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	<title>crónica archivos | Radio AzulChile</title>
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	<title>crónica archivos | Radio AzulChile</title>
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		<title>A nosotros mismos</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 24 Oct 2019 15:22:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>La noche del jueves, tímidamente fría, vio cómo la épica volvía a ponerse de nuestro lado. No hubo quien no se emocionara con ese rebote que a la postre nos dio el triunfo. Un triunfo que veníamos esperando y ansiando desde hacía tiempo. Queríamos extender el abrazo previo, ese de la Copa Chile, y declararnos definitivamente listos para la batalla por no descender. Y mandamos un mensaje muy claro: vamos a pelear hasta el final, empujando con fuerza y sin miedo; vamos a aguantar, vamos a pararnos con fuerza y por supuesto, vamos a estar acompañados de una masa que quiere lo mismo que nosotros. Vamos a sufrir, porque obvio, así somos los de este lado, pero vamos a vencer. Vamos a gritar, vamos a cantar, vamos a saltar para que todos vean y se den cuenta de que no estamos muertos, y de que no vamos a entregar ni un metro más. Despertamos para no volver a quedarnos dormidos. Tenemos la unión, como ese equipo del noventa y nueve, o la selección del dos mil quince. Tenemos valentía, como cuando solíamos ir por el continente ganando de visitante. Por nuestra orilla corre la fuerza, la fuerza del penal del Pato Mardones, de las estocadas mortales del Matador, de los cabezazos del Bombero, de la zurda de Aredes, de Capanga, de Braulio Musso, somos tanques como Campos. Tenemos fe, como teníamos el noventa y cuatro allá en El Salvador, aunque también como tuvimos cada vez que nos equivocamos con los ídolos. Tenemos ganas de salir adelante, tenemos ganas de recuperar lo que es nuestro, y poner la actitud necesaria. Tenemos ganas de dejarlo todo, porque así somos los de la U. Y por supuesto, tenemos a nuestro favor esa masa que alienta cuando más se necesita, que nunca abandona y que enfrenta la vida con optimismo y fe. Esa masa sufrida que se come las uñas, que mira al cielo y pide “una, por favor”. Que se abraza con cuatro o cinco desconocidos para celebrar una explosión de júbilo. Esa masa, que está compuesta de miles de voces diferentes, pero que juntas suenan como una orquesta filarmónica en los tímpanos de jugadores propios y ajenos. Coincidentemente para quienes caminamos por la vereda, o quizás porque la U es un reflejo de nuestra rebeldía social, es casi una respuesta a todos nuestros deseos de canalizar un sentimiento noble, el pueblo volvió a hacer suya la épica y sacó la voz al día siguiente. Se cansó el pueblo, señores. Nos aburrimos de que nos sigan robando en nuestras narices, y les hemos dicho de todas las formas. Hemos marchado autorizados y no, les hemos hecho saber a través de las redes sociales (el medio de comunicación de nuestra época); pero ustedes, los poderosos controladores de toda esta larga y angosta faja de desigualdades, nos ignoraron y se nos rieron en la cara tal como a los empleados en alguna de sus tantas empresas. Como cuando nos mandaron a hacer vida social en los consultorios esa vez que reclamamos por el estado de la salud pública; como cuando lo de las alzas de la verdura, nos mandaron a comprar flores. ¿O ya se les olvidó que salieron millones de personas a reclamar por las pensiones miserables que recibimos todos los meses mientras ustedes se embolsan veinte veces esa cantidad de plata? Entonces hubo que recurrir a tocarles donde les duele. Porque si no les doliera, los mandamases de las principales cadenas de supermercados del país, que por cierto no pertenecen a todos los chilenos, no habrían tenido una reunión con el presidente antes de que este avisara, por dar un ejemplo, que las clases estaban suspendidas. Habrá formas de protesta que no gusten a todos, porque no todos somos igualmente intensos para la lucha, pero será indiscutible que se trata de una lucha del pueblo. Lamentablemente la agresiva respuesta se veía venir, con esto el desorden social, policías infiltrados disparando a mansalva, ciudadanos asesinados por la policía y la milicia y la revuelta delictual, que lo único que logra es poner al pueblo contra sí mismo, satisfaciendo el paladar del poderoso y a sus ojos justificando una aún mayor violencia del aparato represor, como si todo lo anterior hubiese sido insuficiente. En ambos frentes, esperemos que no decaigamos, que el pueblo se abrace y que la fuerza nos alcance para seguir remando desde abajo; estamos mostrando los dientes, ahora sí nos estamos volviendo a parecer a nosotros mismos.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Divorciado</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 19 Sep 2019 02:06:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Es el primer sábado de su nueva vida. Terminó ayer la mudanza y, fiel a su estilo, no se acostó hasta que ordenó todo. Lo último que recuerda es haber visto las 3:17 en su celular y pensar en qué invertiría todo el aparentemente inagotable tiempo de su primer sábado solo en mucho tiempo. Solo, solo. Sabiendo que nadie llegará del entrenamiento de básquet, ni le pedirá que lo lleve al persa Bio Bio. Apaga la alarma con la felicidad de quien sabe que ha olvidado desactivarla y acomoda su cabeza frente al ventanal con visillo y cortinas negras. Cierra los ojos y vuelve a entregarse al sueño. Se levanta sonriendo a las diez y media, se da una ducha de veinte minutos y comienza a preparar su desayuno. Ligero, pan de molde integral con palta y un café en su taza nueva. Prende la tele, juegan el Cardiff contra el Everton y decide que el desayuno va a terminar en el futón. Cuando termina el partido toma su celular y en una de las páginas de Instagram que le provee de ideas para la carpintería han subido una repisa hecha a mano con todo y planos y medidas. Listo, es eso lo que le falta a su nuevo hogar, entre otras cosas que descubrirá más adelante, así es que camina las cinco cuadras que le separan de la barraca de madera donde consigue los listones necesarios. Entra al Sodimac y decide que es un robo pagar más de mil quinientos pesos por una caja de clavos así es que recordando sus años de juventud, esconde los necesarios en el bolsillo interior de su chaqueta. En la conserjería, al regreso, lo saludan con mirada curiosa, cómo no, si en el edificio no lo conoce nadie. Se apresura en comenzar su faena, solo puede meter bulla con taladro hasta las cinco de la tarde y no quiere comenzar su aventura en el edificio teniendo que recibir una multa tan evitable como innecesaria. Marca los palos, hace los hoyos y comienza a armar. No se ha dado cuenta, pero ya son las seis de la tarde y no ha almorzado. El armado del mueble le ha consumido el tiempo de manera inexorable, es decir, ha cumplido su objetivo. Cuando la tripa le ruge feroz, toma su chaqueta y sale a buscar un sándwich al negocio de la esquina. Atendido por sus dueños venezolanos, es conocido en el barrio por sus sándwiches y empanadas, así es que el bajón cumple con todas las expectativas. Al regreso a casa, lija las puntas y se apresta a organizar sus libros. No son pocos, y es que la lectura ha sido históricamente su hobbie preferido. Bueno, eso y el fútbol. Piensa en las cuatro pruebas que tuvo que dar cuando intentó llegar al profesionalismo a través de Cobreloa, y se acuerda de cuando lo rechazaron de la U, provocándole uno de los dolores más feos en su vida de adolescente. Claro, la peor estocada se la daría su esposa muchos años después, pero prefiere no pensar en eso y recordar a Darín pesquisando el joven cuerpo inerte de Liliana Colotto. “El secreto de sus ojos” se convirtió en su top tres de libros favoritos. El resto del podio lo completan otras obras del mismo autor. Ya son las diez de la noche, y, acomodado el último ejemplar, se pone de pie, retrocede un par de pasos y admira su obra. Perfecta, o al menos tal como la imaginó. Se le hace inevitable pensar en que sus fines de semana serán así, con una completa disposición de su tiempo, y después de mucho tiempo, sonríe.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Cara a cara con la desazón</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 05 Sep 2019 19:31:27 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Es increíble como dos vidas pueden llegar a entrecruzarse en un punto anodino del tiempo y el espacio, generando la posibilidad de ponerse en situaciones complicadas o difíciles. Caía ya la noche cuando Roberto saludaba a sus compañeros del turno saliente sin la alegría que lo caracterizaba. La razón era evidente a pesar de que no todos sus colegas la sabían; su equipo había perdido por goleada la semifinal de la copa Libertadores de América, con el arquero propio como triste protagonista. El, hasta ese momento, mejor arquero de la copa y seguro candidato a próximo ídolo tuvo una de esas noches nefastas. A los quince minutos se le coló por entre las piernas un remate que venía dando botecitos y decretó la apertura de la cuenta para los visitantes. Una mala salida suya permitió que los delanteros rivales pudieran urdir una serie de toques en la entrada del área que acabó con el killer de ellos reventándole el arco casi a quemarropa. Para colmo de males, el local tampoco reaccionaba. Perdieron la calma y en el segundo tiempo recibieron otro gol, con clara complicidad del portero. Tres a cero y a cobrar, una vez más se quedaban sin final de copa. Roberto, que ya llevaba una hora y media de turno en la conserjería de la torre A, vio el partido desde su celular, poniendo poca atención a los residentes y visitantes que transitaban por el edificio de la calle Portugal. Su desazón una vez terminado el cotejo era indudable. La oportunidad de ver a su amado equipo jugar la final de la copa se había esfumado nuevamente, pero esta vez de manera traumática. Recordó, como siempre se hace en estos casos, los cuartos de final de esa Conmebol del año noventa y cuatro cuando en el estadio presenció la ajustada caída de su cuadro con un autogol en el último minuto. Concluyó, en otro vago intento de encontrar el consuelo definitivo, que tenían mala suerte. Que hay algunas cosas que en la vida no llegan nunca, que la historia al parecer ya está escrita y que no hay razón para seguir mortificándose por un evento deportivo que esta vez no se condijo con sus más profundos deseos. Sabía que esas frases se las estaba diciendo como para calmar un poco la pesadumbre que caía sobre su futbolero corazón, pero en lo más íntimo de su ser tenía perfectamente claro que era una autocomplacencia inútil. Seguiría pensando por años en dónde estaba esa noche de copa, en las esperanzas que albergaba al inicio del cotejo; pero sobre todas las cosas, recordaría por siempre la amargura que le provocó ver la lenta y displicente faena del golero propio. En un momento, cuando faltaban cuatro o cinco minutos para el final del partido, pensó que sería bueno encontrárselo al desgraciado, en el mall, en el supermercado o en alguna instancia así, informal, y hacerle saber con fuerza lo que significó verlo comerse esos tres goles, a él que venía haciendo una campaña formidable y que incluso en el partido de ida había mantenido su arco en cero. No iba a llegar a las manos, Roberto sabía que por muy ofuscado que estuviera, la violencia física no era una opción. De hecho, había preparado un discurso en el que le daba las gracias por todo lo que había dado, pero que esa noche le había regalado la peor jornada laboral de toda su existencia. Que no podía ser que un jugador de esa categoría cometiera tres barbaridades que hasta un niño chico hubiera podido resolver. Que le habían soplado por ahí que era hincha de la contra, y que por eso se había dejado pasar las tres pepas. Que se fuera a la mierda, que ojalá terminara jugando en la cuarta división de Azerbaiyán y que lo despidieran por comerse tres goles en una final, para que así supiera lo que se siente caer tan bajo. Lo que desconocía Roberto, era que este arquero tenía una tía que vivía en el edificio donde él se desempeñaba. Tía que además era la favorita, por lo que no se perdía ningún cumpleaños. Roberto llevaba casi nueve meses en esa conserjería, por lo que no tenía forma de saber de la sagrada visita anual de este futbolista, el cual cayó por el lugar a eso de las diez y media. Entró por Lira, donde estaba el estacionamiento, y aunque venía con la intención de no ser descubierto fácilmente –ya había calculado aproximadamente el número de corazones rotos que sus acciones de la noche anterior habían desparramado- el conserje venezolano de la torre B ni siquiera lo reconoció. Es más, su gesto para indicarle que tenía que registrar su visita en la conserjería oriente fue hasta descortés. El arquero, acostumbrado a recibir ínfulas de cariño, se extrañó, pero siguió caminando por el pasillo de cerámicas beige horriblemente adornado con frescos de arte abstracto. Al llegar al mesón, tuvo que esperar pacientemente al conserje de turno, señor Roberto Molina. Se entretuvo esos tres minutos mirando cuántas cartas había en total en los casilleros de madera que tenía asignado cada departamento. Roberto se sentó en su silla, y cuando su interlocutor se quitó el gorro, lo reconoció de inmediato. Su corazón comenzó a latir a un ritmo desenfrenado, y mientras anotaba el rut del visitante en el cuaderno, con un escalofrío en modo ascensor en su espalda pensó en cada una de las palabras que le diría después de que el arquero pronunciara su nombre.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Plegaria desesperada</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 07 Aug 2019 20:59:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Lo primero que hace Paula al terminar el partido es soltar por entre los dientes un nítido “conchesumadre”. Acto siguiente, mira al cielo como buscando una respuesta, algo que la saque a ella y al equipo de la incertidumbre. “¿Vamos a tomarnos una pilsen?” Martín, su pololo, interrumpe sus cavilaciones con esa sincera invitación, pero [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Lo primero que hace Paula al terminar el partido es soltar por entre los dientes un nítido “conchesumadre”. Acto siguiente, mira al cielo como buscando una respuesta, algo que la saque a ella y al equipo de la incertidumbre. “¿Vamos a tomarnos una pilsen?” Martín, su pololo, interrumpe sus cavilaciones con esa sincera invitación, pero a Paula no le apetece ni una pilsen, ni una hamburguesa vegana, ni una fajita ni nada. Se le está haciendo costumbre eso de no comer después de ir al estadio, aunque hay que decir que es una costumbre adquirida hace poco, digamos que desde que el equipo comenzó a mostrarse perdido, sin rumbo y dejar escapar puntos importantes. Va silente en la quinientos dieciséis que los dejará en el metro Irarrázaval. Sabe que tienen que apurarse porque el metro va a cerrar pronto, pero esa es ahora la más mínima de sus preocupaciones. Una frase no deja de darle vueltas en la cabeza, y a pesar de que no la pronunció ella, ha comenzado a considerarla como una posibilidad real. “Se van a ir a la B”. El papá de Martín, quien lamentablemente escogió mal su camino futbolero, se la había tirado el viernes en el asado de cumpleaños, y ella, envalentonada por las cuatro latas de medio que se había servido, le respondió con un seco “ni cagando”. El proyecto de suegro tenía planes de hundir aún más el dedo en la llaga de las pasiones de Paula, pero Martín calmó las aguas con un tajante “por favor, estoy de cumpleaños, compórtense”. Incluso el timbre y el tono con que don Carlos le había dicho eso resuenan ahora en su cabeza. Paula trata de encontrar una respuesta a la avasallante incertidumbre que su equipo le presenta. Sin ganas, sin sangre, sin corazón, sin amor propio, pero con millones de pesos en la cuenta bancaria, con millones de historias en las redes sociales y cargando irresponsablemente en sus espaldas las ilusiones de millones de hinchas azules que semana tras semana se desviven por asistir y cantarle al equipo de sus vidas. “Ahora van a echar al técnico, va a volver Johnny y va a empezar a cambiar la cosa, no tienen a nadie que les grite y los desacomode un poco, son como maquinitas mal programadas que fallan en las conexiones más esenciales”. Nuevamente Martín trata de racionalizar un poco la desazón reinante en las huestes azules. Paula lo mira, inclina su cabeza hacia un lado con un gesto inequívoco de ternura, y sabiendo que el corazón levemente colocolino de su novio está tratando de subirle el ánimo, le contesta con un escueto “hay que ver qué chucha hacemos”. Martín se decide a continuar con el discurso: “ustedes los hinchas no pueden hacer nada, la S.A. tiene todo el control del temita, y no solo acá en la Chile. Cacha que ahora están tirando al frente a los ídolos para aquietar un poco el asunto, así de cagados están. Capaz que tengan que irse a la B para que los empresarios se den cuenta de que no pueden administrar un equipo de fútbol, que significa tanto para tanta gente como si estuviéramos hablando de un kiosco o una multitienda. O en volá los compran los mexicanos y terminan por desaparecer”. En otro momento quizás esa última frase pronunciada por su pololo hubiera sido motivo de malas caras, enojo y hasta discusión, pero ahora Paula prefiere quedarse con la motivación de encontrar un plan de acción adecuado a la situación actual que viven su equipo y ella. Porque esto que está pasando no le está pasando solo a la U. Le está pasando a todos quienes la siguen, la quieren y se han impregnado con este sentimiento, el que para muchos es el sentimiento más lindo de todos. Leyendo las estaciones de la línea cinco, como para distraerse lo suficiente, Paula detiene su vista en una en particular. Sabe que ahí han ocurrido milagros, o al menos milagros relacionados a ella. Su historia en ese lugar comenzó cuando su abuela, desesperada por la desconocida y avasalladora enfermedad que tenía a la Paula de cinco años con bajo peso, problemas alimentarios y de insomnio, decidió jugar sus cartas a la religión y el poder sanador de esa virgen que se aparecía a una tal Bernardita allá en Francia. Cumpliendo la promesa hecha si salvaba a Paula, ella y su abuela iban dos veces al año a ese santuario. De súbito decide que debe bajarse en Quinta Normal, a falta de varias estaciones para llegar al departamento que comparten con Martín. Lo mira fijamente y con un gesto decidido le dice que tiene que hacer algo, que tiene que hacerlo sola y que no se preocupe, que llega pronto. Martín ha comprendido todo, como siempre en los ocho años que llevan juntos, y le dice que sí, que no hay problema, que él pasa a comprar algo para esperarla con comida, que quizás pizza o sushi y unas micheladas, de esas con merkén que él le prepara a veces. Se despiden con un beso largo y Paula toma las escaleras con paso firme y decidido. Se puso helada la noche, por lo que se abrocha el abrigo que le cubre la camiseta Reebok del año noventa y siete que le regaló su pololo la navidad pasada. Aparte el cuello subido le da un aspecto mucho más misterioso a través de esas calles donde no caminan muchas almas. Avanza por Matucana hacia el norte y dobla a la izquierda en la primera cuadra. Ni siquiera sopesa la posibilidad de cruzar por el parque, primero porque está cerrado, y segundo porque saltar las rejas medianas al lado del cité Las Palmas podría llevarla a las manos salvajes de algún guardia, impidiéndole cumplir su misión original. Pasa frente a los milicos y mira la insignia con asco, recordando que cuando pequeña se preguntaba si les pagaban buena plata por estar encerrados todo el día en las garitas que daban a la vereda. Apura el paso, incluso trotando levemente a las afueras del Internado Barros Arana, construcción monumental -se reprocha pensar en esa palabra- que en su infancia le parecía tenebrosa. Al llegar a la Basílica frena por un momento, se asegura de que no venga nadie por el paseo peatonal que da la bienvenida al santuario y avanza pegada a la reja. Al lado de la imagen de Jesús crucificado, y al calor de las pocas velas que no se rinden en arder, yace un vagabundo, quien la mira sin atención. Para asegurarse de que ningún detalle atente contra su cometido, le indica con el dedo en los labios que se mantenga en silencio, a lo que el viejo levanta las cejas y se acomoda en el saco de dormir. Paula mira hacia el interior y ve que el guardia se dirige con paso raudo hacia el ala norte, seguramente va al baño. Es ahora o nunca, situaciones desesperadas requieren acciones desesperadas y ella ciertamente está dispuesta a hacer lo que sea por su equipo, por lo que pisa el fierro horizontal, sube su pierna derecha y con un ágil movimiento se impulsa hacia el interior. Aterriza y se agacha. Lo ha logrado, está ahí dentro. Una hazaña en teoría fácil, pero cargada de significados. El amor por su equipo ha guiado sus decisiones y sus pasos hasta ese momento, cuando sigilosamente avanza hacia el frente del altar. Nunca había visto ese lugar de esa forma, con la luz del foco lateral cayendo oblicua sobre las bancas donde los fieles acostumbran a sentarse para elevar sus plegarias. Ella no puede hacerlo ahí, debe ir a arrodillarse tras la caja de madera que almacena los paquetes de velas sellados que depositan los visitantes. Ahí tiene el tiempo suficiente para llevar a cabo su misión sin ser descubierta por el guardia. Cierra los ojos, se persigna, recita el padre nuestro y procede a entregarle a la virgen su ruego: “te pido por lo que más quieras que nos salvemos del descenso”. Llora. Llora con dolor, suspirando brevemente; lo suficiente para que el custodio la descubra. “¿Quién anda ahí?” El grito marcial distrae a Paula, quien gira para ver al hombre de abrigo azul avanzar empuñando una pistola. Sin dudarlo se pone de pie con las manos en alto, como si fuera un crimen lo que acaba de hacer. A unos diez metros, el hombre le pregunta qué hace en el santuario a estas horas, y Paula, petrificada por el miedo del cañón apuntándole, solo atina a bajar el cierre de su chaqueta y mostrar su camiseta. Inmediatamente el guardia mueve la pistola indicándole la salida, y ella, obediente, procede a retirarse del lugar. Su interlocutor baja y enfunda su arma, y gira la llave para abrirle la puerta. “Gracias”, se despide Paula, sin poder descifrar qué significa la sonrisa que el guardia le regala al salir. Siete pasos más adelante, escucha la misma voz diciéndole que él también va a rezar por la U. “Si esto no nos salva…” es lo último que piensa Paula antes de ponerse los audífonos y enfilar hacia el paradero de la micro.</p>
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<p>Nacho Márquez | Rsdio AzulChile.cl</p>
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		<title>Las medias</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 26 Jul 2019 20:40:36 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Las 6 y media, falta una hora para el partido. El equipo, hay que sacarlo y guardarlo en la mochila. La camiseta lavada y doblada; el short con el 10 blanco, a pesar de que no luce ese número en el Atlético Florida; y las zapatillas. ¿Y las medias? Pero si estaban aquí. Levanta el [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Las 6 y media, falta una hora para el partido. El equipo, hay que sacarlo y guardarlo en la mochila. La camiseta lavada y doblada; el short con el 10 blanco, a pesar de que no luce ese número en el Atlético Florida; y las zapatillas. ¿Y las medias? Pero si estaban aquí. Levanta el pantalón de buzo. Sabe que la posibilidad de que se encuentren ahí es remota, pero el tiempo no le apremia. Si sale de su casa a las 7, llega con el tiempo suficiente para vestirse como es su cábala, de abajo hacia arriba. Es decir, primero estirar y calzar cuidadosamente las calcetas azules, cambiarse el buzo por su ya mencionado short, y finalmente dejar cubrir su torso con el manto sagrado que a rayas verticales azules y amarillas alimenta sus más íntimas pasiones. El primer cajón, obvio, donde están todos los calcetines. Cuando conoció a la Yoyi dejaba todo tirado en la cama no más, total al acostarse lo movería a la silla y así por unas largas dos semanas, que era en promedio la frecuencia con la que lo visitaba su mamá. Pero la Yoyi lo domesticó. Le enseñó con paciencia y amor cómo ser un poco más ordenado, lo suficiente sin ahogarlo. Sonríe. Está pensando en la Yoyi. Por qué me habré puesto tan gil esos meses. La aburrí, como decía mi hermana que iba a pasar. Que me relajara, que ella me quería bien, que no andaba en ninguna mala maniobra. Más gil, pensando puras huevás. Era obvio que se iba a aburrir. Mil quinientas cosas en la cabeza. Pero bueno, las medias. Dónde estarán las medias. Todos los cajones van sufriendo la búsqueda, mientras desde la cama lo mira El Barto, el gato que lo acompaña hace tres años en ese departamento. Maúlla. Ahora no, guachín, se me perdieron las medias. Se le perdieron las medias como se le pierde el menú de la comida china, el control remoto, como se le pierde el celular cada 8 meses, o el pase escolar que tanto agradeció al entrar al magíster. A este se le pierde todo. Las súplicas del gato por una expresión de afecto son tan infructuosas como la pesquisa de la cajonera. Se rasca la cabeza. Sube la vista, pero como está tan seguro de que no las dejó ahí, sale de la pieza. Un pan con palta lo mira desde el mesón. Han pasado diez minutos y el programa se está acotando. Ya no alcanzará a comer sentado, lavar el plato y dejar limpio, nada de eso. Deberá engullir el sándwich en el metro, probablemente incómodo, lo que lo dejará, como decía su abuela, abutragado. Como con esa sensación de que quedó algo sin digerir. Traga saliva y se dirige a la lavadora. Recuerda perfectamente haberlas llevado a la secadora del piso 21. “De nuevo subieron el precio de estas cosas” fue la frase con la que decidió romper el hielo frente a Sofía, sin respuesta positiva. La muchacha sonrió levemente, asintió en silencio, tomó su canasta de ropa y enfiló hacia el ascensor. Probablemente el fracaso se debió a dos factores. Primero, la tarifa de mil doscientos pesos había tenido un reajuste de cien pesos hacía mínimo ocho meses, y segundo, andaba quemado. Ando quemado, hermano. El jefe me dijo que de aquí a fin de mes tenía que decirle al Luchito de la puerta que íbamos a recortar personal. Huevón vaca, lo que me pide que haga. No tengo la cara para decirle algo así al Luchito, si el viejo es casi parte del inventario. No sé qué hacer, capaz que le diga a mi jefe que le diga él, ¿no es tan chorito? Quizás con qué tono de sepultura le dijo a la Sofía que de nuevo habían subido la tarifa de las secadoras. Lo bueno es que las medias se pueden meter a la secadora y no les pasa nada. Por ese detalle, recuerda que no están en la ropa sucia, pero ya es tarde; el contenido de la lavadora cubre el suelo del baño. Mierda, dónde están. ¡Medias! ¡Medias! Cuando era chico así aparecían las cosas, Barto, no me mires así. Debajo de la cama tampoco, por la mierda. Y como un reflejo, un inexplicable impulso le hace remover nuevamente las prendas deportivas a utilizar. Saltan las medias, chocan con las cortinas y caen al suelo. Aquí están. Guarda todo perfectamente doblado, faltan diez minutos para las siete y ya verá cómo se come el pan, ahora lo importante es que va a llegar a la hora, porque llegar atrasado es fallar, y fallarle al futbolito de los jueves, ni loco. Se pone los audífonos, se mira en el espejo del ascensor y sonríe; va a pasarlo bien, a olvidarse un rato de todas las otras derrotas, y por supuesto, a desparramar talento. “Pero un consejo les doy…”</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Dos victorias en día domingo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Jul 2019 20:43:58 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Ya eran bastantes y consecutivas las noches de domingo amargas, sin ánimos de escuchar por Radio Cooperativa los pormenores de la fecha tanto en primera como en segunda. Para Daniel era norma: si la U ganaba, se quedaba hasta las tantas de la mañana viendo el Zoom Deportivo, pero si perdía, reemplazaba los relatos de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Ya eran bastantes y consecutivas las noches de domingo amargas, sin ánimos de escuchar por Radio Cooperativa los pormenores de la fecha tanto en primera como en segunda. Para Daniel era norma: si la U ganaba, se quedaba hasta las tantas de la mañana viendo el Zoom Deportivo, pero si perdía, reemplazaba los relatos de la jornada por música de los Beatles. Ojo que el día no comenzó auspicioso tampoco, se le pasaron los porotos, quedándoles con ese sabor medio “azumagado”. Aparte se quedó dormido después de almuerzo y tuvo que hacer el aseo medio corriendo porque pronto llegaría la Fran con el Panchito de la casa de los tatas. Más nervioso que concentrado Daniel barría y miraba el partido. Gritó, cantó, sufrió, puteó y desató su algarabía corriendo por la casa. Listo, ganó la U. Sin cábalas, sin oraciones ni promesas cotidianas hechas a la rápida, esta vez no fue necesario. Ganó la U y cortó la sequía. Se puso tan contento el Dani que se duchó rapidito y fue a comprar para la once, quería desparramar su alegría. Había que salir de gala, así es que obviamente se puso el polerón marca Avia del noventa y cuatro.</p>
<p>“Hola mi amor” lo envuelve con sus brazos y apoya su cabeza en el hombro del niño, para sentir uno de los olores que extrañó toda la tarde. Se incorpora y le ayuda con la mochila a la Francisca, al tiempo que le da un cariñoso beso, con los ojos cerrados como cuando recién se empieza. Panchito responde casi todas las preguntas que su papá le hace hasta que le pide que jueguen a la pelota. En ese intercambio de pases, Panchito suelta un inconfundible “goooool de la U”. No puede negar Daniel que es algo que viene trabajando junto a su hijo; camisetas, banderas en la casa, revistas, cánticos en momentos anodinos y algunos otros etcéteras. Así que aprovecha y le cuenta que la U ganó, que ganó jugando bien y con actitud. Suena el teléfono, la abuelita de este lado quiere ver un ratito al Panchito. Van, total es temprano y está todo listo; de aquí en adelante es todo ganancia. Comienzan a pasar el noticiero, el tata ve el compacto con los goles de esos que le gustan a él, esos que no tienen colores. Y cuando la pantalla se tiñe de azul y rojo, Panchito da un respingo y dice: “La U”. “Sí”, contesta con desgano el abuelo. “La U, tata”. El papá está sentado un poco más al borde de la silla y mira fijamente a Panchito, quien está tan metido en la pantalla que no se percata de los ojos de su papá. Conteniendo el aliento, escucha la frase que esperó durante todo este tiempo, y que por añadidura se la está diciendo al tata que transita por la otra vereda de la vida. “A mí me gusta la U tata” y siente una satisfacción tan enorme como inexplicable. Siente que la tarea está avanzada en buenos pasos. Sonríe levemente, pero es solamente porque no quiere pasar a llevar a nadie; adentro está saltando como cuando celebra los goles en la cancha. Le da una mirada cómplice a Francisca y concluye en su mente que es un gran día domingo.</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>La Carlita y el 14</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 14 Dec 2018 18:21:16 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Nunca comparto esas publicaciones, pero como me había quedado sin entrada, le di no más. Total, lo peor que podía pasar era que no me las ganara. Y quizás por todo lo que había pasado ese año con la fractura, el gorro que me puso la Feña, el robo del computador con todos los Excel [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Nunca comparto esas publicaciones, pero como me había quedado sin entrada, le di no más. Total, lo peor que podía pasar era que no me las ganara. Y quizás por todo lo que había pasado ese año con la fractura, el gorro que me puso la Feña, el robo del computador con todos los Excel de la pega, la vida tuvo la genial idea de recompensarme en cierto modo, porque me las gané. Puta que grité cuando vi mi nombre en la lista, incluso hasta miré el santito de la primera comunión que tenía al lado del notebook. Pero como nada puede ser totalmente perfecto, se me presentaron dos dilemas: el acompañante y el jefe. Tenía perfectamente claro que el acontecimiento que iba a presenciar no era para vivirlo con cualquiera, así es que la búsqueda de mi acompañante debía ser a conciencia. Lamentablemente mis dos mejores amigos son indios, y no iba a malgastar una entrada llevando a uno de ellos conmigo, imagínate si perdíamos y la culpa era mía por meter a un mufa en la marquesina. Mientras me lavaba las manos, tomé la decisión: iba a decirle a la Carlita. La Carlita trabajaba en el piso de arriba, pero almorzábamos juntos todos los jueves y viernes, y teníamos re buena onda. Yo igual sentía que me hacía ojitos, pero no quise darme máquina porque para qué hacerse ilusiones, aparte yo tampoco era (ni soy) tan bonito, y la Feña me dejó el corazón francamente destrozado, entonces en vez de sufrir, prefería ver a la Carlita como amiga. Pero le dije no más, si total a ella le gustaba harto la U, iba a la cancha y todo. No reparé en el detalle de que en una de esas ella igual había alcanzado ticket, así es que su respuesta me dejó marcando ocupado: “ya tengo entrada, pero la vendo no más, así vamos juntos”. Era como una luz de esperanza, era como el 1 a 0 en Quito, puta el día weno. Ya, primer problema superado, y superado con goleada. Faltaba el otro, el más difícil. Golpeé la puerta y ahí estaba el guatón. Era nefasto el guatón, las tenía todas. Negrero, abusador, manilarga y para más remate, indio. Yo sabía cómo tenía que enfrentarlo, pero me tiritaba la pera igual. Le dije que me había ganado unas entradas para ir a ver a la U y que ese día necesitaba irme un poco antes de la oficina, pero que en compensación, llegaría más temprano. Sobre el otro día no le prometía nada, le tiré medio en broma para ver si por lo menos sonreía. Me miró fijo y en dos palabras resumió lo que yo ya temía: “ni cagando”. Se puso los lentes y se metió en la pantalla. No podía dejar que este gil me cagara la jornada perfecta que llevaba hasta ese momento y le dije lo que me salió del alma: “yo no tengo la culpa de que hace cinco años la manga de fracasados que te gustan a vos no hayan podido ganarle a esos mexicanos de mierda, tampoco soy el responsable de que ninguna secretaria se te haya tirado al dulce, esa es culpa tuya porque en vez de zamparte dos Big Macs deberíai empezar a comer ensalada, guatón culiao”. No dije “renuncio” porque llevaba sus buenos años ahí en la pega y la indemnización podía llegar, solamente había que negarlo todo al momento de la negociación con el dueño, que más encima me conocía del colegio. Pegué el portazo y como que me anduve arrepintiendo, pero envalentonado por los sucesos mencionados anteriormente, casi todo me daba lo mismo. Claro que subí donde la Carlita y le conté con lujo de detalles. Me miró como con ternura y me dijo que no había drama, que si en el peor de los casos perdía la pega, nos íbamos a seguir viendo. Tate, dije yo, la Carlita me sigue abriendo ventanas.</p>
<p>Ese 14 la pasé a buscar y salió del edificio ataviada con la camiseta del año, versión mujer. Si con blazer y falda se veía bien, con la camiseta de la U era una constelación completa. Me preguntó si íbamos a hacer previa, a lo que yo contesté que por supuesto y nos fuimos derechito al Opiparos de Irarrazaval. Nos tomamos dos pilsens y tomamos la micro, llegando con mucha anticipación. La palabra que más escuché en esa hora y media que estuvimos sentados esperando el pitazo inicial fue “relájate”. La Carla me lo decía y me agarraba la mano. Como ya todo indicaba que era hora de adelantar líneas, y ayudado por el alcohol que llevaba dentro de mí, me dispuse a tirar el pase filtrado, le dije que se veía linda, pero que no solo hoy, si no que de lunes a viernes también, y que sentía que ella me daba señales de algo que no podía describir. Sin dejar de tomarme la mano, me dijo que al final del partido me respondía, pero me tiró una sonrisita que yo interpreté como una mano intencional en el área. Me comí las uñas como nunca, incluso después del primer gol. La U dominaba sin pasar apuros y el reloj corría lento como yo después de la lesión. “Que haga un golcito Rivarola” dijo de repente ella y yo asentí. De hecho, le grité al Edu que se la tirara al Diego, pero parece que no me escuchó porque avanzó en sentido contrario y se llevó la pelota pegadita al botín para definirle al espigado arquero. Listo, se había acabado el sufrimiento. Éramos campeones de América y había que celebrarlo. Le dije a la Carlita que nos fuéramos a tomar algo y me dijo que mejor nos fuéramos a su departamento, más piola. Cuando sonó el pitazo final lloré un buen rato, porque me acordé de todos los que no pudieron ver a la U campeón de algo internacional, como mi tata o mi viejo. Mi acompañante me miró, me sonrió y me dio el beso más dulce que me habían dado hasta entonces. “Tú me movís el piso como Charles mueve el mediocampo” me dijo ella, y comprendí que todas las señales eran correctas, que no eran ocurrencias mías y que éramos campeones. Todos éramos campeones.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Chau, David</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Nov 2018 15:10:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Tengo la hipótesis de que todos ocupamos una posición en la cancha de la vida, eso tomando como base que el fútbol en sí es como la vida misma. Dentro de esta categorización podemos encontrar múltiples características que nos ayuden a situarnos dentro de este perímetro verde que es nuestra existencia. Hay personas que nacieron [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Tengo la hipótesis de que todos ocupamos una posición en la cancha de la vida, eso tomando como base que el fútbol en sí es como la vida misma. Dentro de esta categorización podemos encontrar múltiples características que nos ayuden a situarnos dentro de este perímetro verde que es nuestra existencia. Hay personas que nacieron para ser arqueros; se dedican a resolver problemas y viven más expuestos (aunque no lo busquen) a situaciones de riesgo, determinando cómo desviar o atrapar el remate. Los defensas son todos aquellos seres humanos cuya función parece ser la de protegerse y evitar el peligro. Los delanteros, por su parte, se dedican a definir, resolviendo rápidamente las vicisitudes que les presenta el partido. Ahora, los mediocampistas son tipos más complejos. Hay muchas funciones dentro de lo que se conoce como “el medio” y claro, dependerá de cada quién la faceta del juego que preferirá desarrollar. Los que cortan, cortan y los que crean son los artistas, con una mente capaz de filtrar una pelota, rematar o gambetear, porque para ser artista hay que ser versátil. Y dentro de los artistas, están los que crean fantasías, que en sí es una palabra grande. Cosa curiosa porque aquí en Chile fantasista hay uno solo, no es muy alto y por suerte vistió de azul dos veces. Si bien me puse contento cuando llegó a jugar la Libertadores la primera vez, el primer recuerdo vivo que tengo suyo es saliendo de la cancha del Nacional totalmente ofuscado a raíz de una sustitución a todas luces injustificada, pero que, considerando el ejecutor, era incluso esperable. Después de eso la renuncia y los comentarios al voleo, lanzados por irresponsables con la tribuna necesaria para influir en las opiniones de la gente. Pero a él le dio lo mismo. Mientras todos se peleaban y en el combinado ocurrían situaciones graves, este fantasista se dedicó a presentar sus actos en las mejores canchas del mundo. Italia e Inglaterra fueron testigos del pequeño porteño que movía la pelota y enganchaba haciendo pasar de largo a los rivales. Volvió al país con la actitud seria y trabajadora de siempre; si hasta se dejó acariciar por el proyecto de Sampaoli para volver a la selección. Pero la vida, independiente del puesto que ocupemos en la cancha, a veces nos pone en aprietos y las cosas no siempre salen como uno espera. Entonces el mediocampista debe aplicar todo lo que ha aprendido y decidir si pisarla y encarar, si enganchar o tocar a un costado. No se puede vivir agradando al resto ni soportando malos tratos, así es que David se inclinó por el cambio de frente, y volvió a vestirse con nuestros colores. Aquí se sintió importante, como todo mediocampista necesita sentirse. El trabajo serio que a él tanto le acomoda se hizo parte de su ritmo diario, y como siempre, vino a sumar. Si hasta dimos la vuelta en un torneo que parecía imposible; aunque seamos sinceros, para nosotros no hay muchos imposibles. Si hay alguien que se crea moralmente capacitado para juzgarlo, no es problema nuestro, aparte quienes transitamos por esta vereda hemos sido criados para ser respetuosos y agradecidos más que evaluadores o jueces. Mago es cualquiera, pero crear fantasías es otra cosa, qué suerte de haberlas visto con la misma camiseta que amamos y veneramos, gracias David por la seriedad y el compromiso. Ha sido un verdadero placer verte jugar.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>Capítulo 2: Lady in Red</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 21 Nov 2018 14:31:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>“No compadre, la radio es mufa. Prefiero aguantarme los nervios y la incertidumbre a tener que empezar a verlo con un gol en contra” decía seriamente Luchito. Caminaban por Alameda y de súbito, Wilfredo le agarró el brazo a su amigo para indicarle que en la fuente de soda que habían dejado atrás recién estaban [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>“No compadre, la radio es mufa. Prefiero aguantarme los nervios y la incertidumbre a tener que empezar a verlo con un gol en contra” decía seriamente Luchito. Caminaban por Alameda y de súbito, Wilfredo le agarró el brazo a su amigo para indicarle que en la fuente de soda que habían dejado atrás recién estaban dando el partido de la U. Era en estas ocasiones donde Wilfredo más aprendía sobre Luchito. Y es que el compadre aprovechaba cada vez que iban juntos a ver un partido de la U para contarle sobre sus cosas. Si el partido estaba entretenido, hablaba para calmar sus nervios. Si la U ganaba fácil y jugaba bien, hablaba para hacer correr más rápido el reloj.</p>
<p>-¿Te has enamorado alguna vez, Luchito?</p>
<p>Sin dejar de mirar la pantalla, le contestó que sí. Que una vez se había enamorado pero que no había sido correspondido. Y que se juró que de ahí en adelante nada más iba a ocupar su tiempo libre que la U, que al final ese era el único amor que no traicionaba.</p>
<p>Wilfredo solo asentía, porque se declaraba incompetente en materias amorosas y todo lo que pudiera escuchar resultaría ser un consejo. Igual, Mariangela no puede traicionarlo porque nunca le ha pertenecido, a lo más podría romperle el corazón si es que en algún momento decide confesar el amor que le va quemando las entrañas cada día un poco más. “¡Párate, conchetumadre!” El grito de Luis lo remece de sus cavilaciones y desvía su atención hacia el televisor gigante. Avanza peligrosamente la U y Wilfredo puede ver que su compadre se incorpora en la silla y le agarra el brazo. El grito estalló en varias de las gargantas que se remojaban con cerveza, y alivió la tensión acumulada que se podía respirar en el local.</p>
<p>“¿Sabís qué Wil? A mí en esta cuestión del amor no me ha ido nada de bien, pero algo cacho de las chiquillas. Son complicadas, po, qué le vai a hacer. Pero tampoco es indescifrable, si al final son seres humanos. Si te gusta la Mariangela, anda y dile lo que sientes. Si te tinca primero te podís hacer amigo, onda para entablar una conversación franca y tener más confianza. Los mejores planteles salen campeones porque confían en su capacidad. Si tú querís lograr algo, primero tenís que dejar de ser invisible. Llama su atención, métele conversa y cuando ya te sientas seguro, ¡pum! Le decís que te tiene loquito y que querís tener catorce cabros chicos con ella. No sé, piénsalo, de repente me curé y estoy hablando puras huevás. Te voy a ponerte un tema, como dice el Rumpy. ¿No cachai quién es el Rumpy?”. Luchito se afirma de los brazos de la silla, se tambalea, saca una moneda del bolsillo, programa una canción y se va al baño.</p>
<p><em>“Never seen you looking so lovely as you did tonight”</em> suena desde el lustroso wurlitzer que adorna el boliche, y el colombiano piensa en Mariangela con la camiseta de su adorado Independiente de Santa Fe. Al regresar su amigo del baño, Wilfredo lo mira y le ofrece una chelita más. “No pasa ná compadre, a la noche tengo un brillo y tengo que ir bien decente”. Lo quiere al Luchito.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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		<title>El Chato y el 11</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Radio AzulChile]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 28 Sep 2018 17:53:04 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Crónicas de Nacho Marquez]]></category>
		<category><![CDATA[crónica]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Puta que era cabalero el “Chato”. Cabalero y zurdo. Y zurdo completo, ah? No zurdo a medias. Le pegaba con un cañón y militaba, porque no es lo mismo decirse de izquierda que militar en el partido. El “Chato” era de verdad, por eso le pegaron lo que le pegaron los pacos esa vez de [&#8230;]</p>
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										<content:encoded><![CDATA[<p>Puta que era cabalero el “Chato”. Cabalero y zurdo. Y zurdo completo, ah? No zurdo a medias. Le pegaba con un cañón y militaba, porque no es lo mismo decirse de izquierda que militar en el partido. El “Chato” era de verdad, por eso le pegaron lo que le pegaron los pacos esa vez de la concentración del “No”. Roberto, se llamaba, se me había olvidado. Siempre le dijimos “Chato”, desde que llegó a la tercera infantil. Venía con buzo y unas zapatillas Tigre que se notaba que ya le quedaban chicas. “Vengo a jugar” dijo, y nadie podía creerlo. Petisito, medio gordito y patitas cortas, era todo menos un canto a la esperanza. Pero le dimos unos minutos, y salimos todos arrepentidos de no haberlo dejado jugar más rato. Puta el cabro bueno pa’ la pelota. Y cómo le pegaba. Le dijimos que era parte de nuestro equipo y saltó de puro contento. Después cachamos que tenía mil novecientas cábalas. Que vestirse de abajo pa’ arriba, que entrar a la cancha con la pata izquierda, que la cinta de capitán al revés, que la abuela no lo fuera a ver jugar, y así mil cosas. Jugaba de 11, y le gustaba usar ese mismo dorsal. Desde que lo pidió en la juvenil que no se lo sacó más. El “Cutufo” le preguntó por qué y ahí recién nos contó que era porque a sus viejos se los habían llevado después del golpe, entonces llevar ese número maldito en la espalda lo empujaba a querer romper la maldición haciendo goles. Nosotros lo miramos extrañados, porque el “Chato” hablaba como grande, como si ese hecho lo hubiera obligado a crecer y comportarse como grande. Porque aparte, tenía una personalidad cuática. Entraba a la cancha y se transformaba. Si en la plaza de la esquina era tallero y simpático, en el rectángulo de tierra (porque ni pasto le quedaba a la cancha del parque La Bandera) era como Hulk, o peor. Todavía me acuerdo del día que explotó gritando “ándate a la chucha guatón culiao” cuando el saquero Román lo expulsó por celebrar sacándose la camiseta dos veces. Fuimos todos a frenarlo para que no lo castigaran más, pero el “Chato” estaba fuera de sí. Igual yo lo entiendo, era el clásico con el Real y les íbamos ganando 2 a 0 con los goles del Roberto.</p>
<p>Pal’ 94, estábamos en el estadio cuando vio que la U cambiaba de color los números junto con el modelo de camiseta. El “Chato” se percató al tiro. “Mira qué linda se ve la camiseta de Marcelo Salas” me dijo sin quitarle la vista a la cancha, y yo capté de una la referencia. Era un 11 rojo con bordes blancos que, a fuerza de ser sincero, se veía mucho mejor que el número en tres dimensiones todo blanco de campañas anteriores. “Ese le voy a pintar a la camiseta”. Hablaba de la camiseta Avia que le habían regalado sus papás y que cuidaba como hueso santo. “Estai loco, la vai a echar a perder” le dije para saber si sus intenciones eran serias. “Sale pa allá, gil. Va a quedar chacal”. Y la pintó no más el loco, pero no tuvo mucho éxito y me la regaló después de catorce intentos de sacar el mamarracho que le pintó con témpera en la espalda. El 15 de diciembre de ese año, a tres días de dar la vuelta olímpica en el desierto después de 25 años, el “Chato” se puso la 11 del Juventud y frente al clásico rival (que no se jugaba nada) dio una de sus mejores muestras futbolísticas. Dos goles, un pase gol y la vuelta. Pero yo igual lo caché raro en el camarín. “¿Y si perdemos con Cobresal, weon?” me preguntó con notoria preocupación. “Tranquilo “Chatito”, Marcelito Salas con la 11 nos va a dar el triunfo, ya vas a ver”. Igual anduve cerca. Esa navidad caí por su casa y le llevé un regalito. Se le iluminaron los ojos cuando vio que era una camiseta Chilectra Avia con número. ¿Cuál número era? ¿Me estás preguntando en serio?</p>
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<p>Nacho Márquez | Radio AzulChile.cl</p>
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