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Bulla cuentos: Los únicos hinchas que han alentado al León

El árbitro en cualquier momento ponía el silbato en su boca y daba término a una nueva edición del clásico universitario. La U caía ante las monjas, y en nuestro intento por ayudar al equipo a empujar la pelota hacia el arco contrario y lograr un empate, aunque fuera al último minuto, nuestro cantar era aún más fuerte de lo habitual en los paravalanchas de la 14. Pero a pesar de aquello, nuestras voces eran silenciadas por primera vez después de más de 90 minutos por un silbido nefasto; el pito del saquero.

Después de despedir al equipo, nos retiramos lentamente del Pasional, cabizbajos y en un silencio sepulcral. Nuestra tristeza también era compartida por ese cielo azul que acompañando nuestro sentir, empieza a llorar desconsoladamente que a ojos de un simple mortal era una lluvia más del invierno capitalino.

Del grupo de camaradas, me quedó sólo con la compañía de mi amigo Chico Erik quien me pide que lo acompañe al terminal de buses para regresar a su natal Concepción. Le digo que en esta oportunidad no podrá ser ya que me tocó trabajar medio día y para evitar problemas en la entrada con los pacos, dejé mi mochila en un casillero de un supermercado del centro. El Chico insiste y dice que podríamos primero retirar mis pertenencias y aprovechar de pasar las penas en algún boliche y después, acompañarlo a tomar un bus para el sur.

En ese instante, la lluvia era incesante por lo que fue la excusa perfecta para permanecer su buen tiempo en un local y bajar varias pilsen. Cuando estimamos que era hora de emprender la marcha, Erik me propone que nos vayamos a pie hasta el terminal y así, conocer los famosos barrios del llamado casco histórico de Santiago.

Acompañados por varias pilsen, recorrimos las calles que nos separaban de nuestro destino y una vez que llegamos al terminal, el Chico me indica que tratará de sacar el pasaje del último bus que salga a Concepción y a su vez, lo más barato posible y con eso, comprar un último copete. Dicho y hecho, con las monedas sobrantes fuimos a la botica más cercana y adquirimos una caja de vino tinto.

De acuerdo a la hora del pasaje, disponíamos del tiempo suficiente para degustar del último brebaje y cuando buscábamos un lugar que nos cobijara, nuevamente la lluvia se hacía presente la cual nos pilló en plena Alameda con General Velásquez. En dicha esquina como es tradicional, había una carpa de circo y apuntando hacia ella, el Chico Erik me dice que ahí está la solución.

– ¿Entremos al circo? ahora que me acuerdo ahí trabaja un conocido mío que es de Talcahuano y es ese que está en la entrada- me dice Erik.

– No te creo Chico cuentero- les respondo.

– Es verdad… ¿Vamos o no?- me replica mi amigo.

 Quizás por efecto de las pilsen o por resguardarse de la lluvia, o simplemente por ambos motivos, le creo a mi compañero y nos dirigimos a la entrada del circo. A pasos de entrar, el Erik me golpea el hombro y me dice;

– Cumpa era una broma… no conozco a nadie del circo.

– Ya estamos acá así que no sacamos na´con intentarlo- le replico.

– ¡Hola! ¿Hay mano para entrar? Estamos haciendo la hora para tomar el bus y ni ahí con mojarnos en la calle -pregunto al que las hacía de boletero.

– ¡Pasen cauros! Con la lluvia casi no hay nadie viendo el show. Pero pórtense bien y aplaudan bien fuerte, con eso pagan la entrada- nos responde el tipo.

Al entrar al circo, efectivamente había con suerte no más de 20 personas y al acomodarnos, se nos vino a la memoria la galería del antiguo municipal de Calama, ya que estos eran unos simples palos amarrados con alambres. Ya instalados, sacamos el tinto que teníamos guardado y comenzamos a beber mientras aparecía el «Sr. Corales» y daba comienzo al show.

El espectáculo resultó ser un verdadero fiasco, las rutinas eran las mismas de siempre, si hasta los esperados payasos resultaron ser fomes por decir lo menos. Por este motivo y por el efecto del alcohol consumido, ambos empezamos a cabecear. En eso estábamos, cuando se anuncia que a continuación vendría el mejor show de la noche.

En ese instante, en el escenario varias personas instalan una especie de jaula y por los parlantes se escucha una estruendosa música. El animador presenta a todo el público, a un hombre que en un par de minutos más quedará solo frente al animal más feroz del mundo, frente al animal más peligroso, frente al rey de la selva, frente a un León.

Al escuchar esas palabras dichas con grandiosidad, le digo medio soñoliento a mi camarada que estaba en la misma actitud.

– Cacha Chico, va a salir el León.

– Si… va a salir el León- me responde.

 En eso nos miramos y nos decimos el uno al otro:

– Va a salir el León.

 Y como por arte de magia se nos pasa el efecto de los tragos y exclamamos al mismo tiempo:

– ¡Va a salir el León!

Entonces, recogimos del suelo todos los papeles que encontramos, los hicimos picadillo, nos pusimos de pie y moviendo nuestras chaquetas empezamos a cantar.

– Sale Leoooooón, sale sale sale Leoooooón, sale sale sale Leoooooón, sale sale sale Leoooooón.

 La gente presente en el circo nos miraba al principio como bichos raros, pero después empezó a reír y a seguirnos con las palmas nuestro cántico. En eso se abre una puerta y el fabuloso animal entra a la jaula y mientras eso sucedía, el papel picado que teníamos en las manos salía a encontrarse con el aire y, de nuestras gargantas se escuchaba;

– Dale Leoooooón, dale dale dale Leoooooón, dale dale dale Leoooooón, dale dale dale León.

Tal como si estuviésemos en nuestro sitial del Pasional, durante todo el número del domador, nosotros alentamos al León con frases tales como; «Vamos León, cómetelo», «Dale León, mátalo» y todo el público fue cómplice de nuestro particular apoyo con grandes carcajadas. Una vez terminado el número, aplaudimos a rabiar al melenudo felino y lo despedimos con la satisfacción de haber alentado una vez más al León.

Por Francisco Roa Pot

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