• Sáb. Feb 24th, 2024

Capítulo 5: “Porque te quiero tanto”

El fútbol es de locos. Borges lo censuraba como esa barbarie que inventaron los ingleses. Galeano, el escritor uruguayo, narra en alguna de sus páginas cómo las mamás de otros tiempos se escandalizaban cuando sus hijos iban a practicar este “deporte de vándalos”, como le llamaban, pues una pichanga bien jugada es una puerta de entrada a la vida de barrio, sus amistades, sus botellas y sus rencores. Más allá de estas anécdotas, una cosa es cierta: para ser hincha de fútbol, hay que estar un poco desequilibrado, hay que ser un devoto de la desmesura.

No sé ustedes, pero el que escribe sufre más con lo que pasa dentro de una cancha que con la otra vida, la real. En la primera, un gol es más importante que una cacha, que el descubrimiento de américa o el primer viaje a la luna; en la segunda, te despiertas, te duchas, te pones la máscara y sales a tu trabajo a fingir normalidad lo mejor que puedas. Y no siempre se puede fingir bien. El sábado, como miles de hinchas de la U, me quería pegar un tiro.

¡Qué lindo estaba el Pasional! La hinchada… nada qué decir, hasta un cadáver capaz que saliera bailando al ritmo de Los de Abajo. El recibimiento estuvo a la altura, a lo vieja escuela, pura garganta, colores y papel picado. Un telón de proporciones recién estrenado, más las banderas acostumbradas en los codos. ¿Cómo no salir a romperte el culo por estos colores? ¿Cómo no dejar la vida en cada pelota si ves esa gente linda clamando: “porque te quiero tanto te vine a ver”?

Jugadores de la U: el partido se perdió en la pizarra táctica, perfecto; el árbitro tampoco ayudó, cierto; pero lo único que el hincha pide es que salgan a jugar como si lo hicieran gratis, como si lo hicieran simplemente por el honor de la camiseta, y se rebelen si las cosas no van bien. Íbamos 3 – 0 en contra y la hinchada seguía alentando. ¿Les digo más? El partido terminó con ese penal, es decir, antes de terminar el primer tiempo ya no había nada qué hacer, pero, por alguna razón, igual teníamos fe para el segundo lapso; más de alguien decía “en una de esas”, “quizás”, “y si tentamos la suerte”, “4 – 3 lo damos vuelta”, en fin. Jugadores: no si se sabrán, pero la U roja que ustedes llevan en el pecho, está tatuada en la piel de miles de muchachos que van a la cancha porque están locos, porque aman la desmesura que tiene este deporte raro, y a quienes duele más el gol de la contra que la botillería cerrada o que un desaire de la noviecita celosa.

Si vivimos como hinchas, aquí estamos dando la cara, y vamos a morir como hinchas: si mañana jugáramos de vuelta contra catoliquita, igual diríamos que lo ganamos con la pura camiseta, o que les vamos a meter la pelota en la raja. Somos así, desmesurados, enfermos, pasionales, alegres. Si hay vida después del pijama de palos, de seguro el primer recuerdo que contaremos a los otros muertos será un día de tablón con los amigos en cualquier cancha del mundo cantando: “Porque te quiero tanto te vine a ver…” El resultado, nada más que un dato accesorio; alentar a la U no tiene requisitos.

Por JC de La 17 en el aire

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