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	<title>Crónicas de Nacho Marquez archivos | Radio AzulChile</title>
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	<description>Medio Digital Partidario Club Universidad de Chile.</description>
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	<title>Crónicas de Nacho Marquez archivos | Radio AzulChile</title>
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		<title>Del origen a la fecha</title>
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		<pubDate>Fri, 17 Apr 2020 15:39:48 +0000</pubDate>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La vida parece empecinada en darnos un momento de calma, de reflexión, de reconexión y de reconstrucción. Hoy por hoy nos hemos visto obligados a retraernos y a realizar diferentes ejercicios mentales. Sin lugar a dudas, el ejercicio favorito del ser humano es recordar; fechas, momentos, lugares, sabores, lo que sea. Dentro del encierro al que nos ha invitado la pandemia, son numerosas las sorpresas virtuales que nos hemos llevado, pero por lejos, la que más me detengo a ver es la campaña del equipo azul del 94. Ese que es el título más importante, aunque deportivamente no signifique tanto. El cierre de un proceso largo, con muchos momentos agraces como siempre en la vida nos ha tocado a los de color azul. Campaña que nos vuelve a encantar con la mística de la U, eso que siempre decimos que es tan propio. El amor por la camiseta, la pasión con la que se hacen las cosas, eso que profesamos donde quiera que vayamos, sea en la cancha o en un asado familiar donde esos primos medios lejanos llegan a hinchar con el falso amor por el equipo rival.</p>
<p>Si quisiéramos hacer una conexión, probablemente debamos viajar allá “do remonta la verdad”, a los orígenes. En el Instituto Nacional, cuna de grandes nombres de nuestro país, estuvo la semilla de lo que hoy conocemos como el equipo de nuestros amores. De ahí, los internos del “Nacional” pasaron a formar el Internado Nacional Barros Arana y surge el Internado F.C., que será clave en el proceso fundacional y que se coronó campeón de la Liga Arturo Prat. Saltando en la línea del tiempo llegamos al 25 de marzo de 1911, cuando se decide crear una rama “universitaria” del Internado F.C., ya que sus ex alumnos querían seguir ligados al colegio; una cuestión de espíritu, como siempre. Sería este el equipo que sentaría las bases para la posterior unificación de equipos de fútbol de la Universidad de Chile, la cual ocurriría el 24 de mayo de 1927, fecha que se ha ido estableciendo como el aniversario único de la U debido a un proceso ejecutado desde arriba por los usurpadores de la historia: Azul Azul SA. Ese día se fusionan el Club Náutico, el Club Atlético Universitario, la Federación Universitaria de Deportes (tres equipos dentro de la Universidad) y el Internado F.C. para dar vida al Club Universitario de Deportes, el que después recibiría más apoyo de la “Casa de Bello”, como el uso del nombre, la afiliación automática de los estudiantes al carácter de socios del equipo de fútbol y la sincronía de los símbolos. A pesar de todos estos datos, queda en el aire la discusión por la fecha oficial, ya que algunos reconocen el origen de la U como su fundación, mientras que otros se inclinan por el fin del proceso de formación. Sin ir más lejos, distintas publicaciones oficiales no coinciden en la fecha.</p>
<p>Queda, finalmente, a criterio de cada hincha el día de cumpleaños que va a celebrar. Yo, por mi parte, vuelvo al origen, al génesis, a marzo de 1911. Es ahí donde comenzamos a escribir la historia, la que algún día nos hará encontrarnos de frente con el fracaso, pero también con el éxito y con el amor. Si hubiera sabido don Carlos Fanta y esos muchachos que estudiaban frente a la Quinta Normal todo lo que sus esfuerzos traerían, volverían a escribir la historia de la misma forma, con el mismo amor de entonces. ¿Qué debemos hacer con quienes intentan apropiarse de la historia del Club de nuestros amores? Para comenzar, denunciarlos como meros mercaderes de la memoria y la emoción; todas estas discusiones que llevamos en el seno de la hinchada, a ellos seguro ni les interesan. La decisión de cuál es la verdadera fecha que debe registrarse en todos lados es larga y no se resolverá ahora. Pero el primer paso para ello es recuperar el Club, así lo podríamos decidir nosotros y nosotras, quienes de verdad lo amamos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Desde ya, gracias Walter.</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 09 Jan 2020 18:50:38 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Actualidad]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[Walter Montillo]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>No soy un tipo de ilusionarme mucho, en parte porque aún recuerdo el dolor de algunas situaciones de salida de jugadores queridos; pero también porque me otorga cierta calma, una suerte de preparación ante un eventual desastre. Que no se confunda esto último con falta de fe, en el equipo siempre creemos; pero no podemos desconocer el destino que tuvieron algunos que, por nombre, o por un debut auspicioso, nos hicieron creer erróneamente que la primavera brillaba en sus zapatos. En estos tiempos difíciles están escaseando las señales positivas, y cualquier muestra de amor se está convirtiendo en un acto revolucionario. No olvidar (ni perdonar tampoco) que nuestro último buque insignia fue expulsado por la puerta de atrás, aunque acompañado de muestras de cariño y afecto que provinieron del sector más importante, la gente. Qué pena y rabia, qué sensación de injusticia cuando limpian a alguien que entregó tanto a una institución que parece haber perdido el rumbo. Con ese sombrío panorama de fondo, se nos permite soñar con el regreso de un hombre de casa, uno de familia. Un tipo sencillo, que, sin haber brillado de manera estelar, se dio el lujo de compartir seleccionado con Lionel Messi y de recibir elogios de un tal Neymar Jr. Seamos honestos, nosotros no valoramos tanto el fulgor de una estrella pasajera como la entrega incondicional que constituye una muestra irrefutable de amor.</p>
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<p>En esta vereda importa mucho más el amor que el interés, lo cual finalmente trasciende. Entonces llega el tipo este y empieza a dar muestras más claras que antes, y algunos preferimos no dar nada por sentado, ya hemos visto caerse esta misma operación anteriormente, pero parece que ahora sí (Pedrito y el lobo podría ser lectura obligatoria de todo hincha de la U). Y leemos en las redes sus posteos, y se nos hace un nudo en la garganta con el mensaje que le dedica su señora y nos damos cuenta de que esto es el bálsamo que veníamos necesitando. Walter nos devuelve esa esencia de la que nos gusta tanto vanagloriarnos, esa mística de la adversidad, del rigor, del sufrimiento previo a la algarabía. Montillo es mucho más que el último “diez” resonante que tuvo la U. Es cálido, es alegre, es amado, es jugado, es comprometido; y él devuelve eso con la sencillez de sentirse en casa, lo cual, hoy en día, con el manejo empresarial y volátil de algo tan importante para algunos como es el fútbol, deja mucha más tranquilidad que voladores de luces sobre promesas que nunca explotaron. Quien se sienta digno de consagrar su vida a dios, vaya y hágalo, a mí me gusta que se comprometan con al menos, tratar de devolver un poco del amor que se está recibiendo. Vuelve, además, el último gran ídolo de mi viejo, al cual se topó en un hotel junto con el resto del equipo y esperó para sacarse una foto. Con tanto amor dando vueltas en el aire en tiempos tan oscuros como los que vivimos, me permito ilusionarme ahora sí. Que pase lo que tenga que pasar, aquí estaremos para palmotearte la espalda, hacerte cariño y seguirte recordando que esta es tu casa. Desde ya, muchas gracias Walter Damián.</p>
<p>Nacho Marquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>A nosotros mismos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 24 Oct 2019 15:22:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La noche del jueves, tímidamente fría, vio cómo la épica volvía a ponerse de nuestro lado. No hubo quien no se emocionara con ese rebote que a la postre nos dio el triunfo. Un triunfo que veníamos esperando y ansiando desde hacía tiempo. Queríamos extender el abrazo previo, ese de la Copa Chile, y declararnos definitivamente listos para la batalla por no descender. Y mandamos un mensaje muy claro: vamos a pelear hasta el final, empujando con fuerza y sin miedo; vamos a aguantar, vamos a pararnos con fuerza y por supuesto, vamos a estar acompañados de una masa que quiere lo mismo que nosotros. Vamos a sufrir, porque obvio, así somos los de este lado, pero vamos a vencer. Vamos a gritar, vamos a cantar, vamos a saltar para que todos vean y se den cuenta de que no estamos muertos, y de que no vamos a entregar ni un metro más. Despertamos para no volver a quedarnos dormidos. Tenemos la unión, como ese equipo del noventa y nueve, o la selección del dos mil quince. Tenemos valentía, como cuando solíamos ir por el continente ganando de visitante. Por nuestra orilla corre la fuerza, la fuerza del penal del Pato Mardones, de las estocadas mortales del Matador, de los cabezazos del Bombero, de la zurda de Aredes, de Capanga, de Braulio Musso, somos tanques como Campos. Tenemos fe, como teníamos el noventa y cuatro allá en El Salvador, aunque también como tuvimos cada vez que nos equivocamos con los ídolos. Tenemos ganas de salir adelante, tenemos ganas de recuperar lo que es nuestro, y poner la actitud necesaria. Tenemos ganas de dejarlo todo, porque así somos los de la U. Y por supuesto, tenemos a nuestro favor esa masa que alienta cuando más se necesita, que nunca abandona y que enfrenta la vida con optimismo y fe. Esa masa sufrida que se come las uñas, que mira al cielo y pide “una, por favor”. Que se abraza con cuatro o cinco desconocidos para celebrar una explosión de júbilo. Esa masa, que está compuesta de miles de voces diferentes, pero que juntas suenan como una orquesta filarmónica en los tímpanos de jugadores propios y ajenos. Coincidentemente para quienes caminamos por la vereda, o quizás porque la U es un reflejo de nuestra rebeldía social, es casi una respuesta a todos nuestros deseos de canalizar un sentimiento noble, el pueblo volvió a hacer suya la épica y sacó la voz al día siguiente. Se cansó el pueblo, señores. Nos aburrimos de que nos sigan robando en nuestras narices, y les hemos dicho de todas las formas. Hemos marchado autorizados y no, les hemos hecho saber a través de las redes sociales (el medio de comunicación de nuestra época); pero ustedes, los poderosos controladores de toda esta larga y angosta faja de desigualdades, nos ignoraron y se nos rieron en la cara tal como a los empleados en alguna de sus tantas empresas. Como cuando nos mandaron a hacer vida social en los consultorios esa vez que reclamamos por el estado de la salud pública; como cuando lo de las alzas de la verdura, nos mandaron a comprar flores. ¿O ya se les olvidó que salieron millones de personas a reclamar por las pensiones miserables que recibimos todos los meses mientras ustedes se embolsan veinte veces esa cantidad de plata? Entonces hubo que recurrir a tocarles donde les duele. Porque si no les doliera, los mandamases de las principales cadenas de supermercados del país, que por cierto no pertenecen a todos los chilenos, no habrían tenido una reunión con el presidente antes de que este avisara, por dar un ejemplo, que las clases estaban suspendidas. Habrá formas de protesta que no gusten a todos, porque no todos somos igualmente intensos para la lucha, pero será indiscutible que se trata de una lucha del pueblo. Lamentablemente la agresiva respuesta se veía venir, con esto el desorden social, policías infiltrados disparando a mansalva, ciudadanos asesinados por la policía y la milicia y la revuelta delictual, que lo único que logra es poner al pueblo contra sí mismo, satisfaciendo el paladar del poderoso y a sus ojos justificando una aún mayor violencia del aparato represor, como si todo lo anterior hubiese sido insuficiente. En ambos frentes, esperemos que no decaigamos, que el pueblo se abrace y que la fuerza nos alcance para seguir remando desde abajo; estamos mostrando los dientes, ahora sí nos estamos volviendo a parecer a nosotros mismos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Carta abierta a la U</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 03 Oct 2019 18:42:52 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Hola bulla, ¿cómo estás? Es innegable que no hemos andado del todo bien por estos días, así es que vine a decirte algo. Pedirte algo, más bien. Pedirte que te acuerdes del camino que hemos recorrido juntos. Que saboreemos juntos los sorbos de pisco escondido en la chaqueta de cuero la vez con Cruzeiro. Que [&#8230;]</p>
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]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p>Hola bulla, ¿cómo estás? Es innegable que no hemos andado del todo bien por estos días, así es que vine a decirte algo. Pedirte algo, más bien.</p>
<p>Pedirte que te acuerdes del camino que hemos recorrido juntos.</p>
<p>Que saboreemos juntos los sorbos de pisco escondido en la chaqueta de cuero la vez con Cruzeiro.</p>
<p>Que sientas en tu latir la adrenalina de esas caminatas por Avenida Matta con camiseta en los barrios pintados sin colores.</p>
<p>El dulzor de ese melón con vino después del penal contra La Calera y la alegría de los goles que llegaban por la radio desde la quinta región.</p>
<p>Evoquemos el estacionar en el Montserrat antes de cruzar la Shell y comprar las entradas en ese estadio que parece castillo y que está en Independencia, así como también de la ensalada de chuchadas proferidas al lateral rival de turno a través de la reja cuando estábamos en Andes.</p>
<p>Recuerda que ahí vimos también uno de los pocos goles del gran capitán a Huachipato, el 2002.</p>
<p>Que la guagua se asustó cuando gritamos el uno a cero en México, con el tata ahí en el sillón.</p>
<p>La amargura del llanto después de los penales el 2006.</p>
<p>Te pido que te acuerdes del taxista que soltó el volante en plena Alameda para celebrar el gol de Victorino a Flamengo, y también de la polera de Montillo, nuevamente en Plaza Chacabuco.</p>
<p>De cómo nos comimos las uñas contra Vasco y de la caminata a Santa Ana la noche de ese glorioso día catorce.</p>
<p>De la camiseta Avia con los números rojos; la de los chunchitos en las mangas;la del jugo de soya con el mismo chunchito en el cuello; de la primera con mangas rojas y por supuesto, de la Chilectra Metropolitana.</p>
<p>De la catarsis que se produce cuando cantamos sin polera.</p>
<p>Del Diego.</p>
<p>De la mortecina luz que arde al caer el sol tras las cornizas del Nacional.</p>
<p>Del olor que tenía el pasto cuando lo arrancábamos con las manos allá en El Salvador, y de las camisetas blancas y naranjas que se jugaron la vida para poner sobre nosotros los mismos fantasmas que nos venían acompañando hacía veinticinco años.</p>
<p>De la discusión en casa al llegar desde Talca, en ese bus que traía un carácter de mierda.</p>
<p>Del desayuno hacia Rancagua.</p>
<p><a name="_GoBack"></a> Del penal al Huevo y el dolor en River.</p>
<p>De las micros que no nos pararon porque íbamos con camiseta.</p>
<p>Del álbum de Salo y las insignias pegadas en los cuadernos.</p>
<p>De los cabezones del plantel noventa y cuatro.</p>
<p>Del taca-taca al que le pintamos azules los jugadores.</p>
<p>De las dudas.</p>
<p>De las Noches Azules.</p>
<p>De las veces que interrumpimos las juntas familiares para verte jugar.</p>
<p>Piensa, amigo mío, en los que no alcanzaron a verte campeón de América, en la excusa que metimos en la pega al día siguiente de los penales en La Serena, en los guitarreos en Las Salinas cuando íbamos a la Copa Viva Viña, en esas conversaciones interminables con amigos y rivales hablando de ti, de nosotros.</p>
<p>Finalmente, te pido por lo que más quieras, que no olvides cuánto te quiero.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Íntimo abrazo</title>
		<link>https://radioazulchile.cl/intimo-abrazo/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 30 Sep 2019 18:51:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[Crónicas]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Bañada por la oscuridad de su pieza, Graciela se pasea y mece a su bebé, esperando que se duerma. Ha sido un día duro, son ya casi las once de la noche, o quizás más tarde; para poder saber la hora con exactitud tenía que pulsar la tecla lateral de su celular, y por lo [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Bañada por la oscuridad de su pieza, Graciela se pasea y mece a su bebé, esperando que se duerma. Ha sido un día duro, son ya casi las once de la noche, o quizás más tarde; para poder saber la hora con exactitud tenía que pulsar la tecla lateral de su celular, y por lo despierto que estaba aún Salvador en sus brazos, recogerlo de la cama se torna una misión arriesgada. Graciela siente el peso de la jornada, por lo que trata de apurar la causa recurriendo a artimañas que han sido probadas en el pasado. Le habla. Le conversa con una voz muy suave, y con absoluta naturalidad acerca de su jornada, de la clase de práctica con los niños de cuarto básico, de la discusión que tuvo con la profesora de historia que regaña a los niños de tan solo moverse y hasta de la deliciosa hamburguesa de lentejas que escogió en el menú del casino de la universidad. Salvador la escucha atentamente, al menos en un principio, aunque sin comprender quizás ninguna de las palabras que pronuncia su madre. Como ya le ha resultado anteriormente, Graciela va bajando el volumen de su voz hasta casi llegar al susurro. A su vez, Salvador va cayendo en el sueño nocturno definitivo, y sus pequeños ojos oscuros se van sintiendo cada vez más pesados. Pero una de las mañas de este bebé es no conciliar el sueño rápidamente, y a pesar de que su compañero lo hace parecer fácil, a ella le cuesta un poco más hacerlo dormir. Hoy está sola, él se quedó a un asado con sus compañeros de equipo y aunque prometió no llegar tarde, la hora ha avanzado lo suficiente como para que Graciela tenga que cumplir con la última tarea diaria del bebé. Transcurridos algunos minutos, ella carraspea levemente para ver si Salvador se ha dormido. El bebé ni se inmuta. Se repite el procedimiento tres veces hasta que Graciela por fin se convence, Salvador está definitivamente, y hasta el otro día, dormido. Lo ha logrado, se felicita y se encamina hacia la pieza del bebé. Al cruzar el living, nota que ha dejado la cortina entreabierta, por lo que la luz directa del foco que alumbra el estacionamiento de la empresa frente al edificio donde viven, le sorprende la vista. Abre la puerta con sumo cuidado y acomoda la pequeña almohada en la cuna, pero justo cuando tiernamente besa la frente de su hijo, siente unas repentinas ganas de no dejarlo ir. No se trata de una enfermiza posesión, sino de un dulce deseo de tenerlo un rato más en brazos, de poder disfrutar unos momentos de cercanía en silencio y a solas. Se devuelve a su pieza, y con la seguridad de que Salvador no va a despertar, se sienta en la cama y decide ponerse a ver un par de videos de la campaña del noventa y cuatro. Comienza por el reportaje de canal 13, porque así siente que viaja en el tiempo y aterriza en ese día donde desde El Salvador bajó la esquiva octava estrella. Recuerda que en la mañana se le quedaron los audífonos debajo de la almohada y sonríe. Ve además algunos videos de la campaña del noventa y cinco y otros de la Copa Libertadores del año siguiente. La noche está cada vez más plácida, y mientras afuera las luces bailan al compás del reloj, adentro Graciela bosteza repetitivamente, es hora de acostarse. Ahora sí deja al pequeño en su cuna y se dirige al baño. Se lava los dientes y se concede un sarcástico llamado de atención al encontrarse tarareando la canción de Alberto Plaza, esa que dice que “soy de la U, de la Universidad de Chile”. Sale del baño lista para acostarse y se encuentra al otro integrante de la familia, quien le comenta pormenores del partido y del asado, le dice que la pasó bien, que se baña y se acuesta al tiro. Cuando esto ocurre, Graciela lleva un rato dormida, pero se incorpora para besarlo, darle las buenas noches y sonreír hasta mañana.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Divorciado</title>
		<link>https://radioazulchile.cl/divorciado/</link>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Sep 2019 02:06:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Es el primer sábado de su nueva vida. Terminó ayer la mudanza y, fiel a su estilo, no se acostó hasta que ordenó todo. Lo último que recuerda es haber visto las 3:17 en su celular y pensar en qué invertiría todo el aparentemente inagotable tiempo de su primer sábado solo en mucho tiempo. Solo, [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Es el primer sábado de su nueva vida. Terminó ayer la mudanza y, fiel a su estilo, no se acostó hasta que ordenó todo. Lo último que recuerda es haber visto las 3:17 en su celular y pensar en qué invertiría todo el aparentemente inagotable tiempo de su primer sábado solo en mucho tiempo. Solo, solo. Sabiendo que nadie llegará del entrenamiento de básquet, ni le pedirá que lo lleve al persa Bio Bio. Apaga la alarma con la felicidad de quien sabe que ha olvidado desactivarla y acomoda su cabeza frente al ventanal con visillo y cortinas negras. Cierra los ojos y vuelve a entregarse al sueño. Se levanta sonriendo a las diez y media, se da una ducha de veinte minutos y comienza a preparar su desayuno. Ligero, pan de molde integral con palta y un café en su taza nueva. Prende la tele, juegan el Cardiff contra el Everton y decide que el desayuno va a terminar en el futón. Cuando termina el partido toma su celular y en una de las páginas de Instagram que le provee de ideas para la carpintería han subido una repisa hecha a mano con todo y planos y medidas. Listo, es eso lo que le falta a su nuevo hogar, entre otras cosas que descubrirá más adelante, así es que camina las cinco cuadras que le separan de la barraca de madera donde consigue los listones necesarios. Entra al Sodimac y decide que es un robo pagar más de mil quinientos pesos por una caja de clavos así es que recordando sus años de juventud, esconde los necesarios en el bolsillo interior de su chaqueta. En la conserjería, al regreso, lo saludan con mirada curiosa, cómo no, si en el edificio no lo conoce nadie. Se apresura en comenzar su faena, solo puede meter bulla con taladro hasta las cinco de la tarde y no quiere comenzar su aventura en el edificio teniendo que recibir una multa tan evitable como innecesaria. Marca los palos, hace los hoyos y comienza a armar. No se ha dado cuenta, pero ya son las seis de la tarde y no ha almorzado. El armado del mueble le ha consumido el tiempo de manera inexorable, es decir, ha cumplido su objetivo. Cuando la tripa le ruge feroz, toma su chaqueta y sale a buscar un sándwich al negocio de la esquina. Atendido por sus dueños venezolanos, es conocido en el barrio por sus sándwiches y empanadas, así es que el bajón cumple con todas las expectativas. Al regreso a casa, lija las puntas y se apresta a organizar sus libros. No son pocos, y es que la lectura ha sido históricamente su hobbie preferido. Bueno, eso y el fútbol. Piensa en las cuatro pruebas que tuvo que dar cuando intentó llegar al profesionalismo a través de Cobreloa, y se acuerda de cuando lo rechazaron de la U, provocándole uno de los dolores más feos en su vida de adolescente. Claro, la peor estocada se la daría su esposa muchos años después, pero prefiere no pensar en eso y recordar a Darín pesquisando el joven cuerpo inerte de Liliana Colotto. “El secreto de sus ojos” se convirtió en su top tres de libros favoritos. El resto del podio lo completan otras obras del mismo autor. Ya son las diez de la noche, y, acomodado el último ejemplar, se pone de pie, retrocede un par de pasos y admira su obra. Perfecta, o al menos tal como la imaginó. Se le hace inevitable pensar en que sus fines de semana serán así, con una completa disposición de su tiempo, y después de mucho tiempo, sonríe.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Cara a cara con la desazón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 Sep 2019 19:31:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Es increíble como dos vidas pueden llegar a entrecruzarse en un punto anodino del tiempo y el espacio, generando la posibilidad de ponerse en situaciones complicadas o difíciles. Caía ya la noche cuando Roberto saludaba a sus compañeros del turno saliente sin la alegría que lo caracterizaba. La razón era evidente a pesar de que [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Es increíble como dos vidas pueden llegar a entrecruzarse en un punto anodino del tiempo y el espacio, generando la posibilidad de ponerse en situaciones complicadas o difíciles. Caía ya la noche cuando Roberto saludaba a sus compañeros del turno saliente sin la alegría que lo caracterizaba. La razón era evidente a pesar de que no todos sus colegas la sabían; su equipo había perdido por goleada la semifinal de la copa Libertadores de América, con el arquero propio como triste protagonista. El, hasta ese momento, mejor arquero de la copa y seguro candidato a próximo ídolo tuvo una de esas noches nefastas. A los quince minutos se le coló por entre las piernas un remate que venía dando botecitos y decretó la apertura de la cuenta para los visitantes. Una mala salida suya permitió que los delanteros rivales pudieran urdir una serie de toques en la entrada del área que acabó con el killer de ellos reventándole el arco casi a quemarropa. Para colmo de males, el local tampoco reaccionaba. Perdieron la calma y en el segundo tiempo recibieron otro gol, con clara complicidad del portero. Tres a cero y a cobrar, una vez más se quedaban sin final de copa. Roberto, que ya llevaba una hora y media de turno en la conserjería de la torre A, vio el partido desde su celular, poniendo poca atención a los residentes y visitantes que transitaban por el edificio de la calle Portugal. Su desazón una vez terminado el cotejo era indudable. La oportunidad de ver a su amado equipo jugar la final de la copa se había esfumado nuevamente, pero esta vez de manera traumática. Recordó, como siempre se hace en estos casos, los cuartos de final de esa Conmebol del año noventa y cuatro cuando en el estadio presenció la ajustada caída de su cuadro con un autogol en el último minuto. Concluyó, en otro vago intento de encontrar el consuelo definitivo, que tenían mala suerte. Que hay algunas cosas que en la vida no llegan nunca, que la historia al parecer ya está escrita y que no hay razón para seguir mortificándose por un evento deportivo que esta vez no se condijo con sus más profundos deseos. Sabía que esas frases se las estaba diciendo como para calmar un poco la pesadumbre que caía sobre su futbolero corazón, pero en lo más íntimo de su ser tenía perfectamente claro que era una autocomplacencia inútil. Seguiría pensando por años en dónde estaba esa noche de copa, en las esperanzas que albergaba al inicio del cotejo; pero sobre todas las cosas, recordaría por siempre la amargura que le provocó ver la lenta y displicente faena del golero propio. En un momento, cuando faltaban cuatro o cinco minutos para el final del partido, pensó que sería bueno encontrárselo al desgraciado, en el mall, en el supermercado o en alguna instancia así, informal, y hacerle saber con fuerza lo que significó verlo comerse esos tres goles, a él que venía haciendo una campaña formidable y que incluso en el partido de ida había mantenido su arco en cero. No iba a llegar a las manos, Roberto sabía que por muy ofuscado que estuviera, la violencia física no era una opción. De hecho, había preparado un discurso en el que le daba las gracias por todo lo que había dado, pero que esa noche le había regalado la peor jornada laboral de toda su existencia. Que no podía ser que un jugador de esa categoría cometiera tres barbaridades que hasta un niño chico hubiera podido resolver. Que le habían soplado por ahí que era hincha de la contra, y que por eso se había dejado pasar las tres pepas. Que se fuera a la mierda, que ojalá terminara jugando en la cuarta división de Azerbaiyán y que lo despidieran por comerse tres goles en una final, para que así supiera lo que se siente caer tan bajo. Lo que desconocía Roberto, era que este arquero tenía una tía que vivía en el edificio donde él se desempeñaba. Tía que además era la favorita, por lo que no se perdía ningún cumpleaños. Roberto llevaba casi nueve meses en esa conserjería, por lo que no tenía forma de saber de la sagrada visita anual de este futbolista, el cual cayó por el lugar a eso de las diez y media. Entró por Lira, donde estaba el estacionamiento, y aunque venía con la intención de no ser descubierto fácilmente –ya había calculado aproximadamente el número de corazones rotos que sus acciones de la noche anterior habían desparramado- el conserje venezolano de la torre B ni siquiera lo reconoció. Es más, su gesto para indicarle que tenía que registrar su visita en la conserjería oriente fue hasta descortés. El arquero, acostumbrado a recibir ínfulas de cariño, se extrañó, pero siguió caminando por el pasillo de cerámicas beige horriblemente adornado con frescos de arte abstracto. Al llegar al mesón, tuvo que esperar pacientemente al conserje de turno, señor Roberto Molina. Se entretuvo esos tres minutos mirando cuántas cartas había en total en los casilleros de madera que tenía asignado cada departamento. Roberto se sentó en su silla, y cuando su interlocutor se quitó el gorro, lo reconoció de inmediato. Su corazón comenzó a latir a un ritmo desenfrenado, y mientras anotaba el rut del visitante en el cuaderno, con un escalofrío en modo ascensor en su espalda pensó en cada una de las palabras que le diría después de que el arquero pronunciara su nombre.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Plegaria desesperada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Aug 2019 20:59:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo primero que hace Paula al terminar el partido es soltar por entre los dientes un nítido “conchesumadre”. Acto siguiente, mira al cielo como buscando una respuesta, algo que la saque a ella y al equipo de la incertidumbre. “¿Vamos a tomarnos una pilsen?” Martín, su pololo, interrumpe sus cavilaciones con esa sincera invitación, pero [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo primero que hace Paula al terminar el partido es soltar por entre los dientes un nítido “conchesumadre”. Acto siguiente, mira al cielo como buscando una respuesta, algo que la saque a ella y al equipo de la incertidumbre. “¿Vamos a tomarnos una pilsen?” Martín, su pololo, interrumpe sus cavilaciones con esa sincera invitación, pero a Paula no le apetece ni una pilsen, ni una hamburguesa vegana, ni una fajita ni nada. Se le está haciendo costumbre eso de no comer después de ir al estadio, aunque hay que decir que es una costumbre adquirida hace poco, digamos que desde que el equipo comenzó a mostrarse perdido, sin rumbo y dejar escapar puntos importantes. Va silente en la quinientos dieciséis que los dejará en el metro Irarrázaval. Sabe que tienen que apurarse porque el metro va a cerrar pronto, pero esa es ahora la más mínima de sus preocupaciones. Una frase no deja de darle vueltas en la cabeza, y a pesar de que no la pronunció ella, ha comenzado a considerarla como una posibilidad real. “Se van a ir a la B”. El papá de Martín, quien lamentablemente escogió mal su camino futbolero, se la había tirado el viernes en el asado de cumpleaños, y ella, envalentonada por las cuatro latas de medio que se había servido, le respondió con un seco “ni cagando”. El proyecto de suegro tenía planes de hundir aún más el dedo en la llaga de las pasiones de Paula, pero Martín calmó las aguas con un tajante “por favor, estoy de cumpleaños, compórtense”. Incluso el timbre y el tono con que don Carlos le había dicho eso resuenan ahora en su cabeza. Paula trata de encontrar una respuesta a la avasallante incertidumbre que su equipo le presenta. Sin ganas, sin sangre, sin corazón, sin amor propio, pero con millones de pesos en la cuenta bancaria, con millones de historias en las redes sociales y cargando irresponsablemente en sus espaldas las ilusiones de millones de hinchas azules que semana tras semana se desviven por asistir y cantarle al equipo de sus vidas. “Ahora van a echar al técnico, va a volver Johnny y va a empezar a cambiar la cosa, no tienen a nadie que les grite y los desacomode un poco, son como maquinitas mal programadas que fallan en las conexiones más esenciales”. Nuevamente Martín trata de racionalizar un poco la desazón reinante en las huestes azules. Paula lo mira, inclina su cabeza hacia un lado con un gesto inequívoco de ternura, y sabiendo que el corazón levemente colocolino de su novio está tratando de subirle el ánimo, le contesta con un escueto “hay que ver qué chucha hacemos”. Martín se decide a continuar con el discurso: “ustedes los hinchas no pueden hacer nada, la S.A. tiene todo el control del temita, y no solo acá en la Chile. Cacha que ahora están tirando al frente a los ídolos para aquietar un poco el asunto, así de cagados están. Capaz que tengan que irse a la B para que los empresarios se den cuenta de que no pueden administrar un equipo de fútbol, que significa tanto para tanta gente como si estuviéramos hablando de un kiosco o una multitienda. O en volá los compran los mexicanos y terminan por desaparecer”. En otro momento quizás esa última frase pronunciada por su pololo hubiera sido motivo de malas caras, enojo y hasta discusión, pero ahora Paula prefiere quedarse con la motivación de encontrar un plan de acción adecuado a la situación actual que viven su equipo y ella. Porque esto que está pasando no le está pasando solo a la U. Le está pasando a todos quienes la siguen, la quieren y se han impregnado con este sentimiento, el que para muchos es el sentimiento más lindo de todos. Leyendo las estaciones de la línea cinco, como para distraerse lo suficiente, Paula detiene su vista en una en particular. Sabe que ahí han ocurrido milagros, o al menos milagros relacionados a ella. Su historia en ese lugar comenzó cuando su abuela, desesperada por la desconocida y avasalladora enfermedad que tenía a la Paula de cinco años con bajo peso, problemas alimentarios y de insomnio, decidió jugar sus cartas a la religión y el poder sanador de esa virgen que se aparecía a una tal Bernardita allá en Francia. Cumpliendo la promesa hecha si salvaba a Paula, ella y su abuela iban dos veces al año a ese santuario. De súbito decide que debe bajarse en Quinta Normal, a falta de varias estaciones para llegar al departamento que comparten con Martín. Lo mira fijamente y con un gesto decidido le dice que tiene que hacer algo, que tiene que hacerlo sola y que no se preocupe, que llega pronto. Martín ha comprendido todo, como siempre en los ocho años que llevan juntos, y le dice que sí, que no hay problema, que él pasa a comprar algo para esperarla con comida, que quizás pizza o sushi y unas micheladas, de esas con merkén que él le prepara a veces. Se despiden con un beso largo y Paula toma las escaleras con paso firme y decidido. Se puso helada la noche, por lo que se abrocha el abrigo que le cubre la camiseta Reebok del año noventa y siete que le regaló su pololo la navidad pasada. Aparte el cuello subido le da un aspecto mucho más misterioso a través de esas calles donde no caminan muchas almas. Avanza por Matucana hacia el norte y dobla a la izquierda en la primera cuadra. Ni siquiera sopesa la posibilidad de cruzar por el parque, primero porque está cerrado, y segundo porque saltar las rejas medianas al lado del cité Las Palmas podría llevarla a las manos salvajes de algún guardia, impidiéndole cumplir su misión original. Pasa frente a los milicos y mira la insignia con asco, recordando que cuando pequeña se preguntaba si les pagaban buena plata por estar encerrados todo el día en las garitas que daban a la vereda. Apura el paso, incluso trotando levemente a las afueras del Internado Barros Arana, construcción monumental -se reprocha pensar en esa palabra- que en su infancia le parecía tenebrosa. Al llegar a la Basílica frena por un momento, se asegura de que no venga nadie por el paseo peatonal que da la bienvenida al santuario y avanza pegada a la reja. Al lado de la imagen de Jesús crucificado, y al calor de las pocas velas que no se rinden en arder, yace un vagabundo, quien la mira sin atención. Para asegurarse de que ningún detalle atente contra su cometido, le indica con el dedo en los labios que se mantenga en silencio, a lo que el viejo levanta las cejas y se acomoda en el saco de dormir. Paula mira hacia el interior y ve que el guardia se dirige con paso raudo hacia el ala norte, seguramente va al baño. Es ahora o nunca, situaciones desesperadas requieren acciones desesperadas y ella ciertamente está dispuesta a hacer lo que sea por su equipo, por lo que pisa el fierro horizontal, sube su pierna derecha y con un ágil movimiento se impulsa hacia el interior. Aterriza y se agacha. Lo ha logrado, está ahí dentro. Una hazaña en teoría fácil, pero cargada de significados. El amor por su equipo ha guiado sus decisiones y sus pasos hasta ese momento, cuando sigilosamente avanza hacia el frente del altar. Nunca había visto ese lugar de esa forma, con la luz del foco lateral cayendo oblicua sobre las bancas donde los fieles acostumbran a sentarse para elevar sus plegarias. Ella no puede hacerlo ahí, debe ir a arrodillarse tras la caja de madera que almacena los paquetes de velas sellados que depositan los visitantes. Ahí tiene el tiempo suficiente para llevar a cabo su misión sin ser descubierta por el guardia. Cierra los ojos, se persigna, recita el padre nuestro y procede a entregarle a la virgen su ruego: “te pido por lo que más quieras que nos salvemos del descenso”. Llora. Llora con dolor, suspirando brevemente; lo suficiente para que el custodio la descubra. “¿Quién anda ahí?” El grito marcial distrae a Paula, quien gira para ver al hombre de abrigo azul avanzar empuñando una pistola. Sin dudarlo se pone de pie con las manos en alto, como si fuera un crimen lo que acaba de hacer. A unos diez metros, el hombre le pregunta qué hace en el santuario a estas horas, y Paula, petrificada por el miedo del cañón apuntándole, solo atina a bajar el cierre de su chaqueta y mostrar su camiseta. Inmediatamente el guardia mueve la pistola indicándole la salida, y ella, obediente, procede a retirarse del lugar. Su interlocutor baja y enfunda su arma, y gira la llave para abrirle la puerta. “Gracias”, se despide Paula, sin poder descifrar qué significa la sonrisa que el guardia le regala al salir. Siete pasos más adelante, escucha la misma voz diciéndole que él también va a rezar por la U. “Si esto no nos salva…” es lo último que piensa Paula antes de ponerse los audífonos y enfilar hacia el paradero de la micro.</p>
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<p>Nacho Márquez | Rsdio AzulChile.cl</p>
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		<title>Las medias</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 26 Jul 2019 20:40:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las 6 y media, falta una hora para el partido. El equipo, hay que sacarlo y guardarlo en la mochila. La camiseta lavada y doblada; el short con el 10 blanco, a pesar de que no luce ese número en el Atlético Florida; y las zapatillas. ¿Y las medias? Pero si estaban aquí. Levanta el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Las 6 y media, falta una hora para el partido. El equipo, hay que sacarlo y guardarlo en la mochila. La camiseta lavada y doblada; el short con el 10 blanco, a pesar de que no luce ese número en el Atlético Florida; y las zapatillas. ¿Y las medias? Pero si estaban aquí. Levanta el pantalón de buzo. Sabe que la posibilidad de que se encuentren ahí es remota, pero el tiempo no le apremia. Si sale de su casa a las 7, llega con el tiempo suficiente para vestirse como es su cábala, de abajo hacia arriba. Es decir, primero estirar y calzar cuidadosamente las calcetas azules, cambiarse el buzo por su ya mencionado short, y finalmente dejar cubrir su torso con el manto sagrado que a rayas verticales azules y amarillas alimenta sus más íntimas pasiones. El primer cajón, obvio, donde están todos los calcetines. Cuando conoció a la Yoyi dejaba todo tirado en la cama no más, total al acostarse lo movería a la silla y así por unas largas dos semanas, que era en promedio la frecuencia con la que lo visitaba su mamá. Pero la Yoyi lo domesticó. Le enseñó con paciencia y amor cómo ser un poco más ordenado, lo suficiente sin ahogarlo. Sonríe. Está pensando en la Yoyi. Por qué me habré puesto tan gil esos meses. La aburrí, como decía mi hermana que iba a pasar. Que me relajara, que ella me quería bien, que no andaba en ninguna mala maniobra. Más gil, pensando puras huevás. Era obvio que se iba a aburrir. Mil quinientas cosas en la cabeza. Pero bueno, las medias. Dónde estarán las medias. Todos los cajones van sufriendo la búsqueda, mientras desde la cama lo mira El Barto, el gato que lo acompaña hace tres años en ese departamento. Maúlla. Ahora no, guachín, se me perdieron las medias. Se le perdieron las medias como se le pierde el menú de la comida china, el control remoto, como se le pierde el celular cada 8 meses, o el pase escolar que tanto agradeció al entrar al magíster. A este se le pierde todo. Las súplicas del gato por una expresión de afecto son tan infructuosas como la pesquisa de la cajonera. Se rasca la cabeza. Sube la vista, pero como está tan seguro de que no las dejó ahí, sale de la pieza. Un pan con palta lo mira desde el mesón. Han pasado diez minutos y el programa se está acotando. Ya no alcanzará a comer sentado, lavar el plato y dejar limpio, nada de eso. Deberá engullir el sándwich en el metro, probablemente incómodo, lo que lo dejará, como decía su abuela, abutragado. Como con esa sensación de que quedó algo sin digerir. Traga saliva y se dirige a la lavadora. Recuerda perfectamente haberlas llevado a la secadora del piso 21. “De nuevo subieron el precio de estas cosas” fue la frase con la que decidió romper el hielo frente a Sofía, sin respuesta positiva. La muchacha sonrió levemente, asintió en silencio, tomó su canasta de ropa y enfiló hacia el ascensor. Probablemente el fracaso se debió a dos factores. Primero, la tarifa de mil doscientos pesos había tenido un reajuste de cien pesos hacía mínimo ocho meses, y segundo, andaba quemado. Ando quemado, hermano. El jefe me dijo que de aquí a fin de mes tenía que decirle al Luchito de la puerta que íbamos a recortar personal. Huevón vaca, lo que me pide que haga. No tengo la cara para decirle algo así al Luchito, si el viejo es casi parte del inventario. No sé qué hacer, capaz que le diga a mi jefe que le diga él, ¿no es tan chorito? Quizás con qué tono de sepultura le dijo a la Sofía que de nuevo habían subido la tarifa de las secadoras. Lo bueno es que las medias se pueden meter a la secadora y no les pasa nada. Por ese detalle, recuerda que no están en la ropa sucia, pero ya es tarde; el contenido de la lavadora cubre el suelo del baño. Mierda, dónde están. ¡Medias! ¡Medias! Cuando era chico así aparecían las cosas, Barto, no me mires así. Debajo de la cama tampoco, por la mierda. Y como un reflejo, un inexplicable impulso le hace remover nuevamente las prendas deportivas a utilizar. Saltan las medias, chocan con las cortinas y caen al suelo. Aquí están. Guarda todo perfectamente doblado, faltan diez minutos para las siete y ya verá cómo se come el pan, ahora lo importante es que va a llegar a la hora, porque llegar atrasado es fallar, y fallarle al futbolito de los jueves, ni loco. Se pone los audífonos, se mira en el espejo del ascensor y sonríe; va a pasarlo bien, a olvidarse un rato de todas las otras derrotas, y por supuesto, a desparramar talento. “Pero un consejo les doy…”</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Dos victorias en día domingo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jul 2019 20:43:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ya eran bastantes y consecutivas las noches de domingo amargas, sin ánimos de escuchar por Radio Cooperativa los pormenores de la fecha tanto en primera como en segunda. Para Daniel era norma: si la U ganaba, se quedaba hasta las tantas de la mañana viendo el Zoom Deportivo, pero si perdía, reemplazaba los relatos de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Ya eran bastantes y consecutivas las noches de domingo amargas, sin ánimos de escuchar por Radio Cooperativa los pormenores de la fecha tanto en primera como en segunda. Para Daniel era norma: si la U ganaba, se quedaba hasta las tantas de la mañana viendo el Zoom Deportivo, pero si perdía, reemplazaba los relatos de la jornada por música de los Beatles. Ojo que el día no comenzó auspicioso tampoco, se le pasaron los porotos, quedándoles con ese sabor medio “azumagado”. Aparte se quedó dormido después de almuerzo y tuvo que hacer el aseo medio corriendo porque pronto llegaría la Fran con el Panchito de la casa de los tatas. Más nervioso que concentrado Daniel barría y miraba el partido. Gritó, cantó, sufrió, puteó y desató su algarabía corriendo por la casa. Listo, ganó la U. Sin cábalas, sin oraciones ni promesas cotidianas hechas a la rápida, esta vez no fue necesario. Ganó la U y cortó la sequía. Se puso tan contento el Dani que se duchó rapidito y fue a comprar para la once, quería desparramar su alegría. Había que salir de gala, así es que obviamente se puso el polerón marca Avia del noventa y cuatro.</p>
<p>“Hola mi amor” lo envuelve con sus brazos y apoya su cabeza en el hombro del niño, para sentir uno de los olores que extrañó toda la tarde. Se incorpora y le ayuda con la mochila a la Francisca, al tiempo que le da un cariñoso beso, con los ojos cerrados como cuando recién se empieza. Panchito responde casi todas las preguntas que su papá le hace hasta que le pide que jueguen a la pelota. En ese intercambio de pases, Panchito suelta un inconfundible “goooool de la U”. No puede negar Daniel que es algo que viene trabajando junto a su hijo; camisetas, banderas en la casa, revistas, cánticos en momentos anodinos y algunos otros etcéteras. Así que aprovecha y le cuenta que la U ganó, que ganó jugando bien y con actitud. Suena el teléfono, la abuelita de este lado quiere ver un ratito al Panchito. Van, total es temprano y está todo listo; de aquí en adelante es todo ganancia. Comienzan a pasar el noticiero, el tata ve el compacto con los goles de esos que le gustan a él, esos que no tienen colores. Y cuando la pantalla se tiñe de azul y rojo, Panchito da un respingo y dice: “La U”. “Sí”, contesta con desgano el abuelo. “La U, tata”. El papá está sentado un poco más al borde de la silla y mira fijamente a Panchito, quien está tan metido en la pantalla que no se percata de los ojos de su papá. Conteniendo el aliento, escucha la frase que esperó durante todo este tiempo, y que por añadidura se la está diciendo al tata que transita por la otra vereda de la vida. “A mí me gusta la U tata” y siente una satisfacción tan enorme como inexplicable. Siente que la tarea está avanzada en buenos pasos. Sonríe levemente, pero es solamente porque no quiere pasar a llevar a nadie; adentro está saltando como cuando celebra los goles en la cancha. Le da una mirada cómplice a Francisca y concluye en su mente que es un gran día domingo.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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