco y esa aventura que es ir al estadio no podría decepcionar a nadie, pasa que yo quiero que él se enamore solo, tal como me enamoré yo cuando mi papá me llevó por primera vez al estadio; y es que hay cosas que solo se pueden vivir estando en la cancha.</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: La Primera Vez</title>
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		<pubDate>Thu, 27 Jul 2017 22:15:38 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Salen de casa conversando y diciendo chistes papá, mamá y el niño, quien se llama Diego. Suben al auto y toman rumbo al restaurant favorito del pequeño. Padre e hijo están de cumpleaños, pero esta vez le tocaba al niño decidir dónde irían a almorzar. Montaña China, bastante cerca de casa. Diego pregunta por qué van en auto si pueden llegar caminando y papá le contesta que es porque van a comer tanto, que se les va a hacer imposible caminar. Antes de salir papá echó al auto, sin que nadie lo viera, tres regalos envueltos. Se estacionan y son bienvenidos calurosamente. Antes de que el mozo les ofrezca algo para beber, llegan otros dos colegas suyos con un trozo de torta de chocolate y le cantan el “cumpleaños feliz” a Diego. Este sonríe y justo después de pedir los deseos y antes de soplar las velas, dice que no solo él está de cumpleaños y que si le cantaron, debían obligatoriamente repetir el acto para papá. Con una sonrisa tierna, los meseros acceden a la petición. Piden la favorita de Diego, parrillada china con dos porciones de wantán. Comen, se sacan fotos y se ríen mucho.</p>
<p>Papá se excusa y sale en dirección al auto. Cuando Diego lo ubica con la mirada, grita de inmediato: “¡Los regalos!” Papá se acerca a la mesa y aclara que no son los tres para él. Diego lo mira sorprendido y le pregunta por el destinatario de los otros. Papá los reparte: es uno para cada uno. Su mujer lo mira extrañado y le pregunta por el contenido de estos sobres. “Ábrelo, pues” le responde cálidamente su marido, a lo que ella obedece. Los tres sacan el contenido de las bolsas al mismo tiempo. Son camisetas actuales de la U. Diego se levanta rápidamente de su silla y se cuelga del cuello de su papá. Le da las gracias aproximadamente treinta veces y le dice que era lo único que él quería. El adulto lo abraza y contiene a duras penas el nudo en la garganta. Sabe que lo mejor está por venir, pero se ciñe a su plan de mantener la gran sorpresa hasta el último instante. Paga la cuenta y al salir del restaurant, le aconseja al hijo que se pruebe la camiseta para ver si no es necesario cambiarla. El objetivo de este movimiento es que el niño se quede con la camiseta puesta, pero al verlo caminando desde la mesa hasta la entrada le parece un poco más alto que el día anterior y quiere comprobar que la camiseta le anda bien de talla. Diego obviamente hace caso y se la prueba. Le queda perfecta, tanto que se detiene frente a un espejo a mirarse, y papá lo mira enamorado y satisfecho. Ha triunfado, su hijo camina por la misma vereda que él y que su padre. Con el pecho lleno de orgullo le dice que van a llegar justo a la casa a ver el partido de la U.</p>
<p>Mientras sube al auto y se amarra el cinturón de seguridad, Diego piensa que este día roza la perfección. Amaneció de cumpleaños, a papá le encantó la tarjeta que él mismo le diseñó y escribió, comieron su comida favorita y ahora se dirigen a la casa a ver el partido de la U. Él, en su inocencia y poco conocimiento, no sabe tanto de fútbol como parece saber su papá, por lo que se preocupa de poner mucha atención cada vez que su progenitor desliza un sabio comentario acerca de las acciones que se ven a través del televisor. Diego ya tiene 10 años,  y no quiere quedarse atrás en cuanto al manejo conceptual del fútbol. En lo práctico va muy bien; su papá le enseña y lo felicita constantemente, y en los recreos en el colegio marca goles casi siempre. Según escuchó, el partido de hoy es bastante importante, la U se juega meterse dentro de los tres primeros. Papá comentó ayer que se cayeron los dos punteros, lo que otorga la posibilidad cierta de entrar en la pelea por el título. Pero primero hay que ganar. Diego enumera las cábalas que tienen con papá para ver los partidos y se promete no fallar en ninguna, pero se extraña un poco al ver que el auto no dobla en la calle que debiese hacerlo, si no que sigue de largo y toma la Panamericana. Se imagina varias situaciones, pero ninguna de ellas se acerca siquiera a lo que va a suceder realmente.</p>
<p>La mujer se da cuenta de que su marido no dobla donde siempre y le pregunta si va a tomar la ruta más larga. El conductor del auto mete la mano al bolsillo y saca tres hojas impresas en escala de grises. Le guiña el ojo en un acto de complicidad y ella lee en silencio el contenido de esas hojas. Su corazón acelera el ritmo y mira a su esposo con expresión genuina de amor. Él, detallista como siempre, se había encargado completamente de que todo fuera una sorpresa, incluso para ella. El momento más importante en su vida de pareja fanática estaba por llegar. Mientras toman la salida hacia Parque O’higgins, ella recuerda varios momentos claves en que la U estuvo presente como un lazo invisible de unión y encuentro entre ellos. Cuando se conocieron por allá por el año 2011, las vueltas olímpicas dadas juntos en el estadio, los clásicos ganados y perdidos, las eternas conversaciones sobre el equipo y muchos otros que ella se esfuerza por retener.</p>
<p>Papá baja del auto a cargar bencina, y cuando están listos para partir nuevamente, le pide a su esposa que cubra los ojos de Diego hasta que él le indique y que se siente a su lado, para que el niño no haga trampa bajando la bufanda que usan como venda. Llegan al estacionamiento y ambos asisten a Diego para que baje del vehículo. Este se siente confundido y ansioso, e intenta en vano distinguir los sonidos que va escuchando cada vez más cerca. Es como un susurro, pero a un volumen muy alto. Escucha a papá que dice “ya” y siente las delicadas manos de mamá desatando el nudo de lo que le cubre los ojos. Al principio ve borroso, y tiene que hacer un esfuerzo para enfocar y aclarar la imagen que está recibiendo. Solo ve una gran sombra azul, pero como esto ya le ha pasado antes, espera que sus ojos se desempañen solos. Le pide a papá que pare, mientras piensa que no puede ser cierto lo que él cree que está ocurriendo. Su visión ahora sí es nítida, y mientras más claro ve, más increíble le parece. Mira a sus papás, se le arrancan unas lágrimas delgadas y los abraza. Les da las gracias, les dice que es la mejor sorpresa que le han dado en toda la vida y los toma de la mano para que le indiquen hacia dónde deben caminar.</p>
<p>Diego aún no sabe que lo que más lo va a impresionar es la bienvenida que la hinchada le da al equipo. No imagina tampoco que a lo largo de su vida va a querer pasar la mayor cantidad de tiempo posible ahí, en ese mismo lugar. Desconoce que ese es el punto inicial del romance más incondicional y sincero que va a conocer a lo largo de su vida. Diego simplemente camina tomado de las manos de sus papás, y mientras sube las escaleras ve el pasto más verde que nunca, y sus ojos se llenan definitivamente de azul.</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: Volvieron los abrazos</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Jul 2017 01:36:54 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[<p>Como cada comienzo de campeonato, Jaime se dispone a juntarse con su hermano. La tradición comenzó en febrero del 2004, cuando por primera vez vieron juntos un debut del cuadro del que ambos son fanáticos. La vida corre por caminos inesperados a veces; y es por esto que no siempre lograron juntarse. Pero cada vez [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Como cada comienzo de campeonato, Jaime se dispone a juntarse con su hermano. La tradición comenzó en febrero del 2004, cuando por primera vez vieron juntos un debut del cuadro del que ambos son fanáticos. La vida corre por caminos inesperados a veces; y es por esto que no siempre lograron juntarse. Pero cada vez que lo hicieron, su equipo ganó. Lo hicieron el 2005, viendo en vivo y en directo el gol de Canío; también esa calurosa tarde de enero del 2006 en una schopería que quedaba cerca del trabajo de Jaime; fueron a Pedrero en 2008 para ver el triunfo sobre Deportes Concepción; y así muchas veces. Para el año 2011 ya era una linda e impostergable tradición eso de que estos hermanos se juntaran a ver la primera fecha de cada campeonato.</p>
<p>Crecieron en una modesta casa del barrio Matta Sur, y más allá de la relación familiar, siempre fueron mejores amigos. Jaime era dos años mayor que Claudio, y lo fue instruyendo en los aspectos de la vida que a esa edad necesitan asistencia. Cuando Claudio se cayó de la bicicleta y se quebró el brazo, fue Jaime quien lo llevó en sus espaldas hasta la casa. Los consejos para pedirle pololeo a Jimenita se los pidió a Jaime, quien a pesar de no haber recorrido aún los laberintos  del amor, poseía el conocimiento necesario para guiar a su hermano menor. Como iban en el mismo colegio, Jaime le resumía los textos de lectura complementaria para que a Claudio se le hiciera más fácil leerlos y comprenderlos. Jaime fue, a la larga, un hermano mayor con todas sus letras. Cuando murió papá, Claudio sufrió un dolor jamás antes experimentado, se sintió desfallecer varias veces, y, como en ocasiones anteriores, fue su hermano Jaime quien lo levantó de a poco.</p>
<p>Los caminos de la vida, como dice un amigo, no son los que uno esperaba, y cuando Claudio comunicó en la mesa lo que había decidido para el resto de su vida, Jaime y su mamá se miraron y comenzaron a reír. Claudito, muy serio, dijo que era verdad, que esperaba el apoyo de los que estaban ahí cenando y que dejaran de reírse. Cuando Jaime y mamá se dieron cuenta de que el “conchito” estaba hablando en serio, le dijeron que por supuesto, que a todas con él y que lo ayudarían de la forma que necesitara.</p>
<p>Jaime se acuerda de todas estas cosas mientras cierra con llave y palpa sus bolsillos comprobando que no le falta nada. Mira su reloj y se felicita, va con tiempo de sobra, como a él tanto le gusta. Toma el metro y llega al terminal cuarenta minutos antes de la salida del bus. A mitad de semana había conversado con su hermano, el que le había dicho que viajara no más, que ahí él arreglaba los horarios, porque los sábados trabaja. Como falta aún para la salida del bus, se dirige al videojuego de fútbol. Sonríe al recordar las veces que viajaban y pasaban a ese video a gastar un par de monedas y se sorprende al pensar en los años que debía tener ese videojuego.</p>
<p>Aborda el bus y abre el tarro de papas fritas y la bebida que compró en el supermercado. Busca un cuento en su libro de Eduardo Sacheri y comienza a leerlo. Se emociona un poco y recibe con gusto un ataque fulminante de recuerdos. No se resiste; se entrega al caluroso vaivén que le brinda la evocación de momentos pasados y quizás mejores. Piensa en mamá, recuerda sus gestos y al concentrarse un poco más, puede incluso sentir el olor que había en la cocina cada vez que ella hacía ese estofado del que Jaime se consideraba devoto. Cierra los ojos para conectarse aún más con ese pasado y acude imaginariamente a una preciosa escena. Papá jugando a la pelota con los niños en la plaza y en un banco, no muy lejos, mamá tomando mate y observándolos con dicha. No es una alegría cualquiera, efímera o limitada. Lo que su mamá transmite a través de su sonrisa ancha,  sus ojos achinados y las arrugas de su frente era dicha. Jaime abre los ojos y la chica que va a su lado le extiende un pañuelo. Por su mejilla izquierda abre surcos una lágrima gruesa, no de pena ni de euforia, si no de emoción. Recibe el pañuelo, da las gracias, se seca la lágrima, gira levemente sobre su derecha quedando completamente de frente a la ventana y se suena, ni muy estridente ni muy sigiloso. Guarda el papel sucio en el tarro vacío y le explica a la chica que se acordó de algo. Ella le dice que no hay problema, que está todo bien y se vuelve a meter en su celular.</p>
<p>Jaime revisa su propio aparato y ve que tiene un mensaje de su hermano. “No me vayas a buscar en la iglesia, espérame en el terminal. Abrazo”. Al llegar y encontrarse, se funden en un abrazo caluroso y silencioso, pero mucho más elocuente que el abrazo virtual que Claudio le mandó vía mensaje de texto. Jaime llora. Claudio también. No ha pasado tanto tiempo desde su último encuentro, pero el cúmulo de recuerdos que Jaime ha recibido lo trae en vilo emocionalmente. Se dirigen a la única schopería que hay en Las Cabras y son saludados afectuosamente por Don Benito, el dueño y mesero del local. Se sirven una cerveza de litro y una chorrillana y van comentando el partido. Cuando Monzón levanta la pelota, Claudio dice “ahí viene” y se sienta más al borde de su silla, como preparándose para saltar a cabecear. Gol del chico Arancibia. Hablan de lo lindo que debe ser anotar en el primer partido que uno juega en el equipo de sus amores. Al ver el segundo gol, se abrazan durante más tiempo, como si supieran que no habrá más anotaciones esa tarde.</p>
<p>Llega el pitazo final y se dan el penúltimo abrazo de esa jornada. Llenos de júbilo se dirigen al terminal de buses, se dicen lo mucho que se quieren, se prometen verse pronto, se abrazan por última vez en esa soleada tarde de sábado y se van cada uno a su destino; Jaime a su departamento en el centro de Santiago y Claudito al convento. Ellos no lo saben, pero ambos están pensando lo mismo. Ambos están pensando que volvieron los abrazos.</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: «Gracias Papá»</title>
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		<pubDate>Thu, 13 Jul 2017 13:20:39 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Me levanté temprano. En todo caso, decir “me levanté” es un eufemismo porque me acosté pero no pude pegar un ojo en toda la noche. Qué día este. No puedo creer que me he arreglado tanto para una despedida, y me duele tanto esto. No sé si es dolor, o rabia, o qué. Pero aquí estoy, me miro frente al espejo y me parece que tengo unos diez o quince años más de los que en realidad tengo; estos tres días me han envejecido y me han golpeado bastante, por eso mi aspecto demacrado no me sorprende al ver mi reflejo. Fue todo tan rápido, pienso mientras deslizo la hoja de afeitar sobre mi mejilla izquierda. No tuve tiempo ni para prepararme, aunque ¿quién está preparado para esto? Uno sabe que este momento indefectiblemente va a llegar, pero la incertidumbre va ligada con la felicidad, entonces uno no pierde el tiempo preparándose para estos eventos. Me pongo la camisa azul que tanto le gusta a mi papá e inspecciono que llevo todo. Ah, falta algo. La pongo en mi camisa y listo. Antes de cerrar la puerta miro el living detenidamente y reparo en el viejo tocadiscos sobre cuya cubierta me miran dos entradas. Dos entradas para el partido de esta tarde. No es menor, ni es un partido cualquiera. Semifinal vuelta contra Chivas de Guadalajara, en el Nacional.</p>
<p>Las compramos apenas salieron a la venta y nos juramos que íbamos a estar ahí alentando a la U. Salgo de la casa, voy en micro pensando en las palabras que voy a decir. Quiero decir tantas cosas que no logro armar un discurso coherente en mi cabeza. No sé cómo van a ser recibidas mis palabras, pero eso ya no es problema mío, las palabras dejan de ser tuyas en cuanto salen de tu boca. Llego a la cita y veo a toda la gente que esperaba ver. No me sorprendió la gran cantidad de gente que había, pero sí el número de personas que me saludó y que yo no conocía. “¿Estás bien?” Fue la pregunta más común y que más veces contesté de la misma forma: “sí, ya va a pasar”. La verdad es que me moría de ganas de decirles a todos: “no, estoy como la mierda y me encantaría que todos ustedes se desaparecieran de mi vista”, pero seamos honestos, yo jamás le contestaría así a alguien y tampoco era el momento de perder la compostura.</p>
<p>Terminada la ceremonia que siempre se da en estos casos, me dirijo cabeza gacha hacia el lugar exacto de nuestro último encuentro. Están esperando que diga lo que quieren escuchar, yo creo. Me paro y miro hacia el lado, siempre con la cabeza gacha. Ahí están tus restos mortales, los que vinimos a despedir hoy; levanto la vista, los miro a todos, miro la piocha con la insignia de la U que tengo en la camisa y comienzo: “Nadie nos prepara para la muerte, menos para la de una persona tan significativa en nuestras vidas”. Vienen a mi mente muchos recuerdos que me causan un nudo en la garganta. Las vacaciones, esa primera vez y todas las otras veces que fuimos juntos al estadio, la casa, los asados, cumpleaños, y varios otros. Carraspeo y toso para continuar. “Quiero agradecerles a todos que estén aquí, eso demuestra que se preocuparon y que quisieron a este hombre. Varios me preguntaron si estaba bien y la verdad es que no, estoy pésimo aunque les haya contestado que sí estaba bien. Todos sabemos que aquí está mi papá, pero no está realmente. Cada vez que nosotros nos acordemos de él, cada vez que nos reíamos de algo relacionado a él, pensemos en sus historias, sus arreglos y cosas, ahí va a estar él. Yo personalmente tengo una conexión a través de algo mucho más potente que los recuerdos. Está aquí, en mi pecho, tiene esta forma, es la U. La U entre nosotros era un punto común, un tema de conversación que nos unía. La pasión por la U no es algo trivial, y nunca lo fue así entre nosotros. Vivíamos la pasión de una forma muy parecida.</p>
<p>Fue él quien me enseñó estos colores, y a través de ellos he pretendido vivir mi vida. Él me dijo cuando niño, que para ser de la U había que estar operado de los nervios, y así fue como aprendí que debía vivir mi vida. Luchando, peleando contra muchos y mucho. Ser de la U no es fácil, me dijo él. Tienes que estar preparado para la adversidad, para que todo te cueste el doble, pero debes aprender a no rendirte jamás. Habrá veces en que no tendrás nada más que aquello en lo que crees. Aférrate a eso”. Me sequé las lágrimas y finalicé: “Si no me rindo es porque me aferro a lo que creo. Son las cosas en las que creemos las que nos definen, no podemos vivir sin ellas, porque perderíamos nuestra esencia”.</p>
<p>Bajé de ahí y me enfrenté a uno de los dolores más fuertes que he sentido en mi vida. Voy a extrañar tus abrazos de gol, esos que iban acompañados de una sonrisa limpia.</p>
<p>Llego a la casa y abro la puerta. Todo está tal como lo dejé al salir, pero se siente una ausencia. No va a ser lo mismo, está claro, pero más temprano que tarde voy a tener que acostumbrarme a ello. Me preparo unos tallarines blancos con aceite y me meto a la ducha. Ya lo había hecho en la mañana, pero tenía la necesidad de limpiarme de nuevo, purificarme y recargar energías. Al salir, veo las entradas. Me siento en la silla que está frente al tocadiscos y me quedo mirándolas fijamente. “Voy a ir” me digo, decidido, cuando el corazón me da uno de esos vuelcos agresivos. “No, no voy, ya está” y el corazón no hizo nada. Con calma, con movimientos metódicos y calculados, me pongo la camiseta de la U, esa LG del 2003 manga larga que mi papá me había regalado esa navidad. Tomo una entrada y salgo rumbo al Nacional.</p>
<p>¿Por qué una? Quizás usted señor lector, pensó en lo obvio. Esa entrada estaba reservada para mi papá y no podía legarla a nadie más. Tiene razón señor lector, pero no completamente. La razón es más compleja. Es cierto, mi papá no va a usar esa entrada. Tampoco es que la muerte me haya incinerado el cerebro y yo pensara en llevarlo como “amigo imaginario”. Mi papá sí va a estar, pero ayudando a nuestro arquero a poner las manos, ayudando a nuestros defensas a cerrarles los espacios al rival, iluminando las mentes de nuestros mediocampistas para meter el pase preciso, desviando hacia el arco los remates de nuestros delanteros y guiando a nuestro técnico para que no se equivoque en los cambios, y para eso no necesitaba una entrada.</p>
<p>Mi papá no va a estar ausente, ni ahora ni nunca. Estoy seguro de que cada vez que juegue la U, él va a estar haciendo fuerza desde el cielo, y cada vez que hagamos un gol, él va a bajar sus brazos mientras yo alzo los míos, para trenzarnos en una celebración de gol eterna e inmortal, porque la U es y será el puente que nos mantiene unidos. Vamos la U, gracias papá.</p>
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		<title>Crónicas de Nacho Márquez: «A Carlitos lo conocimos cuando chico»</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jun 2017 01:47:06 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>A Carlitos lo conocíamos desde chico. Él nació unos años después que la mayoría de los muchachos que conformábamos el grupo de amigos de la cuadra, entonces se convirtió en nuestro compañero de juegos cuando ya no se notaba tanto la diferencia de edad. Él tenía 8 y nosotros 10 en promedio. Ese verano, nuestro delantero estrella Pablito se hizo un esguince en el tobillo jugando fútbol en la calle, y para no dar tanta ventaja jugando con uno menos, llamamos a Carlitos. Recuerdo que yo mismo le dije que se parara de delantero a ver si embocaba alguna, y también les dije a los rivales que fueran benevolentes con nuestro atacante de bolsillo. Parecía jugador de torta al lado de los muchachos rivales, pero cuando el Borracho (le decíamos así porque se tomaba los conchos de vino en las fiestas de la cuadra) le tiró el primer pase, Carlitos miró la pelota, controló dirigido con el borde externo del pie derecho, pasó la pelota por encima del defensa que le sacaba mínimo dos cabezas de diferencia y enfiló solo hacia el arquero, que salió a achicarle el ángulo. Con la gambeta elevada se le fue la pelota un poco hacia el costado, así es que frenó, pasó la zurda por encima del balón haciendo pasar al arquero de largo y cuando todos creímos que iba a rematar, pisó el balón dejando al arquero desparramado, saltó la patada que este le tiró y empujó la pelota a través de las dos piedras que hacían de arco.</p>
<p>Quedamos de hierro, como estatuas. El enano venía corriendo hacia nosotros gritando el gol con una euforia descontrolada y la verdad es que nos costó reaccionar; el truco que había hecho con la pelota y cómo había dejado al arquero no lo habíamos visto nunca en vivo. Veíamos las imágenes que nos llegaban por las noticias de Maradona en Boca, que hacía cosas parecidas, pero nuestro Carlitos tenía 8 años. Al final tuvimos que correr en su dirección, pero no para abrazarlo, si no que para detener al golero, que salió furibundo a perseguir a nuestro nuevo chiche. Dejamos el partido hasta ahí para evitar que se armara una grande y cuando fuimos a comprar bebidas para matar la sed que nos había producido jugar a las 5 de la tarde en pleno enero, le preguntamos directamente a Carlitos si era primera vez que hacía algo así. Nos dijo que no, que cuando jugaba con sus primos los fines de semana, él hacía cosas parecidas con la pelota y que los primos le decían que era súper bueno, que él mismo les había dicho a sus papás que lo llevaran a la U, pero que no tenían tiempo y que su abuela le había jurado que apenas se recuperara del dolor de rodillas que le producía su artrosis, lo iba a llevar.</p>
<p>A la U. ¿Por qué a la U? En ese grupo de amigos, varios eran del lado blanco de la vida, pero el Borracho, Pablito y yo éramos azules, así es que si se trataba de convencer a alguien, yo, que tenía más verborrea y poder de convencimiento generalmente triunfaba; en otras palabras, el hecho de que Carlitos fuera de la U era responsabilidad mía. Habíamos ascendido hace poco, y la alegría de los hinchas azules era mi principal argumento. Jugamos en los potreros, es cierto, pero nosotros propiamente no éramos de un nivel socioeconómico alto y teníamos arraigada la cultura del esfuerzo y el sacrificio, como el pueblo azul. Sabíamos a nuestros tiernos diez años lo que era luchar por lo que queríamos.</p>
<p>Así que Carlitos fue azul. Desde ahí iniciamos una especie de campaña para que lo llevaran a probarse en la U, campaña que fue un total éxito. La cosa es que el talento y el esfuerzo lo llevaron a escalar todas las divisiones inferiores para ponerse por primera vez la azul del primer equipo el año 1999. Nosotros ya íbamos al estadio, vivíamos en el mismo barrio o cerca de ahí y lo más importante es que seguíamos siendo amigos. Yo era socio del club, así es que Carlitos no me tuvo que regalar entrada para ir a verlo en su debut. “El profe me dijo que voy de titular” nos dijo a Pablo, al Borracho y a mí con lágrimas a punto de salir de sus ojos, bien agarrado de la mano de su polola Romina, que llegó a vivir ahí a nuestro barrio cuando teníamos doce, y enamoró al Carlitos inmediatamente. Lo malo de eso es que los otros dos vieron el partido en Marquesina y yo en galería, así que nadie me vio llorar cuando bajo el saludo de la hinchada, el “sale león”, los papeles picados, el humo azul y rojo y el artificio, salió el equipo a la cancha, con el Carlitos, nuestro Carlitos detrás del capitán. Ganamos 2-0 con un gol de Carlitos casi al final del partido, y creo que ese ha sido el gol que más he gritado, porque lo hizo Carlitos, y a Carlitos lo conocíamos desde chico. Después de dos vueltas olímpicas, al muchacho se lo llevaron a Europa, donde cumplió con creces lo esperado, sacando campeón a un equipo de medio pelo de Italia y a otro de Alemania.</p>
<p>El Carlitos estaba jugando la Champions cuando se cortó el tendón de Aquiles. Cuando lo vimos por la tele se nos vino la noche a todos, porque a Carlitos lo conocíamos desde chico. Fue un golpe durísimo, y quiso hacer la recuperación con los médicos de la U, decisión que cayó pésimo en la dirigencia alemana, que amenazó al zurdito del barrio con rescindir su contrato si partía sin autorización. Carlitos, desobediente como nunca, viajó igual. Cuando nos vio en el aeropuerto, se puso a llorar como un niño, como cuando se cayó del árbol por estar robando limones donde la vecina Carmen. Armándonos de valentía, le dijimos que no se preocupara, que al calor del barrio lo íbamos a levantar y volvería a ser el mismo de antes. Físicamente esto se cumplió, pero en cuanto al marketing ese del que tanto se habla hoy en día, la imagen de Carlitos quedó destrozada: lo tildaron de irresponsable, de flojo y en Europa hasta corrió el rumor de que había dado positivo en un control dóping; cosa que no podía ser cierta, porque Carlitos era un muchacho sano y limpio, quién más que nosotros podía saberlo, nosotros que lo conocíamos desde chico. Muchos le dieron vuelta la espalda, pero cuando volvió a instalarse a la casa de su abuela, le vimos de nuevo la sonrisa amplia, esa que mostraba cuando hacía un gol, o cuando la Romina le contaba algún chiste (francamente eran pésimos, pero se amaban tanto que él les encontraba la gracia). En enero, coincidentemente, sonó el teléfono de la casa del Carlos. Yo venía llegando de la feria y cuando terminé de guardar la verdura, golpearon la puerta de modo frenético. “¡Abre José, apúrate!” Era Carlitos, quien venía desbordante de felicidad. Me imaginé que lo habían llamado de Europa, o de Argentina, porque en la tele habían dicho algo de que Argentinos Juniors estaba interesado en él. Al abrir me abrazó tan fuerte que casi me botó, y me dijo: “Me llamaron de la U, José, quieren que juegue por la U de nuevo”. Y a mí me recorrió un escalofrío por la espalda, conteniendo la emoción le pregunté si quería ir y me respondió que era lo único que quería ahora. Habíamos hablado antes de su regreso, y él dijo que quería volver al fútbol en el club de su vida, la U de Chile.</p>
<p>Cuando lo presentaron fuimos con mi mujer y la Romina a la conferencia de prensa. Pablito y el Borracho llegaron casi al final con sus mujeres porque andaban trabajando y se escaparon en la hora de colación, pero cuando salimos nos abrazamos y creo que todos recordamos ese abrazo de años atrás que nos dimos cuando lo aceptaron a Carlitos después de la prueba en la U. Anoche no pude dormir nada, porque hoy se reestrena el chico del barrio con los colores más lindos del mundo.</p>
<p>“Sale león”. Ahí viene el equipo, miro a los muchachos y ahí viene Carlitos, con su sonrisa amplia, con la camiseta de la U, con su bebé en brazos y saludando a la barra. Me devuelvo hacia los muchachos y estamos los tres sentados en el tablón, llorando desconsolados de la alegría y la emoción, porque a pesar de todo lo malo y lo bueno que tuvo que pasar, Carlitos había vuelto a jugar por la U, y a Carlitos lo conocíamos desde chico.</p>
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		<title>Los milagros de la pelota</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Jun 2017 19:46:11 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[Cuadro mágico]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Siéntense chiquillos, les voy a contar una historia inédita. No me mires con esa cara, Gabriel, inédita significa que no la he contado antes. Bueno, comienzo. Juanito era un chico tranquilo, que vivía en una época donde la vida no era tan afectada por la convulsionada realidad que conocemos actualmente. Era habitante de un pueblo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Siéntense chiquillos, les voy a contar una historia inédita. No me mires con esa cara, Gabriel, inédita significa que no la he contado antes. Bueno, comienzo. Juanito era un chico tranquilo, que vivía en una época donde la vida no era tan afectada por la convulsionada realidad que conocemos actualmente. Era habitante de un pueblo pequeño, en el que quedaban pocos niños y que mantenía un estilo de vida apacible, incluso hasta contemplativo. Y es que a los habitantes mayores les encantaba sentarse a mirar pasar el tiempo. Si era verano o el sol calentaba lo suficiente, lo hacían desde las bancas de la plaza o los antejardines de sus casas; si era invierno o el frío dinamitaba la primera opción, los viejos miraban a través de los amplios ventanales y acompañados del grato calor de alguna estufa a parafina, una taza de café y los gatos.</p>
<p>Mientras los mayores dilapidaban así sus horas libres, los niños se juntaban en una plaza menor a jugar. Tenían el recaudo de no alterar la apacible tarde de los vecinos con voces demasiado tronadoras o artefactos bulliciosos. De entre los muchos juegos que practicaban, el favorito de Juanito era el fútbol. No recordaba una tarde sin jugarlo, y aparte por televisión veía algunos partidos, lo que aportaba en la construcción de su fanatismo. Su padre no ponía grandes esfuerzos en que Juanito se convirtiera en un acérrimo hincha del fútbol o de algún equipo. Si bien es cierto que era hincha del colo-colo “porque es el que más gana”, no era un fanático empedernido que viajara a la capital a ver en vivo y en directo las aventuras y desventuras de su equipo.</p>
<p>Tampoco era de esos que se sentaba frente al televisor para ver un partido completo. Tomaba el fútbol más bien como un pasatiempo liviano, superfluo. A diferencia de su padre, Juanito sí estaba comenzando a sentir un cariño especial por el deporte, y contrariamente a la norma, por el equipo archirrival del colo-colo. Juanito se sentía atraído por el equipo azul, al que por cierto jamás había visto campeón. Sin ir más lejos, algunos años atrás Juanito había comprendido el significado de la palabra decepción cuando esos azules que le estaban empezando a gustar, perdieron la categoría, descendiendo a la segunda división. Él lo había tomado de forma muy madura; supo de algunos adultos que habían llorado desconsoladamente frente al televisor durante horas, y al salir a la calle a juntarse con sus amigos, estos, compasivos como siempre, no se habían dedicado a burlarse, si no que se apuraron en calmar cualquier atisbo de pena que demostrara Juanito.</p>
<p>La historia que les quiero contar ocurrió en una cálida y agradable noche justo antes del comienzo del verano. Como todos los días, Juanito se dispuso a sacar a pasear a su perro. Cambió sus shorts por jeans y se abrigó el tren superior con un polerón azul con gorro gris que le encantaba. Tomó dos bolsas para recoger las necesidades sólidas que su perro desparramaría en la calle, se inclinó para acariciarlo y ponerle la correa, se despidió a viva voz de sus papás y salió. Vio la hora en su pequeño reloj con la cara de Mickey Mouse que su tía le había traído desde Santiago y dedujo que sus amigos estarían despiertos. Primero pasó por la casa de Fernando, que le quedaba de camino. Fernando veía tele hasta tarde y seguramente no tendría problemas en acompañarlo en su paseo canino. Gritó y tocó la puerta varias veces, pero nadie abrió. Se retiró extrañado y se dirigió a buscar a Cristián. Súbitamente recordó que Cristián se había ido a La Serena el fin de semana a la casa de su tía Patricia, quien tenía unas hijas de Padre y Señor Nuestro, y que volvería recién después de las fiestas de fin de año.</p>
<p>No le quedaban opciones de compañía, o quizás sí, pero sabía perfectamente que era incapaz de invitar a pasear a Margarita, los dos solos. Se escudó ante la reprimenda mental que se dio a sí mismo con el argumento de que a ella no la dejarían salir a esta hora. Así es que finalmente se resignó a realizar su caminata solo. Su perro Micky hizo caca en el mismo árbol que todos los días, por lo que Juanito se preparó sacando la bolsa con anterioridad. Botó la bolsa en el mismo basurero de siempre y al doblar en una esquina, sus ojos se empaparon de la imagen de la calle Rogelio Ugarte, a medio pavimentar, como toda la vida, con árboles y focos a ambos costados. Esa noche la calle lucía extrañamente vacía, incluso sintiendo la ausencia de Don Ernesto, un caballero sesentón que todos los días a esa hora se sentaba en una mecedora al lado de la puerta y saludaba a todos los que por ahí pasaban.</p>
<p>Enfiló Juanito por esa calle cuando recostada en el centro de la calle vio una figura esférica a unos cincuenta metros de distancia. Obviamente, lo primero en que pensó fue en un balón, pero rápidamente recordó que en el pueblo solo dos niños tenían balones, Fernando y Cristián. De ambos, solo el primero podía ser el dueño de esa pelota, ya que Cristián no salía de su casa sin la suya, sin embargo, a medida que se fue acercando vio que el balón que yacía ahí era uno reluciente, marca Adidas, modelo Questra, como el que se usó en el mundial de Estados Unidos, o en el campeonato nacional.</p>
<p>Juanito miró hacia todos lados buscando alguien que le ordenara el naipe, o que le explicara cómo había sucedido esto. Pero la calle seguía desierta, y algo en el aire parecía susurrarle al oído que nada iba a cambiar. Era él, su perro y la pelota. Los cobijaban una penumbra agradable y un delicioso olor a noche plácida. Como cualquier niño que se precie de tal, levantó la pelota, la dominó tres veces y la amasó con la planta del pie en cuanto la pelota volvió al piso. Comenzó a conducirla por la calle, ya sin pensar en los vecinos, o en sus amigos, o en Margarita, o en el resto del universo. La conducía y se imaginaba a sí mismo gambeteando rivales, pateando al arco y dejando al arquero rival sin opción de tan colocado el remate. Micky corría a su lado, formando parte de la felicidad de Juanito, pero sin interrumpirla, ni mucho menos comprenderla; el perro solamente corría. Juanito estaba ya sudando por el esfuerzo, y cuando ya había anotado una cantidad inverosímil de goles, se detuvo.</p>
<p>Paró en seco y al bajar la vista para matar la pelota bajo la suela de su zapatilla, sintió un repentino arranque de extrañeza, sorpresa e incluso miedo. No vio su zapatilla negra con gris, si no que un zapato de fútbol amarrado en el empeine como los profesionales. Al ampliar levemente la imagen, la calle se había transformado en una cancha de pasto y él estaba parado sobre al manchón blanco que marca el punto del penal. Siguió mirando a su alrededor y se percató de que desde fuera de la cancha tronaban cánticos de estadio, pero no como un gran coro como se escuchan por la televisión. Estos eran cánticos que llegaban a través de voces nerviosas y contenidas. Se concentró y se sintió capaz de distinguir a cada uno de los emisores de esos cánticos. Se miró a sí mismo, enfocándose específicamente en su camiseta, y ahí la cosa ya tomó tintes épicos.</p>
<p>Porque la camiseta que llevaba puesta era a listones, azul, brillante y con una U muy grande en el pecho, manga corta, con un “Chilectra” que la cruzaba horizontalmente y marca Avia. Se giró para mirar qué número traía en la espalda. Era el 8. Miró detenidamente a sus compañeros y ahí estaban los jugadores que lo acompañaban a través del televisor todos los fines de semana. Vargas, Delgado, Castañeda, Musrri, Valencia, Aredes, Guevara, Fuentes, Salas e Ibañez. Trató de distinguir a un rival, pero solo pudo darse cuenta del color de sus camisetas: blancas con naranjo. Estaba en El Salvador, parado en el punto penal, 0 a 1 en el marcador, poco tiempo en el reloj, 25 años de frustraciones, y él con la posibilidad cierta de torcerle la mano al destino. Pateó con el alma al centro del arco, gol, 1 a 1 y listo. Se arrodilló para celebrar y al ponerse de pie, volvió en sí.</p>
<p>Se me había olvidado decirles algo muy importante, la fecha era 17 de Diciembre de 1994. Juanito condujo el balón hasta el sitio exacto donde lo había encontrado, acarició a su perro, se secó el sudor que le poblaba el rostro y se dijo que no podían perder, que el campeonato iba a ser suyo. Muchos años después, por ahí por el 2011, Juanito, quien había conservado el diminutivo a pesar de los años, sacó a pasear a su nueva compañía canina. Aún masticaba la rabia por un partido perdido a mitad de semana, 0 a 2 y que los dejaba con pocas chances de levantar nuevamente la copa, pero al llegar a la esquina, tomó la calle Rogelio Ugarte y al aguzar la vista, vio un balón esperándolo en la calle. Juanito solamente sonrió.</p>
<p><strong>Por Nacho Márquez</strong></p>
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		<title>Mi enfermedad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 06 Jun 2017 19:05:13 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
		<category><![CDATA[Cuadro mágico]]></category>
		<category><![CDATA[Mi Enfermedad]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Mi enfermedad Por Ignacio Márquez Verá doctor. Yo no estoy muy convencido de esto, pero quiero hablarle de lo que siento. Algunos dicen que es un problema, me han dicho que es incluso una enfermedad. Yo no creo que sea tan así, pero vine igual. Más por darle en el gusto a los comentarios que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p><strong><u>Mi enfermedad</u></strong></p>
<p><strong>Por Ignacio Márquez</strong></p>
<p>Verá doctor. Yo no estoy muy convencido de esto, pero quiero hablarle de lo que siento. Algunos dicen que es un problema, me han dicho que es incluso una enfermedad. Yo no creo que sea tan así, pero vine igual. Más por darle en el gusto a los comentarios que por decisión propia, pero aquí estoy al fin y al cabo. Dicen que esto de la U me tiene enfermo. Le voy a contar en orden cronológico porque así no me desvío, comienzo.</p>
<p>Yo viví toda la vida con mis abuelos maternos, y la sangre por ese lado era blanca. Usted sabe a lo que me refiero. Mi tata específicamente era un hincha de ese lado: tenía carnet de socio y asistía al estadio. Mi mamá y mis tías también siguieron ese camino. La cosa es que él intentó hacerme hincha de ese cuadro. Me compró camisetas cuando yo tenía meses de vida; me vestía con esos colores y me sacaba fotos. Incluso me enseñaba los cánticos que salían en un viejo cassete que había en la casa. Lamentablemente para él, mi papá transitaba el camino de la vida por el lado correcto.</p>
<p>Él es azul de corazón. Contó que su papá trató de hacerlo hincha de la Unión Española, pero no tuvo éxito. Quizás esto sea genético doctor. Mientras mi tata (y mi padrastro después) trataban incesantemente de que yo fuera del lado blanco de la vida, mi papá hacía pocos o nulos esfuerzos por encarrilarme. Hasta que tuvo la genial idea de llevarme al estadio. Recuerdo casi perfectamente esa Noche Azul, año 1997, no recuerdo el rival contra el que jugaba la U, pero es un detalle. La cosa es que llegamos al Nacional temprano. Los luchadores del sentimiento blanco nunca tuvieron la idea de llevarme al estadio, quizás las cosas hubieran sido totalmente distintas y no estaríamos aquí, doctor. La cosa es que entramos al Nacional y subir las escaleras me impactó. Como llegamos temprano había poca gente. Resulta que conforme avanzaba la hora llegaba gente, y gente y más gente. Estaba llenándose el estadio, y  mi corazón latía cada vez más fuerte. Se hizo de noche y por los altoparlantes del estadio anunciaron que comenzaría a ingresar el nuevo equipo a la cancha. En ese preciso instante, la hinchada comenzó a cantar el clásico “Sale León”. Y le juro doctor, fue terrible la sensación. Al principio me asusté, pero luego me vino una emoción cerca del pecho que no podía controlar. Me entró una mezcla de nervios con ansias y me puse a cantar. Ahora recapitulando creo que ese fue el primer momento de “tensión-pre-traición” a los blancos pero no me importó nada en ese instante. Seguí cantando y en el codo sur-oriente armaron un chuncho gigante con globos. Era algo hermoso y asombroso ante mis ojos de niño. Ahora estaba acompañando la interpretación con pequeños saltitos. Y de repente, sale el equipo a la cancha. Una explosión de gritos, aplausos y el volumen que subió drásticamente. Yo quería sentirme parte de esa fiesta y seguí cantando. Humo azul y rojo, papeles, fuegos artificiales y el relator del estadio diciendo: “Bienvenidos jugadores de la Universidad de Chile”, completaban ese momento perfecto, interminable, inmaculado. Se calmaron un poco los ánimos y se aplaudía a los jugadores cuando los nombraban. Comenzó el partido. Acompañaba los cánticos, preguntándole a mi papá por las letras cuando no podía captar lo que decían “Los de Abajo”. La cosa es que terminó el partido y mi papá me fue a dejar en el auto, mientras yo lo llenaba de preguntas. “¿Por qué se llaman Los de Abajo? ¿Cuándo juega la U contra colo colo?” Y la más importante, esa pregunta que detonó por fin la explosión de amor que había comenzado hacía pocas horas y que determinaría el camino inquebrantable que mi existencia iba a seguir desde ese momento: “¿Cuándo venimos al estadio de nuevo?”</p>
<p>Quería y deseaba fervientemente ir de nuevo al estadio, porque me sentí parte de algo, porque sentí que los jugadores escuchaban el canto de esos fervorosos hinchas. De ahí en adelante, doctor, la siguiente vez que recuerdo haber ido al estadio fue un partido que la U le ganó 8-3 a Deportes Temuco. Imagínese doctor, ah, perdón, lo puedo tutear, perfecto. Imagínate ir a ver a un equipo que gana haciendo 8 goles. ¡8 goles, era una maravilla! De repente con mis amigos de infancia jugábamos en la calle usando piedras como arcos y no lográbamos hacer más de 3 o 4 anotaciones. ¡Pero 8! Estaba en éxtasis. Siguió pasando el tiempo y mi tata se empezó a dar cuenta de que ya no me entusiasmaba con respecto al cuadro blanco. Niño tímido y sin ganas de crear conflicto, tampoco le dije para evitar el choque. Creo que él se dio cuenta sólo, me conocía bastante bien. Y, ¿sabe doctor? Creo que él supo cuándo dejar de insistir. El primer campeonato de la U que yo viví en el estadio fue el del 99. Empate ante Santiago Morning, que nos dejó campeones. Igual vi casi todos los partidos en la tele, incluido ese 5-4 frente a Ohiggins, “el partido del siglo” le llamaron. Leonardo Rodriguez y Emiliano Rey mantuvieron viva a la U, que al final completó 33 partidos invicto. Perdón por desviarme doc. Al final, mi papá me llevó al partido ese con el Chago donde la U se coronó campeón y nos fuimos celebrando por las calles. Era hermoso saberse campeón, pero era más bonito ver a toda la gente feliz. Si sigo tan puntual voy a terminar pagándole el sueldo de todo el mes. Pagándote, perdón. No me pongas esa cara, si es una broma. Mejor saltemos al 2006. No éramos una maravilla, pero el equipo se las arreglaba. Para ese tiempo yo ya sabía un poco más de futbol, así es que entendía lo que era “jugar bien”. Pensé que le dábamos vuelta la final al colo, pero cuando Salas perdió ese gol sobre el final, supe que algo comenzaba a romperse. Después de los penales lloré a mares, y lloré mucho más viendo los goles (para mi adolescencia tenía alguna que otra tendencia sadomasoquista). Más avanzado en edad, comprendí que ese era el punto de quiebre entre ser hincha de un equipo y pertenecer a él. Porque uno puede celebrar, cantar o gritar por muchas cosas, incluso sin relación al fútbol, pero cuando uno llora por un equipo ya no hay vuelta atrás. La tristeza se queda en el corazón y abre una herida que costará mucho cicatrizar, pero que le recordará  a uno durante toda la vida que se hizo parte de un grupo de personas, de una idea a la cual ya no se podrá renunciar. Porque de la alegría se puede volver, pero no de la tristeza. Al fin y al cabo, todos tenemos de esas heridas. Al otro día no quise ir al colegio, yo que siempre fui un gran alumno. Sabía que era feo esconderse después de la derrota, pero no podía aceptar el hecho de haber perdido una final, por penales y más aún, con ESE penal. Sufrí mucho, y más aún porque tenía un amigo que me acompañó durante toda la educación media. Él también era de la U, así que compartíamos alegrías efímeras  y sufrimientos tan amargos como duraderos durante esos años. No fue sino hasta el 2009 que pudimos celebrar juntos. Y ni siquiera estábamos juntos, porque ya había entrado cada uno a su carrera universitaria. Nos llamamos y lo celebramos. Esta consulta me va a salir más cara que la multa que tuve que pagar por tomar en la calle y pegarle a un paco después de un partido con la Cato. ¿No? Ah, perfecto doctor, ya no queda gente así. ¡Te felicito! Yo soy profe, son actividades parecidas. Sigo. Ahí como que empezó algo, la Copa Sudamericana de ese año me pareció injusta, no debimos quedar fuera así. En fin, llegó la Libertadores 2010 y en ese tiempo yo estudiaba pero no trabajaba, entonces vivía de las 5 lucas que me daba mi mamá en la semana, y no pude ir a ningún partido. Ese equipo, sin ser brillante, nos llenó de ilusión. Maldito ese arquero (esto es personal doctor, no creas que yo ando odiando y maldiciendo a la gente por ahí) que nos quitó la final, cuando estaba ahí a la vuelta de la esquina. Al otro día había clases, pero no me escondí. Fui a clases con mi camiseta puesta, y coincidentemente, vi a varios colocolinos con su camiseta puesta. Los desprecié aún más.</p>
<p>Y llegó el 2011. Me hice abonado en febrero, antes de saber todo lo que se venía. Y disfruté a concho ese abono. Tenía descuento en la entrada, así es que se me hacía accesible. Aparte dejé de ser un flojo de mierda y me puse a trabajar. Mes de abril, clásico con el colo. Goles de Canales y Rivarola para darlo vuelta al final del partido. Espectacular doctor, yo estaba en el sillón con mi padrastro y mi hermano (hijo de él y de mi mamá, colocolino por ende). Y cuando Diego les hace el gol de cabeza, me arrodillé en la alfombra y lo grité como si ellos no existieran. Quedaron enclavados en el sofá y cuando me puse de pie les dije: “Acuérdense, la U va a salir campeón.” Por eso lloré de nuevo cuando perdimos la final de ida contra Católica. Me dormí enrabiado y triste, pero desperté extraño. Después de la ducha prendí la tele y vi que muchos hinchas azules habían agotado las entradas en dos horas. Algo en mi fe se encendió. Me convencí inmediatamente que con todo lo que habíamos tenido que luchar ese campeonato, no podíamos perderlo. No podíamos ser otro equipo, teníamos que ser la U hasta el final, y sufriendo (como antes) salir victoriosos. Si no se sufre no vale, dice mi papá. Y yo creo que eso también es un lineamiento para la vida, hay que luchar mucho para obtener lo que uno quiere, y cuando lo tiene, lo disfruta a concho. La Sudamericana, el tricampeonato y el del 2014.</p>
<p>Y aquí estamos pues doc, la gente dice que estoy medio loco, otros dicen que no tengo remedio y yo creo que estoy bien. O sea, no bien para lo que el resto espera. Mire doc, yo trabajo en un lugar donde hay que ir de camisa y pantalones de vestir, pero llego a mi casa y me pongo la camiseta de la U y salgo a dar una vuelta, para que la gente vea la camiseta y hacer presencia, ¿me entiende? El fin de semana yo ando todo el día con la camiseta puesta. Yo voy al estadio (poder adquisitivo, ¿ve?) y me junto con amigos de la U a hablar de la U y de la vida, porque al final la U para mí es eso. Es vida, es magia, es una forma de ver las cosas. Yo no veo las cosas de una forma normal, seria o formal. Yo creo que la vida hay que disfrutarla porque es muy corta, y siento que ser de la U es una bendición divina (porque en Dios creo. No en el de las iglesias, pero sí en un ser supremo). La U de Chile me ha enseñado valores, doctor. Me ha mostrado un camino de sacrificio, de lucha, de perseverancia y de que las cosas sin sufrimiento no valen; la U me ha enseñado que las cosas fáciles no existen, que para todo hay que pelear y pelear hasta conseguir lo que se busca. La U para mí doctor es una vía de escape, un tema de hablar, una estructura de pensar y hacer.</p>
<p>Obviamente yo tengo un trabajo, familia, como todos. Pero la U, no sé. No sé de qué otra forma describirlo. Pucha doctor, hablé como dos horas, dígame qué piensa usted.</p>
<p>&#8211; Mire, yo no creo que esto sea grave, son influencias. Usted no está enfermo, solamente su pasión es exacerbada. Y por la consulta no se preocupe, yo lo entiendo perfectamente…yo también soy de la U. Perdón por las lágrimas, es que es primera vez que escucho a alguien hablar así de la U, y me emociona, me descoloca. ¡Grande la U!</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><strong>Por Nacho Márquez.</strong></p>
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